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Tiene el alma de su propia casa, la que ostenta más prado que cemento. “Me gusta sentirme en el campo, que pasen los campesinos de siempre saludando con un ‘Bueeenaas’. Ellos me traen guascas y les doy a cambio café”. Stella está más tiempo en el jardín que en la casa y cada vez le queda más difícil ir a la ciudad. Su única rutina de ejercicio consiste en caminar por la montaña todas las mañanas y hacer yoga un par de veces a la semana. Pasa por alto la bicicleta estática que compró su esposo. Tiene una huerta en la que cultiva cerca de diez verduras diferentes para las ensaladas de su casa y un jardín que le sirve de consultorio terapéutico: “me pongo a jardinear y me olvido de todo”.