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ARTES / Fotografía
Un antiguo joven llamado Nereo
Iván Beltrán Castillo/Fotos: Carlos Duque
May 16 de 2012
A los 92 años de edad, todavía en uso de la vitalidad creadora que lo convirtió en un clásico prematuro, el fotógrafo cartagenero Nereo López vive una segunda juventud en Nueva York. Videoentrevista.

Ahora, Nereo López es un experto en nuevos artilugios tecnológicos, recorre la Gran Manzana con la inquietud sensual de un artista cachorro, acaba de publicar un libro antológico, tiene otros cinco inéditos y siente que la aventura de vivir hasta ahora empieza. Aquí sus recuerdos, sus devaneos, sus opiniones vestidas de monólogo...


A los 84 años, tiempo que la mayoría utiliza para morir, después de una vida entera consagrada al furor y de haberme paseado por el mundo disparando mi cámara, me descubrí convertido en una reliquia, el genio más barato de la tierra, un viejo prodigio abandonado y a punto de tener serios problemas financieros. Aquello parecía el final, un derrumbamiento, un absurdo desenlace. Era como si todo hubiese concluido y no quedara por vivir ningún momento adorable, solo el vacío y una creciente amargura. Pero algo en mí seguía tan vivaz y raudo como a los 20, de modo que respire hondo, me sacudí el polvo y, como lo hacía Chaplin en sus películas, volví a emprender el camino.

¿Cómo explicarlo? Yo era la víctima de mi propia leyenda. Unos juzgaban que estaba muy viejo para hacer una buena foto y los otros suponían que cobraría una fortuna por cualquier trabajo. Todavía me parece escuchar los elogios perversos: “¿Cómo se te ocurre llamar a Nereo López? Fue el retratista más importante del pasado, no hubo gran personaje que no cruzara por su lente, pero ahora no puede sostener el peso de una cámara. Es un clásico y los clásicos deben estar en los museos”.

En mí, sin embargo, siempre habían batido unas enormes alas migratorias y los viajes me fueron propicios. Frente a mi deseo se levantó entonces la imagen luminosa de Nueva York, contradictoria ciudad donde recalan todos los soñadores y donde nunca es demasiado tarde para nada.

Nereo López, el extraño pasajero

Mientras volaba hacia los Estados Unidos, mirando por la ventanilla del avión, deshilvanaba los episodios de mi vida, hacía la síntesis de los anteriores 84 años, observaba la suma de los días.

En un momento dado recordé la ocasión en que, según parece, estuve más cerca de Dios. Fue al lado de su santidad Pablo VI, con el que estuve, noche y día, durante varias semanas en 1968, cuando me escogieron como el único fotógrafo colombiano que lo acompañaría en su devota gira por los países de Latinoamérica.

Aquello era un suceso colosal y creo que difícilmente otro artista de la cámara haya estado tan cerca de las pompas y la suntuosidad papal. En las capitales latinoamericanas se escenificaba una superproducción teológica. Andar con el Papa es como codearse con el más allá, como tener licencia para husmear en el cielo. A Pablo VI lo retraté piadoso, trascendental, amargado, jubiloso o preso del éxtasis más inenarrable. Desde aquel peregrinaje nunca he dejado de soñar con ese sumo sacerdote de rostro acerado y maneras de concertino.

Me pregunté más tarde si fueron ciertos mis innúmeros encuentros con la hermosura femenina. Casado en tres ocasiones –Sara, Hellen y Mercedes fueron los nombres de las bellas elegidas–, nunca pude amoldarme bien a la estricta y algo desabrida vida marital. Sin embargo, las mujeres nunca dejaron de hechizarme y habría de fotografiarlas por decenas. Por eso inauguré en Colombia el erotismo fotográfico.

Viajando hacia Nueva York regresé al día exacto, en la década de 1960. Junto a una bella muchacha, cuyo nombre he perdido, nos metimos en un automóvil alquilado, llevando la cámara (¡el arma del delito!) y nos fuimos para la Boquilla. Ambos teníamos bien claro lo que deseábamos: yo, convertirme en el primer fotógrafo en retratar en Colombia una mujer desnuda y ella, transformarse en la primera, iconoclasta y muy deseada diva del erotismo criollo. Ella es la abuelita y precursora de las aviesas muchachas que hoy por hoy hacen fila para quitarse la ropa y salir en las revistas.

Solo unos instantes después regresé a los set de la Langosta Azul, el imaginativo y volcánico cortometraje que hiciéramos en 1952 con García Márquez, Álvaro Cépeda, Luis Vicens, Enrique Grau y otros insurgentes de la imaginación, bajo la tenaz influencia de Luis Buñuel y Salvador Dalí. Aquello fue un desastre que se transformaría en leyenda.

En otro momento (el avión continuaba su viaje) mis recuerdos cayeron en la Bogotá de los años cincuenta, en sus paisajes neblinosos y su eterno diluvio, sus cafés bohemios y su vida social. Allí estaba nuevamente Nereo, un joven al que todos conocían y del que todos hablaban, tal vez porque era la estrella de los reporteros gráficos, como lo demostraban sus cargos en El Tiempo, El Espectador, Cromos y el periódico brasileño O Cruceiro. A mí me tocó por entonces cubrirlo absolutamente todo, desde un pocillo hasta una mujer desnuda, desde los rictus de un presidente hasta el rostro maltrecho y triunfal de un campeón de box.

Después vi, conjuntados en una sola y gloriosa memoria, a todos los Nereos que fueron y están siendo: el enamorado impenitente, la estrella del cine, el iconoclasta, el bailarín, el trasnochador, desapegado del dinero y apegado a la pasión. El mismo que fotografió todos los rituales del campo, las parrandas de los vallenatos, las corridas de toros, las miserias de las cárceles, la risa de las mujeres, la magia de La Guajira y la eternidad del Amazonas, el rostro piadoso de los santos y los desheredados, la jactancia de los boleristas, el triunfalismo de los políticos. Ahí están en mi galería, para demostrarlo, nombres como el de Cecilia Porras, Alejandro Obregón, Rafael Escalona, Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Alfonso López Michelsen, Misael Pastrana Borrero, Martha Traba, Germán Vargas Cantillo, Manuel Zapata Olivella, Sonia Osorio, Cochise Rodríguez o Carlos Vives.

Volví a ver un joven Nereo esperando en el aeropuerto de Techo de Bogotá, la llegada desde Londres del cadáver de Alfonso López Pumarejo o el arribo cinematográfico del presidente Kennedy. Y supe que ahora estará allí esperando para siempre.

Vi un joven Nereo que empezó siendo taquillero en un teatro de Barranquilla y que después tuvo muchos otros papeles en el sainete de la realidad: empresario, estrella de la prensa, corresponsal de diarios internacionales, buen mozo y mal marido, perseguidor del ánima colectiva de Latinoamérica, productor de libros y finalmente ícono abandonado a su destino.

Epílogo luminoso

Si yo hubiera sido un viejo convencional ya estaría muerto y calumniado por los críticos. Pero ninguna de las falacias nostálgicas ha logrado engañarme. No tengo melancolía de las viejas cámaras, ni de los amores añejos, ni de las viejas costumbres, ni de las viejas palabras y mucho menos de los antiguos gobiernos. Yo congenio bien con el presente y estoy convencido de que en el horizonte se perfilan unos maravillosos tiempos. Por eso no colecciono nada.

Ahora vivo en Nueva York con unos amigos y desde mi cuarto puedo ver la ciudad entera, sentir su respiración de gigante borracho o de fogosa mujercita alegre y eso me llena de vigor. ¿Cómo no ser feliz en una ciudad que tiene 147 galerías especializadas en fotografía?

Nunca dejaré de disparar mi cámara ni de husmear el mundo para retratarlo. Vivir de la fotografía es una cosa que hacen muchos. Lo que yo hago es distinto: fotografío para vivir.  Sí, tengo 92 años y, según intuyo, ya es tarde para ser viejo…

 

 

 

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Iván Beltrán Castillo
Poeta, periodista y guionista de cine. Es colaborador de la Revista Diners.
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