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ARTES / Arquitectura
Al otro lado del río
Al otro lado del río
Por Manuel Kalmanovitz
Oct 20 de 2011
En Brooklyn y a solo una parada de tren de Manhattan, Williamsburg se levanta como un espejo de una isla de la que la gente y el dinero han empezado a salir en busca de nuevas áreas para domesticar.

Hay ciudades que además de existir físicamente, con sus calles y avenidas y semáforos, son ciudades de la imaginación.

Londres lo era para los personajes pueblerinos en las novelas de Dickens. Igual que París para los jóvenes ambiciosos de Stendhal y Balzac.

Pero New York lo es más que todas. Quizás porque gente de todo el mundo se la imagina a su manera y llega ahí, impulsada por su imaginación, esperando encontrar eso que pensaba que estaba ahí, buscando su espejismo y encontrando
no lo que esperaban sino lo que hay.

Además, como es tan grande y tiene una historia tan rica, hay varias New York de la imaginación. Está la ciudad de los beats y músicos de jazz en el West Village en los años treinta, la de la bohemia punk del Lower East Side en los sesenta y setenta, la de los millonarios conservadores del Upper West Side de toda la vida, la del capitalismo alebrestado de Wall Street también de siempre.

Y todas coexisten en ese pedazo de tierra alargado que es Manhattan.

Esa ciudad imaginaria tendía a existir solamente ahí y no en sus otros distritos. Como si el agua del río Hudson por un lado y del East River por el otro, tuviera un poder sobrenatural de frenar en seco los vuelos de la imaginación.

Obviamente, siempre ha habido gente en los otros distritos. En Queens, Brooklyn, Staten Island y en el Bronx. Pero que haya gente no es suficiente para hacerlas parte del New York de la imaginación.

Es como si fueran otros sitios, pintorescos y con personalidad, pero no New York. El problema es que Manhattan es más bien pequeño. Y, por eso mismo, caro. Y la gente que arriba buscando eso que imaginaron, llega con más optimismo que dinero, más expectativas que sensatez, más ganas que claridad. Y necesitan donde vivir.

De ahí, Williamsburg. Williamsburg es una zona en Brooklyn atrapada entre dos barrios bien definidos: judíos ortodoxos al sur y Greenpoint, de migrantes polacos, al norte. Luego de Greenpoint está el agua y luego Queens y luego el resto del mundo.

Pero Williamsburg mismo es bastante neutro. Arquitectónicamente está lleno de edificios baratos, hechos con material prefabricado, de tres o cuatro pisos, pintados de colores claros y no demasiado cuidados. Cerca del agua hay una pequeña zona industrial, llena de bodegas de puertas altas y anchas que casi nunca se veían abiertas, y no tenía mayor comercio.

En el siglo XIX, Williamsburg era famosa por sus fábricas de cerveza (aunque la última cerró en los años setenta) y por la refinería de azúcar Domino que era su principal empleador pero que ahora está desocupada.
En cuanto a sus habitantes, había una población puertorriqueña y algunos polacos bajados de Greenpoint, pero su carácter no era tan claro.

La ventaja que tenía es que quedaba cerca de Manhattan. Sólo una parada lo separaba de la ciudad imaginaria en la línea del tren subterráneo (subacuático también en este caso porque atraviesa el East River antes de desembocar en el Village) y eso fue suficiente para que la imaginación venciera por fin su miedo al agua y se tragara de un mordisco ese pedazo de Brooklyn.

Fue un proceso lento que se aceleró en los últimos años. Una tienda pobre y mal surtida cerraba y era reemplazada por una tienda más organizada y limpia, con más variedad de cosas, más cara. Luego abrieron otras cosas, galerías, librerías, restaurantes sofisticados, tiendas de quesos apestosos.

Una galería, en el 2000, se promocionaba como la primera galería tipo Chelsea en Williamsburg. Era su forma de decir que era un espacio semiindustrial remodelado, en donde los techos altos y los espacios enormes, imposibles de navegar, se engullían con su blancura a las pobres obras que no sabían cómo mantenerse a flote.

Pero no sólo eso. También lo decía para afirmar que este espacio, al norte de Brooklyn, podía ganarse un lugar en la New York de la imaginación, tal y como las galerías de Chelsea se lo habían ganado, transformando las antiguas bodegas al oeste de Manhattan en una mina de oro para los especuladores de arte.

Porque no hay que engañarse. Detrás de esa New York de la imaginación lo que hay es dinero. O deseos de dinero. Y era con eso con lo que soñaba esta galería. No con apoyar prometedores talentos en formación o una nueva forma de entender el mundo o trabajo serio y poco conocido. Soñaba con ser exitosa como las galerías de Chelsea, en tener dinero, poder y prestigio (en este caso el sueño no fue más que eso, la galería quebró al poco tiempo).

Ese sueño del dinero fue envolviendo poco a poco a Williambusrg. Los recién llegados tenían más dinero que los habitantes originales, quizás no suficiente para vivir en Manhattan, pero sí para domesticar este trozo de Brooklyn. Para volverlo el escenario de esa ciudad de la imaginación, generando una dinámica que los sociólogos llaman gentrificación, es decir la conversión de áreas socialmente marginales y de clase trabajadora a uso residencial de la clase media.

La gomelización, para ponerlo en bogotano. La gentrificación es un proceso agridulce: los barrios se vuelven más seguros, hay tiendas más seguras y más y mejores restaurantes, pero también hay menos variedad de gente, no hay vida de barrio, todo se homogeneiza. Los arriendos suben y la gente que no puede pagarlos (o quienes tienen sueños de bohemia sin dinero) deben mudarse más lejos.

El resultado de todo el proceso va en contra de la idea de ciudad que popularizó la activista Jane Jacobs en su Vida y muerte de las ciudades estadounidenses de 1961, donde la convivencia de gente muy distinta (artesanos, artistas, intelectuales y tenderos) viviendo unos al lado de los otros crea un entorno vivo y estimulante para todos.

Esa no es la ciudad que crea la gentrificación y no es la ciudad que ahora es Williamsburg.

Basta ver la gente que se baja en la parada del metro: todos blancos, con tatuajes, con gafas y bicicletas de marcha fija un recordatorio al mismo tiempo cómico y trágico de que el anticonformismo genera su propia uniformidad.

El proceso de la gentrificación es social y económico a la vez. La socióloga Sharon Zukin lo explicaba así a The New York Times: Primero unos “pioneros” clase media compran casonas; luego, funcionarios municipales cambian el uso del suelo para permitir torres de lujo que inflan el valor de las casas; para terminar, bancos y compañías inmobiliarias inundan de capital a la zona, desalojando a la gente que le daba carácter al vecindario.

El cambio en la reglamentación del uso del suelo para Williamsburg sucedió en 2005 y ya hay un par de torres que se levantan a la orilla del río, ofreciendo una vista espectacular: el horizonte de Manhattan, con sus rascacielos y edificios y su trajín que no para.

Es como si en la orilla de Brooklyn se hubiera levantado un espejo que eventualmente le responderá a Manhattan edificio con edificio, rascacielo con rascacielo. Como si para ser parte de la ciudad imaginada tuviera que replicarla exactamente.

¿Y qué pasa con los que crearon todo esto? ¿Qué pasó con los jóvenes que llegaron a New York llenos de energía y de ideas, listos a tomarse eso que se imaginaban ahí esperándolos, a ser famosos, a ser estrellas, a lograrlo? Algunos lo habrán logrado y habrán comprado apartamentos en esos nuevos edificios desde donde se pueden ver las calles estrechas de Manhattan.

Otros se habrán ido a vivir más adentro de Brooklyn, a buscar áreas inhóspitas que necesiten ser domesticadas. Otros más se habrán devuelto a sus lugares de origen, desencantados con lo que encontraron o con lo que la ciudad les dio, sintiéndose estafados porque lo que imaginaban ya no existía en la New York que les tocó.

Pero la imaginación sigue llamando a la gente y la gente sigue haciéndole caso, dejándose seducir. Y los jóvenes llegan y ya tienen a Williamsburg dentro de su New York de la imaginación.

Aunque si acaso sienten alguna duda, si no saben si creerlo del todo, pueden bajarse en la primera estación del tren y recorrer tres cuadras hacia el río. Ahí encontrarán, al lado de galerías y bares y toda clase de restaurantes, unas torres enormes forradas en vidrio. Es la confirmación de que este pedazo de tierra en Brooklyn, donde aún sobrevive una que otra fábrica, logró ser parte de la New York de la imaginación.

La escena musical

En los últimos 20 años, Williamsburg se ha convertido en uno de los epicentros de la escena musical independiente en Estados Unidos, con una cultura musical sofisticada, que ofrece tanto tiendas de discos llenas de rarezas como espacios de conciertos para bandas en varias etapas de su carrera. Hay desde lugares íntimos con pocas sillas (Pete’s Candy Store) pasando por medianos (Galapagos Art Space) y, más recientemente, grandes (Williamsburg Music Hall).

La cultura musical tan sofisticada y elitista ha sido también motivo de burlas. Por ejemplo, Losing my edge, una canción del 2002, de LCD Soundsystem, está escrita en la voz de uno de estos coleccionistas de rarezas que comienza a sentirse desplazado por nuevas generaciones de Francia, Berlín y Tokio. En una parte, la canción dice "Yo solía trabajar en una tienda de discos/Tenía todo antes que cualquiera", las tristes palabras de un conocedor que se está quedando atrás.

Entre los grupos que ha surgido en Williamsburg están, además de LCD Soundsystem, los Yeah Yeahs, Liars, Les Savy Fav, TV on the Radio, Bishop Allen, The Bravery, Enon, Usaisamonster, Oneida, Animal Collective, Japanther, White Mag, MGMT y Matt and Kim.
 

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