El hombre de La Cueva
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El hombre
de La Cueva
Cincuenta años después, en este julio
de 2004, resucita La Cueva en Barranquilla, centro y motor de lo que fue
la bohemia intelectual de los grandes creadores de la Costa para el mundo.
Y Heriberto Fiorillo, tan mamador de gallo como sus maestros, fue quien
hizo el milagro de convertir La Cueva en el nuevo corazón de Barranquilla.
Por Germán
Santamaría
Fotografía:
Juan Camilo Segura
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Algunos
creyeron que era una generación perdida porque bebían ron
todos los días, eran amigos de algunas mariposas de la noche, les
disparaban a los cuadros, se cascaban con los marineros del puerto, y lo
más serio que parecían hacer era mamar gallo创 a toda
hora. Y todo lo hacían teniendo como guarida un bar llamado La Cueva.
De esos muchachos extraviados en las noches tropicales de Barranquilla surgieron
varios de los más importantes escritores y artistas de Colombia en
todos los tiempos: Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda
Samudio, Alejandro Obregón, Enrique Grau... Aunque por aquellos felices
años cincuenta no parecían más que una pandilla de
camajanes pequeñoburgueses que comían sancocho acompañado
con vino Marqués de Riscal, que seguían los partidos del Junior
y que en los crepúsculos de Barranquilla leían libros de escritores
tan exóticos como Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, o de
otro que todavía escribía y bebía en un burdel a orillas
del Mississippi, llamado William Faulkner.
Pues este mundo fascinante de artistas y soñadores fue reconstruido
por el último intelectual, periodista y escritor, también
mamagallista como ellos, que vive en Barranquilla: Heriberto Fiorillo. Gracias
a su liderazgo y tenacidad, en este mes de julio se reabre La Cueva, convertida
en un museo, restaurante, tertuliadero, centro cultural y el más
refinado lugar para mamar gallo en todo el Caribe colombiano. La Cueva será
el centro, la pepa de la ciudad, hasta tal punto de que si alguien viaja
a Barranquilla y no visita La Cueva, será como si no hubiera ido
a Barranquilla.
La Barranquilla actual, la de Fiorillo, que aún conserva algunos
rezagos de la otra, la de La Cueva legendaria. Con camisa estampada de guacamayas
rojas y bermudas y sandalias, Fiorillo es como el último hombre feliz
en Barranquilla.
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Vivió
en Europa y lo visitamos en su apartamento en una torre vertiginosa en el
Village de Nueva York, y aunque tiene intacto su sueño de escribir
una novela total, donde todo será inventado con la sabiduría
de una deidad, decidió vivir, leer, gozar, reinar y mamar gallo en
Barranquilla, simplemente porque es el mejor vividero de Colombia.
Entonces Fiorillo con su Claudia recibe a los amigos en el aeropuerto y
les da un vistazo por la ciudad. En la Avenida Murillo, en el 创barrio de
abajo创, está todavía la tienda Tokio. A veinte metros, la
casa donde vivió de joven Gabriel García Márquez, el
muchacho que iba hasta la tienda Tokio a vender los avisos que acababa de
pintar y que decían Hoy no fío, mañana sí
o Favor correrse atrás. Y Fiorillo muestra La Tiendecita,
donde Álvaro Cepeda Samudio también iba a beber, o La Perla,
la enorme casona francesa donde vivía el mismo Cepeda y hacía
sus juergas descomunales con Alejandro Obregón, y Fiorillo muestra
las ruinas o los edificios donde antes existían bares y cafés,
como el Colombia, el Japi o el Americano, donde aquellos muchachos de esa
generación que parecía perdida bebían, hablaban de
literatura y sobre todo mamaban gallo sin tregua. |
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Fiorillo,
en julio de 2004, "viaja" en la misma camioneta en que Vilá,
Obregón y Cepeda Samudio bebían ron después de un
sancocho en 1954...
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Todo empezó
hacia 1954 cuando Álvaro Cepeda Samudio se encontró con que
Eduardo Vilá, hijo de catalán, era un intelectual vergonzante
que tenía un almacén de abasto llamado El Vaivén. Esa
misma noche lo convenció de que regalara toda la mercancía
y que convirtiera el lugar en un bar llamado La Cueva, con la condición
de que sólo vendiera cerveza Águila. Y entonces comenzaron
a llegar Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor, Ramón Vinyes, Rafael
Marriaga, Roberto Prieto Sánchez, Juan B. Fernández Renowitzky,
Alejandro Obregón, Enrique Grau, Cecilia Porras, Orlando Rivera 创Figurita创
y otros. Y más tarde, un muchacho huesudo, de aspecto enfermizo,
que fumaba nerviosamente, llamado Gabriel García Márquez.
Venían del Café Colombia, la Librería Mundo, el Bar
Japi, el Bar Americano, el Café Roma y otros puertos de la cultura
y de la noche barranquilleras.
Un aviso en la prensa local invitaba así a La Cueva: Señora,
si no quiere perder su marido, no lo deje ir a La Cueva. Dentro de
las pocas mujeres que se atrevieron a entrar estaban Cecilia Porras y Feliza
Burzstyn. Pero no era una guarida de machos en busca de mujeres de la noche,
sino un espacio para mamar gallo y hablar cosas de hombres.
Y ellos llegaron allí a beber y mamar gallo y a cocinar y hablar
de literatura. Algunos eran cazadores y regresaban con patos y venados capturados
en las ciénagas y los tremedales selváticos. Hacían
sancochos enormes, y les echaban de todo lo que hubiera, desde langostas
azules hasta pintura si era necesario. En una madrugada Alejandro Obregón
tocó para que le abrieran, y como Eduardo Vilá no respondía,
se trajo el elefante de un circo vecino, y en La Cueva de Fiorillo están
las huellas de ese elefante. Cepeda Samudio les buscaba pelea a los marineros
suecos, pero el que enfrentaba el combate era Obregón, para defender
su embuste de haber sido boxeador en Inglaterra. Un día, en un descuido,
Gabriel García Márquez echó un loro vivo en un sancocho
exquisito. El Totó Movilla le hizo dos disparos a La Mulata, el hermoso
mural que pintó Obregón en la puerta de La Cueva. Julio Mario
Santomingo se aparecía por allí con los manuscritos de sus
cuentos, ya que por entonces soñaba con ser escritor y no dueño
de Colombia. También Alejandro Obregón, el más apasionado
de todos, sacó del pelo el cadáver del ahogado más
hermoso del mundo, y otro día se tragó un grillo entero, sin
masticarlo. Enrique Grau se quedó dormido de la pea en
una hamaca guindada en el patio y se despertó dulcemente cuando sintió
que alguien le lamía la lengua, y no era persona alguna sino un caimán
que era la mascota de La Cueva.
Esta misma partida de mamadores de gallo le enviaron a Europa a García
Márquez una piel de cocodrilo envuelta como si fuera una obra de
arte, y desde entonces el escritor la lleva por todo el mundo como un talismán
de la buena suerte. El único que parecía serio, callado, siempre
sabio y prudente, era Germán Vargas, aunque se cree que esa cordura
sólo le alcanzaba hasta cuando se emborrachaba. Y otros eran tan
descomunales, como Efraín Ponche Field, que se iba a beber toda su
fortuna, y lo hizo y hoy día vive en un ancianato. La leyenda se
extendió por el país intelectual y bohemio y a La Cueva llegaron
Plinio Apuleyo Mendoza, Próspero Morales Pradilla, Rafael Escalona,
Antonio Roda, Fernando Botero... Algunos apenas de visita, por una noche,
por un fin de semana, y otros se quedaban y otros se marchaban, pero la
fiesta seguía, bajo los vastos atardeceres y las noches tibias de
una ciudad de espaldas al río y al mar, por donde entró todo
a Colombia desde el fútbol hasta la aviación, pero sobre todo
la alegría.
Y leían y escribían y pintaban y bebían y cocinaban
y mamaban gallo y eran felices en Barranquilla, una ciudad que también
era una fiesta, como lo fue París en los años veinte cuando
llegaron Hemingway y Fitzgerald y Gertrude Stein y ellos también
se emborrachaban y soñaban y escribían, y por eso pensaron
allá que esa era también una generación perdida como
la de ahora, la de Barranquilla de La Cueva. Pero no. Fue la generación
mayor, el llamado Grupo de Barranquilla, que se convirtió en el eje
de la pintura y la literatura nacional.
Y pasaron los años, y el tiempo y el olvido hicieron su trabajo.
Cepeda Samudio se fue a Nueva York y volvió y escribió tres
hermosos libros y se murió a los 46 años pero no ha sido olvidado.
García Márquez fue Premio Nobel, y eso lo dice todo. Obregón
bebió como un cochero y pintó como un genio. Germán
Vargas se murió en silencio, con toda discreción. Todos hicieron
lo posible para vivir y amar la vida con toda intensidad, pero sin tomarla
con ceremonias cachacas, y por eso siempre fueron unos insignes mamadores
de gallo. De los pioneros y genuinos barranquilleros, además de García
Márquez, viven Alfonso Melo, en Miami, con sus 90 años, Juancho
Jinete, de 82 y pensionado, y Enrique Scopel, de 84 años, autor de
un tratado sobre los gallos y declarado en aquellos tiempos por la misma
pandilla de La Cueva como el hombre más plebe o lenguaraz de Barranquilla,
pero al mismo tiempo el mejor amigo de Álvaro Cepeda Samudio. |
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El
Grupo de La Cueva (de izq. a der.): Carlos de la Espriella, Germán
Vargas Cantillo, Fernando Cepeda y Roca, Orlando Rivera. Sentados: Roberto
Prieto Sánchez, Eduardo Fuenmayor, Gabriel García Márquez,
Alfonso Fuenmayor, Ramón Vinyes y Rafael Marriaga.
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Vuelve
La Cueva
Alejandro Obregón, en el patio de La Cueva, volteaba la carne con
los bocetos de su cuadro La Violencia, tal vez la obra de arte más
importante de toda la historia colombiana. Don Germán Vargas preparaba
un coctel insondable a base de tamarindo y limón. Eduardo Vilá
se hizo famoso por su coctel de fórmula secreta, denominado Guayabín.
A García Márquez le encantaba el caviar criollo, que no es
otra cosa que las huevas fritas del pescado. Y Cepeda Samudio era especialista
en sancochos irrepetibles, porque no había ninguno que
se pareciera a otro. Y lo acompañaban en ocasiones con algo que era
rareza por entonces, aun en un puerto de contrabandistas como Barranquilla:
una botella de Marqués de Riscal.
En estos días, cuando se reabra La Cueva, de nuevo el menú
de su restaurante será exquisito y evocador de aquellos tiempos felices.
Luis Fernando Polanco, que manejará el restaurante, anuncia un irresistible
menú costeño con toque gourmet, con platos como pollo ahumado,
cochinillo de veinte días en sal y al carbón, bocachico relleno
al guiso y servido en hojas de plátanos, sancocho de sábalo
en leche de coco o mote de queso con yuca y ñame. Y también,
coño, carajo, la paella que hacía Obregón y la sopa
de bouillabaise ese sancocho de los marineros arrechos que preparaba
Cepeda Samudio.
Esto sucederá en estos días porque La Cueva reabre sus puertas.
Porque la vieja cerró por allá en 1969, cuando alguien le
dio un tremendo golpe en la cabeza a su dueño Eduardo Vilá.
Durante los últimos treinta años, el lugar fue conocido como
La Cueva de los Char, porque esta familia pudiente la compró
y la convirtió en un club privado y familiar, y donde celebraban
acontecimientos especiales como los campeonatos del Junior.
Pero hace un año, cuando le tomaron confianza a Heriberto Fiorillo
por sus libros, programas de televisión y campañas culturales,
lo llamaron y le dijeron que ellos estaban dispuestos a entregarle La Cueva
en comodato a una fundación que la restaurara y la convirtiera en
un centro cultural para la ciudad. Heriberto aceptó de inmediato,
con la certeza y la sabiduría que le daban el haber investigado el
tema a fondo durante varios años, para su libro La Cueva, que se
ha vendido como pan caliente en todo el país.
Y Fiorillo se puso manos a la obra y empezó a maletear
y convenció a un puñado de empresas, que van desde cervecería
Águila hasta Promigás y Carulla Vivero y el Ministerio de
Cultura, para que se metieran la mano al bolsillo. Fue así como con
la ayuda privada y oficial logró cerca de mil millones de pesos y
durante el último año se adelantaron las obras de restauración
y adecuación de La Cueva. Aunque Fiorillo es el exponente contemporáneo
de esos barranquilleros artistas y mamadores de gallo, se pone muy serio
y con una parrafada explica lo que será La Cueva otra vez: La
Cueva será un ícono, un símbolo de Barranquilla, el
lugar que deberá visitar todo propio y todo extraño. El primero
porque fortalecerá su sentido de pertenencia, y el segundo porque
sólo tendrá la segura sensación de haber estado en
Barranquilla si ha visitado La Cueva. Pero La Cueva será no sólo
un lugar para atraer visitantes, sino también un núcleo de
cultura que será irradiada a nivel universal y a las casas y al corazón
de los amigos que formarán la gran familia de La Cueva.
Fiorillo sale de su trascendencia momentánea y describe La Cueva
como un museo de exposiciones, un centro de escritores locales e internacionales,
que publicará cada mes una revista titulada Crónica de La
Cueva, que tendrá un programa de radio llamado La Cueva en el aire,
que tendrá su cueva.com, que tendrá un sello editorial, que
organizará el premio de narrativa e imagen La Cueva y que exhibirá
fotografías y cuadros y tantas otras vainas, caramba, que La Cueva
será otra vez una fiesta perpetua.
La Mulata de Obregón, que fue restaurada y avaluada en más
de 150.000 dólares, será uno de los más bellos Obregones
de Colombia, pero al que nadie se podrá robar porque es un alto mural
empotrado en la pared. En un rincón, de un arcón saldrá
el humo azul del hielo, como aquel que deslumbró al coronel Aureliano
Buendía cuando era niño. Y también está ahí
el relieve del caimán que lamió a Grau y las huellas del elefante
con que Obregón se quiso tomar la casa en una madrugada delirante.
Allí entonces en el barrio Boston de Barranquilla, gracias a un sueño
realizado de Heriberto Fiorillo y un puñado de creyentes de la cultura,
se encienden en este julio las luces de La Cueva. Como en los tiempos de
esos insignes y geniales mamadores de gallo. Pero con la diferencia de que
es una Cueva con aire acondicionado, que es una delicia que ellos no conocieron
por entonces en Barranquilla. Y ahora pueden entrar todas las señoras,
y las pocas señoritas que quedan en este país, porque ahora
en La Cueva no se pierden los hombres para siempre y por los siglos de los
siglos amén. |
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