Fragmentos de Cristina...
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Fragmentos
de Cristina...
De la Paquita Gallego de la televisión, Cristina Umaña pasó
a ser la actriz del momento: protagoniza las películas Malamor
y El Rey, la producción de Antonio Dorado que representará
a Colombia en los premios Oscar. Cortos y escenas de esta diva para los
lectores de Revista Diners.
Por Iván Beltrán
Castillo
Fotos
Carlos Duque
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Hace
cuatro meses vive en un apartamento situado en el turbión de Bogotá,
a pocas cuadras del antiguo Teatro México, donde varias generaciones
de colombianos fueron adoctrinadas por el catecismo del melodrama; cerca
de los billares donde los últimos hombres duros sueñan con
amasar grandes fortunas y avasallar mujeres imposibles, y de las empleaditas
famélicas de las droguerías, los tenderetes y los grandes
almacenes, que envejecen preguntándoles a sus espejos cuándo
arribará el galán perfecto que las hará felices y las
salvará de una existencia monótona y austera. El edificio
es ocre, antiquísimo y venerable, y desde sus ventanas es posible
ver los transeúntes que vienen y van como ejecutando una danza inútil
y graciosa, en la que se mezclan burócratas de alto rango con aprendices
de atracador, estudiantes de economía con desempleados vitalicios,
artistas del strep-tease y faquires criollos con notarios petulantes, y
asalariados del miedo con redactores callejeros de actas de defunción
y declaraciones de renta.
No es exactamente el escenario con el que sueñan los actorzuelos
en boga, sacados de las pasarelas, los gimnasios, los realities, los departamentos
de comunicación social y las discotecas tecno. Más bien se
trata de la antítesis de toda esa superficialidad, porque Cristina
Umaña (víctima y protagonista de este reportaje) pertenece
al pequeño cotarro de los que no escogieron su profesión por
vanidad, amor a la vitrina o apetencia de ascenso, sino simplemente porque
no tenían otra elección en el mundo que la de ser actores
y prestarles su rostro y su cuerpo a los atrabiliarios visitantes de la
imaginación. Su tentativa terminó, paradójicamente,
por convertirla en una estrella, premiada y perseguida, amada y calumniada,
y uno de los nombres más cotizados de la hora en la insaciable y
cruel bolsa de valores del show business.
Acaba de protagonizar los largometrajes El Rey, de Antonio Dorado, y Malamor,
de Jorge Echeverry, filmes que la han transformado en la mujer más
observada de Colombia. En la primera película representa
a la amante extraviada, dulce y montaraz, del Grillo Caicedo (convertido
en Pedro Rey mediante la alquimia de la imaginación), personaje asombroso
de la mitología popular, gran capo de la cocaína de los años
sesenta, primer padrino nacional, gángster clásico
que murió para convertirse en leyenda y que prefiguró con
sus luctuosas hazañas el imperio de la nieve; en la segunda
se transmuta en una quinceañera existencialista, desgarrada, incomprensible,
cuya hambruna de libertad genuina colinda con las ceremonias del erotismo
y la muerte. |
Cristina
ama su participación en esos dos filmes, pero no presta atención
a sus consecuencias triunfales. Igual sale a caminar por las calles del
centro sintiendo que le pertenecen, y cuando respira el aire cortante de
la urbe convulsa, sospecha que con las vivencias de todos esos anónimos
se construyen los sueños de las telenovelas que encarna para el olvido,
y las visiones trágicas de las películas que filma para la
memoria. Entonces sonríe levemente y agradece que la fama, la popularidad
y la rutilancia sean apenas espejismos, como se lo demuestra el hecho de
que las personas la reconozcan y la asedien sólo si el folletín
de turno ha tenido un gran éxito, pero pasen por su lado casi sin
verla, cual si fuera de cristal, cuando está trabajando en un melodrama
discreto. No obstante, prefiere la segunda opción, pues le permite
una solidaridad estrecha con la ciudad a la que ama, donde ama y en la que
no se cansa de rastrear las coordenadas de su felicidad, los rastros de
una identidad en ocasiones extraviada, confusa o ausente.
Lo importante para mí, antes que los estudios de grabación,
los camerinos, los grandes papeles, los guiones, los éxitos, los
fans, los contratos, los premios o el dinero, es encontrar el espejo que
me refleje mejor, y si no es demasiado optimismo, llegar a ser feliz. La
actuación es un medio y no un fin, y esto se olvida con demasiada
frecuencia. En el gran incendio hay que salvar al gato y no a la obra de
arte. El amor y la pasión deben estar en el centro de cualquier obra,
porque nuestra obligación es colaborar con la alegría de los
otros, que son como los que deambulan por el centro de Bogotá, necesitados
de sueños, de mapas que puedan conducirlos hacia destinos bellos
y excepcionales, no rutinarios y predecibles. Sospecho que me hice actriz
porque deseaba encontrarme a mí misma y porque intuí que saber
quién es uno es mucho más difícil de lo que piensan
los silvestres y los realistas.
Jura que desde que tiene recuerdos estuvo impresionada con el mundo. Sus
primeros años, vividos en Ibagué, donde nació hace
29 años, la remiten a olores penetrantes como el de la panela y las
frutas, así como a escenas memorables, de cuya verdad a veces duda.
Como aquella en la que los abuelos en la puerta de su casa ven discurrir
la noche de tierra caliente, mientras hablaban de personas que habían
muerto mucho antes que ella naciera. |
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Recuerda
sus primeras ensoñaciones teatrales, filtradas por la luz nostálgica
de la infancia. Hizo sus once años de colegio en Las Esclavas del
Sagrado Corazón de Jesús y recibió el influjo de Ofelia,
una profesora de historia del arte, cosmopolita, devoradora de libros, y
quien había recorrido los grandes escenarios teatrales del mundo
Francia, Estados Unidos, Italia, Canadá dejándose
atrapar por sus artilugios y experimentos. Hablaba para sus alumnos sobre
la gran magia de una puesta en escena, con palabras llenas de convicción
y fe poética, y no fue extraño entonces que Cristina terminara
por improvisar algunos grupos, en que montaban piezas inocentes pero no
carentes de entusiasmo. Ofelia era, además, una mujer libre con la
que se podía hablar de los temas prohibidos, que son los únicos
que interesan a los adolescentes y niños, y esto abrió la
posibilidad de sofocar las primeras inquietudes románticas y eróticas,
los fantasmas y mordicaciones propias de quien atraviesa el país
de la pubertad, los enigmas inherentes a la lenta y dolorosa conversión
de los niños en adultos.
También estaba el círculo de amigos de Gloria Umaña,
la madre de Cristina, en el que había actores y dramaturgos, poetas
y existencialistas, reporteros y sociólogos, vitalistas y aprendices
de suicida. Se reunían con una gran frecuencia, de preferencia en
las noches, y sus aquelarres, condimentados con ron y cerveza, eran alimento
para la imaginación. A la niña le llamaba la atención
la forma vital y sanguínea que adoptaban las vidas de todos los miembros
del grupo, muchos de los cuales, más tarde, habían de ser
sus propios amigos. No actuaban como los otros mayores sino que parecían
tocados por un hálito distinto que los volvía enigmáticos
y fascinantes, y pronto Cristina adquirió también esas particulares
señas de identidad. Desde entonces lleva el estigma de los perseguidores
de belleza y de los artistas, que es una mezcla de condena y felicidad,
de cielo e infierno.
Uno empieza a sentir que no sirve para absolutamente nada más
que para responderles a los llamados de la imaginación dice
Cristina, y que solamente a través de ellos descubrirá
su verdad más secreta. Yo, desde muy temprano, lo único que
quería era ser una actriz, y esto me enfrentaba, mucha veces, con
el mundo: mis primeros novios fueron jóvenes tradicionales, hambrientos
de éxito y dinero, yuppies apuestos y vacíos, que se aterraban
cuando les contaba mis intenciones de dedicarme a la actuación. Siempre
me decían que se trataba de una carrera sin ningún futuro,
hecha para locos, pobretones y desequilibrados, y me anunciaban, para toda
la vida una pobreza franciscana y un fracaso sin remedio. Eso fue horrible
y me hizo sufrir porque no había descubierto tampoco que los hombres
que habían de gustarme no serían precisamente esos mentecatos
sino aquellos cuyo botín es una gran sensibilidad, una honda manera
de mirar la vida y, como consecuencia, una ternura arrasadora. |
Estudió en Ciudad
de México, y se dejó seducir por aquella urbe atronadora,
donde, como lo afirma García Márquez, el surrealismo rueda
por las calles y es posible asistir, en cualquier instante, a la formación
de una maravilla, de un milagro. Era la primera vez que viajaba al exterior
por largo tiempo, y debió capotear la soledad y la incertidumbre
de los extranjeros, lo que afianzó su independencia irrevocable,
que es uno de los símbolos de su carácter, y su poder y el
poder de auscultar las realidades ajenas, que la acompañasiempre
y la convierte en una voyeur perpetua. Allí encontró la verdad
del arte que iba a ejercer en adelante, gracias a profesores de la importancia
de Tavira, Bianchi y Hugo Argüelles, auténticas instituciones
de la dramaturgia latinoamericana, y reformadores de los preceptos convencionales
del teatro.
Creo que en una mañana de Ciudad de México me volví
grande, supe que actuar era jugar a las escondidas con el porvenir poniendo
de tallador a la muerte. Pero decidí apostarlo todo a la pasión
de buscar la verdad contando mentiras. Y no me arrepiento; quiero peregrinar
eternamente en las vidas de los demás, entrar en ellas, casi usurpándolas.
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Cristina pone el rostro
sombrío y suelta unas palabras densas, que tienen la música
exasperada de una confesión: Uno quiere el teatro y se encuentra
con la televisión, uno quiere el amor y se encuentra con la plata,
uno, definitivamente, llegó a un sitio diferente del que tenía
planeado en su cuaderno de viaje.
Así, Cristina se hizo famosa en los melodramas convencionales y
revolucionarios, y sin darse cuenta hasta fue Paquita Gallego, uno de
los oscuros seres de la lóbrega galería inventada por Julio
Jiménez.
Memorabilia
Cuando se encuentra inmersa en el torbellino del amor, Cristina es sensible
hasta extremos operáticos, capaz de echarse a llorar durante una
semana seguida, y en esas ocasiones siente que la felicidad se vuelve
añicos y que todos los senderos se estrechan y clausuran. Pero
una vez realizado el imperioso exorcismo, renace y vuelve a empezar, con
el deseo y el ímpetu de quienes tienen un corazón perpetuamente
virgen.
La vida y el arte son la misma cosa. Aprender y aprender hasta estar
completamente vestidos para recibir a la muerte...
Pero esa capacidad de olvido tiene su revés y su lado ingrato,
porque en ocasiones no logro traer el recuerdo de las cosas más
importantes y más bellas, las que me gustaría eternizar:
películas, fragmentos de novelas, rostros y escenas que contra
mi voluntad se evaporan y desaparecen. Es quizá una costumbre adquirida
después de tantos años de memorizar libretos de series y
telenovelas: una oscura venganza.
Cristina no teme al paso de los años, a su devastación y
el final de la belleza que constituye la savia de las mujeres fatales
del cinematógrafo y la televisión. Encajará, afirma,
en otros roles y tendrá nuevos personajes, sin paladear la amargura
ni el olvido, porque los verdaderos actores no fracasan nunca. Siempre
habitan un mediodía radiante, nutrido por la expectativa y el milagro
de cada nuevo papel. Las que fracasan son las estrellas, no los artistas
verdaderos... el cielo artificial siempre está muy cerca del barro´´.
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