Dios las crea y ellas se frustran
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Dios
las crea
y ellas se frustran
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Isabella
no es bruta. Nos consta. A las 4 de la tarde del martes de Carnaval la
llamamos a Barranquilla, y a la media noche nos envió este texto
en el que se despacha con todo sobre las mujeres y los hombres, y las
asalariadas y las mantenidas, y reafirma que Los caballeros las prefieren
brutas, su libro que se vende como mujer caliente.
Por Isabella Santo Domingo
Fotografías:
Carlos Duque
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Publicar
mi libro Los caballeros las prefieren brutas ha sido posiblemente una de
las aventuras más aterradoras y a la vez emocionantes de mi vida.
Desnudar también mis pensamientos, lo que siento y opino sobre temas
como la liberación femenina, el sexo, los orgasmos fingidos, el uso
y el abuso de los vibradores y la tal batalla de los sexos,
fue algo así como traspasar la última frontera. Porque de
desnudar el cuerpo algo sé. Y gracias a (o por culpa de) la Revista
Diners, también lo saben la Asociación Colombiana de Caballistas
y el país entero.
Hace algunos años, en esta misma revista, osé subirme desnuda
en un caballo para decirle al mundo: Ésta soy yo, sin disfraces.
De la experiencia me quedaron varias cosas: valentía para afrontar
los comentarios maliciosos y las miradas lascivas de quienes no supieron
interpretar mi gesto irreverente, según algunos, o provocador, según
otros, y liberador, según yo; y también me quedó una
fuerte pulmonía. El caballo tampoco me volvió a llamar. Pero
es que una cosa es desnudar el cuerpo y otra muy distinta es desnudar el
alma. Aquel reportaje fue la primera oportunidad que tuve de defender el
papel de la villana ante la sociedad, la primera vez que analicé
por qué aparentemente el éxito profesional en las mujeres
es diametralmente opuesto a la tan anhelada estabilidad emocional. Y de
ahí surgió la idea de escribir un libro. Era 1999 y yo terminaba
las grabaciones de Perro amor, una telenovela que me gustó mucho
hacer porque me dio la oportunidad de comprobar que la inteligencia es indiscutiblemente
sexy pero también que por alguna poderosa razón que aún
intentamos descifrar, era sinónimo de soledad.
Mi personaje, Camila Brando, al final y por muy sagaz, por muy deseada,
como pasa con todas las mujeres inteligentes perdía la partida y
al hombre que se disputaba con una pueblerina sin gracia y sin muchos sesos.
Entendí, desde aquel entonces, que la mujer independiente, la estratega
a la que interpretaba, era la villana con la que el Príncipe Azul
no se podía quedar, pues era una verdadera amenaza social. ¿Como
en la vida real? ¿O como en las telenovelas, la mujer inteligente
es siempre la mala? ¿Será entonces que a pesar de todo lo
que hemos logrado gracias al feminismo, nos hemos convertido en las brujas
de la historia porque ese es precisamente el prototipo de mujer de la que
los hombres tienden a huir?. |
Según
una encuesta realizada en el mes pasado en el Reino Unido, las mujeres inteligentes
se casan menos. ¿Por qué? ¿Porque tienen menos tiempo
y por ende menos oportunidades de encontrar pareja? ¿O porque tienden
a dilatar el tema del compromiso por no perder su preciada libertad? ¿Por
falta de interés, por cobardía, o tal vez porque al asumir
erróneamente el feminismo con cierto aire revanchista nos hemos vuelto
literalmente insoportables? Sea como sea, las mujeres modernas ya no se
casan tan fácilmente como antes. Y no es que nos hayamos conformado
con nuestras vidas llenas de logros laborales pero vacías en el aspecto
sentimental. Es que hemos perdido la humildad. Hemos perdido la habilidad
de bajar la guardia y admitir que al final del día seguimos necesitándolos.
Sí, porque una pareja bien administrada no sólo sirve para
competir sino también para compartir. Para conversar, hacernos el
amor, abrigarnos cuando sentimos frío, apoyarnos cuando estamos tristes,
para reír, para llorar, para irnos a dormir juntos, abrazados. Y
sobre todo, sirve para lo más importante: hacernos sentir protegidas.
Esto lo aprendí un poco tarde, cuando a varios buenos prospectos
ya los había desechado por detalles ínfimos: no es muy gracioso,
o por el contrario, es demasiado payaso, no gana tanto como yo, no viaja
tanto como yo, no tenemos los mismos amigos, no piensa como yo. ¿Excusas
cobardes? ¿Un pánico incontrolable al fracaso? ¿Soberbia,
tal vez? Pero ahora que lo pienso mejor: ¿ser como yo?, ¿y
eso qué gracia tiene? ¿Trabajar todo el día, desayunar
por ventanilla en el Mac Donalds más cercano porque nunca tengo
tiempo para hacerlo en casa? ¿Vestirme en el ascensor porque siempre
voy tarde para atender algún compromiso laboral? ¿Maquillarme
dentro del vehículo cuidándome de no quedar estampillada con
todo y carro contra un poste, de camino al trabajo? |
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Fue entonces cuando
entendí que el ama de casa es aquel ser privilegiado, tan subvalorado
por nosotras las prepotentes mujeres modernas, que se da el lujo de desayunar
y quedar desocupada. Esa que aún puede tener hijos y verlos crecer
sin afanes. Esa que antes que nada se siente mujer y que aún goza
de la habilidad de disfrutar lo mucho o lo poco. La que no se complica la
vida haciendo la fila en el banco para pagar los servicios. La que no tiene
idea de qué significan siglas como Codensa, Emsirva o E.P.M. pero
que domina a la perfección otros, decididamente más atractivos
en términos femeninos, como Gucci, Prada, DKNY
La que decimos
que no queremos ser pero que en el fondo envidiamos por haber logrado lo
que nosotras, con todo y nuestros triunfos, no conseguimos: estabilidad
emocional.
¿Qué es lo que está pasando allá afuera para
que se haya vuelto tan difícil aceptar la sola idea del compromiso?
El problema tal vez no son ellos sino que lo somos nosotras y en lo que
nos hemos convertido. El problema radica en que el prototipo de hombre contra
el que luchamos, por defender nuestros derechos, es el mismo que le pidió
a Dios que sacara a Eva de una de sus costillas, el que descubrió
América, el que peleó batallas en continentes lejanos, el
que le pone los cachos a su mujer en la película que vimos en el
fin de semana. El hombre no ha cambiado. Nosotras sí.
¿Será entonces que nos conviene más bien crear un nuevo
movimiento, algo así como Machismo por Conveniencia? ¿Un movimiento
en el que uno finge que no es tan inteligente ni tan capaz ni tan útil
a la sociedad, y en contraprestación ellos nos mantienen? No nos
digamos mentiras, hay dos formas básicas de vivir la vida: cómoda
o incómodamente. Es decir, mantenidas o asalariadas. Lo fundamental
es definir a tiempo qué es lo que se quiere.
La liberación femenina, basada como lo está en la libertad
económica, no es otra cosa que una especie de esclavitud mejor disfrazada.
¿En qué nos metimos? ¿En qué nos embarcamos? |
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¿Qué
fue lo que no entendimos bien? ¿Para qué quitarles a ellos
la mitad de las responsabilidades que históricamente han tenido con
nosotras desde que Dios creó al hombre y nos sacó de una costilla?
Si recostarse viene de costilla, y recostarse sigue siendo lo mismo que
lo mantengan a uno, ¿por qué entonces asumir obligaciones
ajenas y cambiar nuestros beneficios por sobregiros, deudas y préstamos
hasta para hacernos un triste manicure? ¿Para qué embarcarnos
en la tarea de suplantarlos en sus obligaciones hacia nosotras para demostrarles
que somos igual de capaces a ellos? ¿Capaces de qué? ¿De
pagar las cuentas? ¿De no disfrutar a nuestros hijos por estar siempre
ocupadas en el trabajo? ¿De vivir frustradas y solas, sin una pareja
estable y capaces de enfrentarnos a ellos en una batalla territorial sin
cuartel, una guerra, la única en el planeta en la que, aunque sangrienta,
de igual manera terminamos durmiendo con el enemigo? ¿De qué
es de lo que somos capaces que nos ha salpicado la vida con tanta soledad?
¿Qué fue lo que hicimos? ¿Darles más espacio,
tiempo y parte de nuestro dinero para que a ellos les sobrara todo lo anterior,
y más, para que pudieran tener hasta moza? Parte del problema es
que nos hemos acostumbrado tanto a competirle a la pareja y a tratar de
ganarle, que a la vez hemos aprendido a mirarla por encima del hombro. El
hombre que aspire al amor de una mujer independiente debe superarla en todo
el sentido de la palabra, y más que nada en el económico,
como condición para poder admirarlo. ¿Luchar por conseguir
las mismas metas que nosotras, y encima de todo tratarnos como doncellas
desvalidas? O se es la doncella o jugamos el papel del dragón secuestrador
de princesas, pero ambas cosas no se puede.
Por eso se han popularizado tanto las mozas en estos tiempos. Porque ellas,
tal vez las más inteligentes de todas las mujeres, juegan a la perfección
su papel de mujeres desvalidas y vulnerables, y no nos digamos mentiras,
a los hombres les encanta que los necesiten. Es que no hay mujeres realmente
brutas. Las más inteligentes de todas son las que fingen que no tienen
sesos ni para llegar a un orgasmo. A ellas no las dejan, con ellas se casan.
En cambio, las que con orgullo despliegan toda su modernización,
las que dictan cátedra hasta para hacer el amor, las que compran
el kit completo de Kama Sutra y se muestran muy exigentes, a esas les huyen.
Y es que ningún hombre quiere que cualquier tipo de experiencia sexual
se convierta en todo un ritual de iniciación. |
Tampoco les gusta enredarse
con la que bien puede acabar con su reputación sexual al sentirse
intimidado por ella. Prefieren, eso sí, quedarse con la que creen
que puede, más bien, dar testimonio, juramentado si es preciso, de
sus habilidades y destrezas sexuales, así sean nulas.
Los caballeros las prefieren brutas no es más que una propuesta de
negociación. La humanidad está en un interesante momento histórico
en el que los hombres, gracias a nuestra rebeldía, ya probaron lo
que era calentarse ellos mismos la comida en un microondas, y no les gustó;
en el que las mujeres ya probamos lo que era trabajar, ganar nuestro propio
dinero y pagar nuestras propias cuentas, y tampoco nos gustó. Entonces
mi propuesta es: negociemos. Sí, queremos que nos mantengan.
Inconformes como hemos sido las mujeres a lo largo y ancho de la historia,
pues es casi una condición genética, siempre queremos lo que
no tenemos. Si somos flacas, queremos ser más voluptuosas. Si somos
solteras, queremos casarnos. Si estamos casadas, queremos divorciarnos.
Y eso sí, siempre nos gusta más la muñeca de nuestra
amiga, y cuando crecemos nos gusta más el novio de la otra, así
después comprobemos que el nuestro era tal vez mucho mejor. Nos acostumbramos
a desear lo ajeno y a quedarnos al final con las manos vacías, y
a frustrarnos en el intento. Hoy, como conclusión, admito que a lo
mejor no soy tan inteligente como alguna vez creí serlo. Si fuera
al contrario, la frecuencia en la que sintonizaría mi vida no sería
AM (Asalariada de Mierda), sino más bien FM (Felizmente Mantenida).
¿Usted en cuál frecuencia está? |
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