FLORA MARTÍNEZ
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FLORA
MARTÍNEZ
LLEGA ROSARIO
TIJERAS
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EL
PRÓXIMO 9 DE AGOSTO SE ESTRENA CON TAPETE ROJO Y EN TODO EL PAÍS
LA PELÍCULA ROSARIO TIJERAS, BASADA EN LA NOVELA DE JORGE FRANCO.
AVANCE EXCLUSIVO SOBRE LA PREMIÈRE E INFORME SOBRE EL PORQUÉ
PUEDE MATAR UNA MUJER. CINE Y REALIDAD.
Por Juan Diego Mejía
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En
la antigua siderúrgica de Medellín ya no están
prendidos los hornos. De sus salones inmensos desaparecieron los obreros
corpulentos que tomaban leche y comían obsesivamente para que
el calor de las calderas no les destruyeran los pulmones antes de disfrutar
de su jubilación. Ahora ocurre algo parecido a un sueño
en el viejo edificio de la Avenida de los Industriales: el interior
se ha transformado en una discoteca lujosa. Hombres de ropas ajustadas
al cuerpo y mujeres de minifaldas se mueven en una nube de humo traspasada
con luces de colores. Un vestido rojo danza en medio de la multitud
y se roba la atención de los espectadores. Es Rosario, una mujer,
una suma de fatalidades que la hacen adorable y temible.
Rosario Tijeras, la película, se filmó en Medellín
en 2004 durante diez semanas intensas en las cuales los habitantes de
esta renovada ciudad vimos cómo se reconstruían esos tiempos
de violencia del narcotráfico y entraban nuevamente en acción
motociclistas asesinos, mafiosos, transacciones de droga, miedos, como
si alguien se empeñara en decirnos que jamás podremos
olvidar lo que pasó en los recientes años ochenta y parte
de los noventa. A pesar del dolor que trae el recuerdo de esa época
de pesadilla, la filmación contó con el apoyo de la ciudad,
que dio muestras de una especie de estoicismo mezclado con morbo y madurez.
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LA
HISTORIA
Rosario se crió en uno de los barrios de la montaña del nororiente
de Medellín, pero la vida la hizo bajar de sus calles humildes y
establecerse en El Poblado donde viven las clases altas. En ese sector de
la ciudad comparten el aire y las vías, empresarios, banqueros, futbolistas
y mafiosos. Desde los balcones del apartamento de Rosario, la comuna nororiental
se ve como una gran mancha del color de los ladrillos. Es la época
en que el dinero del tráfico de drogas y sus actividades colaterales
les abren las puertas de lugares exclusivos a personas que nunca lo habían
imaginado. Dos muchachos bien, Emilio y Antonio, se aventuran
a bailar en Acuarius, la famosa discoteca de los años ochenta, y
allí conocen a Rosario, una extraña belleza que se mece al
ritmo de la música y se hace inmortal a los ojos de ellos. Desde
entonces quedan atados a Rosario y no podrán zafarse aunque les lleguen
avisos del destino y ella misma se los suplique. Una sorpresa tras otra
les muestra que Rosario no es una mujer común y corriente. Su belleza
y sensualidad los guía por laberintos de miedo y les pone las cartas
sobre la mesa: mata con sus propias manos, no perdona a sus enemigos, ama
profundamente a su hermano porque la rescató de la humillación
de su infancia, confunde el dolor del amor con el de la muerte. |
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LA
PELÍCULA
Seducidos por esta historia creada por el escritor antioqueño Jorge
Franco Ramos, llegaron a Medellín el director Emilio Maillé,
los productores Mattías Ehrenberg y Gustavo Ángel. Querían
mirar el escenario natural donde nació Rosario Tijeras. Tal vez dudaron
de las posibilidades de rodaje que ofrecía esta ciudad estigmatizada
por todos esos años de violencia y cuya fama llegó a increíbles
lugares del mundo. Ya habían recorrido el camino en busca del guión,
empinado y lleno de trampas por tratarse de una novela hecha para leerse
a pesar de que su autor se formó como cineasta en London International
Film School. La primera versión del guión la escribió
el mismo Jorge Franco, y luego el escritor argentino Marcelo Figueras lo
redondeó y le dio la forma final. Emilio y Mattías decidieron
que Medellín sería el lugar del rodaje, después de
visitar la comuna nororiental en compañía de Víctor
Gaviria, poeta y director de cine antioqueño que ha hecho su carrera
trabajando con actores naturales nacidos en esos barrios. Cuando conocí
a Emilio Maillé y a Mattías Ehrenberg ya estaban atados a
Medellín como una representación real de la novela de Franco.
Con esta convicción se reunieron con el alcalde Sergio Fajardo quien
les reforzó la confianza que ya habían sentido en sus indagaciones
con la gente de la ciudad, y finalmente empezaron el rodaje. Casi un año
más tarde volví a verlos. Traían una copia en video
de la película terminada y la vimos en un pequeño salón
del Museo de Antioquia, un domingo, a la hora en que afuera ya caminaban
las prostitutas en busca de clientes que les calmaran el hambre a cambio
de la resignación de sus pieles.
ROSARIO, UNA MUJER COMO LAS DE AFUERA
Al correr la cinta en el DVD, vemos una sombra que viaja en la noche por
todo el Valle de Aburrá. Las luces de las calles y los faros de los
carros nos guían y poco a poco nos arman el mapa de Medellín,
pero algo nos advierte que lo que vemos es el escenario donde tendrá
lugar una tragedia de corte shakespereano, sin sosiego, sin final feliz
para esa mujer que baila en la discoteca Acuarius. Ese viaje por el aire
oscuro de la ciudad es en realidad el descenso al infierno de una muchacha
que se baña en sangre por primera vez cuando su mano de niña
toma las tijeras del costurero de su mamá, no para cortar la tela
del vestido de su muñeca sino para hundírselas en lo más
profundo del sexo a quien antes había abusado de ella.
Cuántas de las mujeres que caminaban en esa tarde por los alrededores
del Museo vivieron lo mismo que vivió Rosario, pensamos entonces.
Cuántas sintieron deseos de matar para vengarse de sus padrastros
o sus vecinos. Rosario Tijeras logra un efecto incontrolable en mis compañeros
de sala. Cuando aparecen los créditos finales y se encienden las
luces, las caras de todos muestran la lucha por controlar la emoción.
Yo aprieto los dientes para responder a una pregunta de Emilio Maillé,
el director, que parece estar presentando un examen final en la universidad.
No hay mucho que decir en esos momentos. Los ojos húmedos hablan
por nosotros. |
DESPUÉS
DE ROSARIO
Emilio y Mattías se fueron de la ciudad con la incertidumbre de la
opinión del auditorio. Y nosotros nos fuimos para las casas sin poder
dejar de pensar en Rosario. Me hubiera gustado ser crítico de cine
para darles mi opinión sin rodeos y cancelar el asunto del corazón
que me quedó pendiente. Ahora repaso las escenas mentalmente y comprendo
que ahí está una buena parte de nuestra historia llena de
deudas con la mujer. Ésta no es una película sobre el narcotráfico.
Creo que se trata de una especie de grito de la mujer que no tiene cómo
defenderse. Rosario tuvo la fuerza para apretar las tijeras de su mamá
y cerró los ojos cuando las enterró en la piel sucia de su
violador. La vida no le perdonó ese momento de libertad y por eso
se convirtió en sicaria.
FLORA Y ROSARIO, VIRTUD DE UN CASTING
No sé qué habría pasado si Rosario no hubiera sido
protagonizada por Flora Martínez. Esta bella actriz logra darle verosimilitud
al personaje no sólo en los momentos de mayor carga de adrenalina
sino también en el tejido de la historia de amor con Emilio y Antonio.
No la imagino de otra manera. Por fortuna no sucedió lo que García
Márquez sospecha que puede ocurrir cuando los millones de lectores
de Cien años de soledad veamos a Remedios la Bella representada en
la pantalla por una actriz que salga en las fotos del jet set de Hollywood.
Flora y Rosario coinciden como Peter Pan con su sombra esquiva, y por eso
es difícil que el espectador olvide su mirada de desamparo y furia
a la vez. Yo, por lo menos, ya la tengo entre mis recuerdos imborrables. |
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UN
LIBRO
PARA LEER
Enrique Santos CalderÓn, en su memorable
columna contraescape en el tiempo,
fue quien lanzó a la fama a la novela
Rosario Tijeras. |
Hablemos, pues, de literatura y de un libro
que acabo de leer sobre el tema de la ciudad y que me llegó muy hondo.
Se trata de Rosario Tijeras (Ed. Plaza & Janés), obra que obtuvo
la Beca Nacional de Novela del Ministerio de la Cultura y cuyo autor es
el joven escritor antioqueño Jorge Franco Ramos, quien ya ha ganado
otros certámenes literarios.
El libro narra la relación de una bella y perversa pandillera de
las comunas con dos muchachos de la alta burguesía de Medellín
en los años duros de Pablo Escobar y el narcoterrorismo. Se trata
de una novela violenta y tierna a la vez. De una historia de amor en medio
de la rumba loca, el frenesí suicida y el choque de valores, clases
y culturas que produjo el auge del narcotráfico en la sociedad antioqueña.
Un tema fascinante, que se prestaba para el morbo o el sensacionalismo,
pero que Jorge Franco trata con una limpieza literaria impresionante. Es
un libro duro, pero natural y fresco. Escrito en un ritmo ascendente, que
no decae ni un minuto y que gira en torno de los recuerdos que asaltan a
uno de los enamorados de Rosario mientras ella agoniza en el hospital.
* * * *
Pocas veces he leído de autores colombianos, diálogos tan
ágiles, directos y auténticos. Atribuibles sin duda a la formación
cinematográfica de Franco, quien ha sido libretista e hizo estudios
de cine en Londres. En lugar de servir de pretexto para divagaciones o preciosismos
literarios, los diálogos de Rosario Tijeras, de una nitidez a lo
Faulkner o Hemingway, son para contar la historia. Para volverla inmediata
y verosímil. Para hablar como se habla, sin folclorismos ni costumbrismos
artificiosos, en el lenguaje de una juventud que sólo vive el aquí
y ahora.
A través de la tortuosa relación triangular entre Rosario,
Emilio y el parcerito, va apareciendo ese mundo de sicariato,
droga y rumba donde se encuentran dos ciudades: la Medellín marginal
y la que se muestra. Es en los bares y discotecas de moda donde los muchachos
de las comunas, ya con plata y con fierros (y con mujeres
tan bonitas como las de ustedes, pero más arrechas) se mezclan
con la juventud bien de Medellín.
Una perversa fusión de clases y valores sociales que dio lugar a
toda suerte de cocteles delictivos, alimentados por el ansia común
del dinero y la ostentación, tan propio de la cultura del narcotráfico.
Ese mundo y esas vivencias, esa realidad tan apabullante y desgarradora,
son tratados por Franco con un rigor literario sobrio y poético.
No cayó, por fortuna, en la carreta sociológica
ni la denuncia social. Por el contrario, el tema lo maneja desde el amor,
hilo conductor de la dramática historia, y más precisamente
desde el ángulo de la mujer. Temas centrales, el amor y la mujer,
en los libros anteriores de este escritor paisa, cuya primera novela, Mala
noche (1997) está en primera persona femenina.
Según me contó Franco, Rosario Tijeras resume a muchas mujeres
de sus cuentos. Mujeres violentadas y agredidas desde niñas, que
van en contravía; contra la vida. En este caso, la de la mujer sicaria,
que el escritor ha investigado en tesis, estudios y testimonios que existen
en Medellín sobre este impresionante fenómeno social. Otras
realidades, como la del satanismo y la religiosidad en el sicariato; el
desprecio por la vida; la imagen de los duros de los duros;
los códigos y comportamientos que introdujo el narcotráfico
en la sociedad antioqueña, van surgiendo de manera natural y espontánea,
en una prosa directa y depurada, a medida que se desarrolla esta corta pero
intensa novela de 196 páginas.
* * *
Impactante y cruda radiografía de una juventud, una ciudad y una
sociedad, el libro de Franco es un valioso aporte a la comprensión,
a través de la literatura, de una verdad terrible.
Hace tiempos me estoy preguntando cuándo se va a escribir la gran
novela sobre el narcotráfico en Colombia. Aquella que logre sintetizar
y contar todo lo que ha significado para este país. Un fenómeno
que partió en dos la historia nacional; que generó tal trastocamiento
de valores; que produjo personajes como Pablo Escobar; que convirtió
a Colombia en injusto símbolo internacional de la infamia, es un
tema gigantesco y desafiante.
Poco a poco comienza a ser abordado por la literatura nacional. Cada vez
con menos superficialidad y tremendismo, y con mayor talento, profundidad
y perspectiva. Fernando Vallejo con La Virgen de los sicarios, y García
Márquez con Noticia de un secuestro, lo han tratado desde perspectivas
diferentes.
Rosario Tijeras, de Jorge Franco Ramos, es un enorme paso adelante en la
recreación literaria de esta lacerante realidad social.
(El Tiempo, abril 8 de 1999). |
MUJERES
QUE MATAN
NO ES CINE, ES REALIDAD. SI ROSARIO TIJERAS MATÓ
EN LA NOVELA, ESTAS DOS MUJERES FUERON LAS DOS PRIMERAS SICARIAS CAPTURADAS
EN COLOMBIA.
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Sandra Milena Santo
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Jenny Liceth Agudelo
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Un
caso ocurrido el 2 de septiembre de 2003 inició en Colombia la
modalidad de las mujeres sicarias. En una cafetería del sur de
Bogotá (frente al hospital de Kennedy) entraron Jenny Liceth
Agudelo, de 21 años, y Sandra Milena Santo, de 20, la primera
solicitando un baño para evacuar una emergencia,
y la otra pidiendo un yogur de fresa. Luego Jenny Liceth sacó
de su bolso una pistola, y su compañera empuñó
un revólver. Se cruzaron una mirada como de santo y seña,
se acercaron a dos hombres, Adrián Morales y César Andrés
Botero, que departían en el lugar y que fueron señalados
después por las autoridades como comerciantes de dudosa reputación,
y sin darles tiempo de sacar sus respectivas armas les dispararon a
quemarropa -a Morales en la cabeza y a Botero en el rostro-. Con serenidad
de profesionales, las dos mujeres guardaron las armas, caminaron hasta
la calle, tomaron un taxi al que abandonaron más adelante, y
finalmente abordaron un bus.
Una hora después las arrestaron. El oficial que dirigió
el operativo reveló: Cuando les dije que uno de los hombres
había quedado vivo y podía testificar, una de ellas me
respondió: 'Si es así, no demora en morir. Ese no se salva'.
En Colombia, a pesar de todas sus violencias, no se recordaba un hecho
semejante. No se había visto antes a mujeres contratadas para
matar como máquinas. Un experto de la Fiscalía explicó
en ese entonces la audacia profesional de aquella pareja: Una
de ellas utilizó un revólver Smith & Wesson 38 largo,
que no deja vainillas pero que sólo tiene seis tiros. En caso
de fallar, y ante un tiroteo, es casi imposible cubrir la retirada.
Las autoridades empezaron a analizar cuidadosamente el tema, y las sorpresas
fueron creciendo. Las estadísticas de la Policía revelaron
que en 2002 ya habían sido capturadas 19.953 mujeres por diversos
delitos; en 2003 esa cifra se elevó en un 43 por ciento; y en
2004 continuó subiendo. Al tipificar los delitos, los datos son
igualmente elocuentes. Los asesinatos perpetrados por mujeres crecieron
en 38 por ciento en ese lapso.
El incremento de la delincuencia femenina obligó a las autoridades
a enfrentarse a un problema complejo: elaborar el perfil psicológico
de la mujer delincuente, algo inexistente hace tres años. Un
experto de la Policía revela: La forma de matar de ellas
es más calculada. Matan con una crueldad única y son difíciles
de capturar, porque se caracterizan por no dejar pistas.
Los servicios de inteligencia admiten que las mujeres delincuentes infunden
gran temor. Tienen una puntería infalible, son laberínticas,
perspicaces, estrategas. Son las reinas del disimulo y tienen otras
armas como la belleza y la seducción. Y cuando matan, no se arrepienten
jamás. Planean la escena, la piensan detenidamente. Y son leales.
Las mujeres asesinas que han sido capturadas están en las siete
cárceles femeninas que funcionan en el país. En El Buen
Pastor se halla Cilantro, de 27 años, reincidente
por tercera vez, y autora de esta confesión: Siempre que
mato estoy borracha, y uno así no ve tan claro. Lo he hecho hasta
por ocho dólares....
Un analista de la Policía aporta este crudo remate: Las
mujeres no levantan sospechas, y cada vez hay más huérfanas,
viudas y mujeres solas que son tentadas para el delito. Ellas tienen
especial talento para el crimen porque ponen en juego más astucia
y disimulo que los hombres.
Abundan los casos no resueltos de homicidios causados por mujeres. Se
cita por ejemplo el de un empresario que entró en un prostíbulo
bogotano y pese a que iba protegido por veinte escoltas, dos mujeres
lograron sacarlo de allí en silencio. El hombre apareció
muerto. Las prostitutas -que se presume eran sicarias- andan libres.
Además de las fallas tradicionales de la justicia, hay otros
factores para esa impunidad. Una psiquiatra menciona éste: La
justicia ha sido históricamente más blanda con ellas porque
existe el estigma de que han sido violentadas, abusadas, maltratadas.
Por eso en la mayoría de los casos existe una justificación
y pasan muy fácilmente como inocentes.
A pesar de que ellas disparan cada vez con mayor frecuencia y sangre
fría, los investigadores argumentan: ¡Es tan difícil
pensar que una mujer sea capaz de matar!
El punto débil de las mujeres que matan son los hijos. Pero a
veces, ni siquiera eso las detiene.
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Jenny
Liceth Agudelo y Sandra Milena Santo el 2 de septiembre de 2003,
el día de su crimen y captura en Bogotá.
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