Reinas
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LA
NEGRA Y LA MESTIZA
Bogotá estará ausente este año del Reinado de la
Belleza de Cartagena. La reina y la virreina de la capital fueron descalificadas.
ambas se consideran reinas sin corona. Carolina Guerra y María
Nela Sinisterra explican por qué.
Por Óscar Castaño Llorente
Fotografías: Mauricio Vélez
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Las
ex representantes por Bogotá para el Reinado Nacional de la Belleza,
María Nela Sinisterra y Carolina Guerra, creen ahora que lo mejor
que les sucedió fue la descalificación del certamen. María
Nela lo simplifica así: Nos convirtieron en las reinas preferidas
de los bogotanos.
Les ocurrió la metáfora de la expulsión del Edén
sin haber ingresado en él. María Nela y Carolina fueron excluidas
de tajo de ese cielo llamado Reinado de Cartagena que en noviembre de cada
año pone de moda nuevos rostros, instala cuerpos esculturales en
los calendarios de enero siguiente y le coquetea a la vida versallesca de
las presentadoras de televisión.
Lo que parecía una precipitación hacia las puertas del infierno
se convirtió en la antesala del paraíso. Las ofertas de trabajo
les llueven; las reclaman para portadas de revistas; impulsan campañas
sociales; y en cualquier tarde abren una pasarela en Bogotá, y en
la noche cierran otra en Cali o Medellín. Han salido en periódicos
y noticieros de televisión y han sido el cálido despertador
de muchos radioescuchas del país cuando Julio Sánchez Cristo
las foguea con preguntas; o en las tardes, a veces, cada una a su manera
ha sido la voz conciliadora que de vez en cuando conversa en el programa
de radio con Alejandra Azcárate
Son todo aquello que una reina
desea ser sin haberlo sido.
Se perdió la oportunidad de que la capital estuviera representada
por dos mujeres que son la verdadera Bogotá, la ciudad habitada por
todas las razas, es la conclusión de Carolina Guerra, de dieciocho
años, rostro indígena, 1,76 de estatura y mirada penetrante
como lo fuera la de la diosa Chía de los chibchas. |
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EL
PACÍFICO EN BOGOTÁ
No son muchas las diferencias entre la María Nela Sinisterra que
posó recostada sobre los brazos húmedos de un manglar de Buenaventura
para el concurso de elección y coronación de la Señorita
Bogotá, y aquella que diez años atrás jugaba en ellos,
sin camiseta y sin vergüenza alguna de su desnudez, descalza, con el
barro hasta las rodillas y bajo la canícula de las dos de la tarde
cuando el sol hace más lento el día y recorre vaporosamente
el cuerpo de los hijos de Buenaventura.
Ni tampoco hay mayores distinciones entre la mujer que hace un tiempo interpretó
el papel de una de las gemelas de La comedia de las equivocaciones, la obra
de Shakespeare, en el teatro Libre de La Candelaria, y entre la negrita
endeble que veía a su madre preparar sancochos de gallina, viudos
de pescado y arroces de mariscos en pequeñas pailas curadas por el
fuego que consumían las cinco bocas directas de la descendencia.
A los veintidós años sigue siendo la misma. Continúa
siendo la dueña de una inocencia que a todo dice Sí y que
no le ve misterio a aparecer provocativa y seductora y con el ombligo al
descubierto en las primeras páginas de una revista. Nacimos
desnudos y puros y así mismo deben ser nuestros actos, y por
esto le parece una injusticia su descalificación para el reinado
de Cartagena: Me exigían diez años de residencia en
Bogotá, de los cuales yo sólo tengo siete, sobre todo cuando
sé de grandes candidatas como Paula Andrea Betancourt que fueron
representantes de departamentos de los que escasamente sabían el
nombre de la capital.
de los altiplanos, siempre será la reina de la risa.
Pero el anticuerpo contra el resentimiento lo maduró en su Buenaventura
natal. Los costeños del Pacífico somos una raza que
sabe encontrar alegrías en las tristezas. Y quizás con
esta fórmula contra los vaivenes de la vida pudo soportar los primeros
años en Cundinamarca. Por motivos económicos dormía
en las noches en Funza, un pueblo muy tranquilo y reposado,
y en las primeras horas del día partía en bus hacia la capital
metida entre una ruana, protegida con pasamontañas y guantes de lana,
generando sorpresa y admiración en los vecinos que raras veces se
habían descubierto ante una negra con atuendos campesinos. Horas
más tarde repartía su tiempo, gracias a dos becas que le fueron
otorgadas, entre la agencia de modelos John Casablancas y la de arte dramático
Histrión. En ambos escenarios hacía las veces de muchacha
feliz e irreverente, dispuesta a aprenderlo todo sin nada que perder. Materialmente
nunca he tenido mucho. |
Sus manos son de seda
oscura. Cada ángulo de su cuerpo es hermosamente duro y su cara es
bien delineada, pero afirma que no desea ser una mujer negra con facciones
de blanca. Todo eso lo saben quienes la rodean, pero ella se hace la desentendida
y no quiere dejarle nada al azar de la belleza, pues un día
te llena de bendiciones y al otro te abandona, razón por la
cual se retiró de las clases de modelaje para concentrar su atención
en el teatro (lleva varios años de aprendizaje).
Con el tiempo se dio cuenta de que dejaba de ser una extraña en una
ciudad que cada día recibe hombres y mujeres de todas las condiciones,
de todos los estratos, de todas las riquezas y miserias. María Nela
cree que Bogotá no es únicamente de los bogotanos, y en cambio
es una ciudad hecha con el aliento de tantos colombianos que se atrevieron
a reconocer como su representante a alguien del Pacífico, sin ancestros
de aquí, lo cual es una eventualidad que difícilmente se repetirá.
Es el momento de decirle al país que esta ciudad es el espejo de
todos.
Así como yo, hay miles de mujeres en Buenaventura. Soy una
afro-colombiana más, que en las palabras de Shakespeare actúa
naturalmente en la comedia de la vida, dice como excusándose,
pero también asegura, sin falsa modestia, que en Cartagena era la
posible ganadora porque soy auténtica, y finalmente eso somos
los colombianos.
La negra tiene su tumbao. Ya envió su hoja de vida a
las cadenas de televisión mexicanas, desfila en grandes pasarelas
del país, continúa estudiando actuación e inglés
y sigue siendo irreverente. Voy a ir a Cartagena en los días
del reinado, y por supuesto no me perderé el menor detalle. Además
quiero ver a las otras candidatas para saber cuáles eran mis verdaderas
posibilidades. Aunque lo cierto es que María Nela Sinisterra,
la negra del mar y |
CAROLINA:
BOGOTÁ ES TU RESGUARDO
Carolina Guerra es mestiza. Desde Amparo Grisales, ninguna de las estrellas
de la vida pública que nacen todos los días bajo el cielo
colombiano había encarnado en un solo cuerpo y en una sola tonada
las razas del país. A mí me dicen Pocahontas y soy una
mujer con cara de india que se tropezó con el Reinado Nacional de
la Belleza.
Mide un metro con setenta y seis centímetros de estatura y sus largas
piernas son como dos serpientes duras y tersas de color canela. Es de ojos
grandes y negros, labios gruesos, y el cabello lacio que cae sobre su rostro
parece la paja de una choza wayúu. Una indígena, una mestiza
que además de español habla, lee y escribe en inglés;
y que ha leído a los griegos y repasado grandes pasajes de la historia
de Colombia y que suele quedarse tardes enteras en la sala de su casa con
un vaso de Sprite en la mano y oyendo a Alejandro Sáenz mientras
estudia autores tan profundos y diferentes como Descartes y Savater. Quería
competir en Cartagena con estas armas y mostrar que las reinas de belleza
no son sólo muchachas con un código automático
de lenguaje, a las que se les oprime un chip para que respondan preguntas
tan complejas como '¿Cuál es el ídolo de tu vida?',
con respuestas invariables como 'El papa Juan Pablo II'. Para mí
lo es mi mamá.
Prácticamente montada en el avión con destino a Cartagena,
fue destituida a los cuarenta y cinco días de haber sido coronada
Señorita Bogotá. Debió reintegrar 25 millones de pesos,
un carro Skoda último modelo, joyas de oro y de piedras preciosas
y en fin, una serie de accesorios que te hacen ver más bella
pero menos natural.
Su instinto indígena, común en cada colombiano, la situó
en otros terrenos en los que jugó de local y como una gran cacica.
Gracias al modelaje y mi preparación en Stock Models, fui elegida
Chica Águila, les gané a participantes de muchas partes del
país y obtuve un contrato por cuatro millones de pesos mensuales
y la oportunidad de seguir peleando de tú a tú y cuando se
me da la gana con tipos como Ortega y Gasset. |
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Tiene dieciocho
años y su caminar por la breve pasarela del modelaje empezó
a los nueve, cuando era la modelo preferida de los trajes confeccionados
por su madre diseñadora. Dice que nunca tomó con seriedad
la profesión con la que hoy subsiste, y confiesa que hasta los diez
años era una niña poco agraciada que quería ser astronauta.
Vino a saber de qué se trataba, primero en Stock Models y después
en el reality que eligió a la representante por Bogotá, y
entonces supo que el esfuerzo de una reina por serlo es una ardua
e innecesaria prueba inventada en este país y que seguramente en
ningún otro lugar del mundo es tan rigurosa. Respeto mucho el trabajo
de una reina.
Fue descalificada por unas fotos en las que aparecía con el torso
desnudo, de espaldas. Pero le dolió aun más que la virreina
de los bogotanos, la negra María Nela, a quien quiero mucho
y con la que me hice muy amiga, también fuera eliminada, pues
finalmente la capital se quedó sin representante a Cartagena.
Ni Carolina Guerra ni María Nela Sinisterra pudieron ir a Cartagena
como Señorita Bogotá, pero por lo que les ha ocurrido después
de la descalificación, hoy piensan con optimismo que no hay mal que
por bien no venga. |
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