María Consuelo Araújo
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María
Consuelo araújo
sin maquillaje
Joven,
bonita, costeña, simpática, estudiosa, madre, alegre, juglar,
música, maría Consuelo Araújo Castro, la Conchi,
es la nueva ministra de relaciones exteriores. Su esposo, Ricardo Mazalán,
destacado reportero gráfico, a quien ella atropelló con
su carro el día en que lo conoció, la ha retratado en su
vida cotidiana durante los últimos años. perfil y fotos
exclusivas de la nueva canciller.
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María
Consuelo Araújo cuando era ministra de Cultura, celebrando el día
en que San Basilio de Palenque
fue declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
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Sintió
como si un meteorito le hubiera caído encima, sobre el capó
de su pequeño Fiat, en aquella mañana de febrero de 1991 cuando
ella tenía veinte años e iba tarde para la clase de política
internacional con el profesor Pierre Gillodes en la Universidad Externado
de Colombia. Pero en realidad le cayó un argentino de 1,98 de estatura
y botas de trotamundo, número 47. La gente se arremolinó de
inmediato y ella escuchó que alguien gritaba Mataron a Pulgarcito,
como apodaban al grandulón argentino los niños callejeros
del barrio La Candelaria. El automóvil quedó para pérdida
total y la moto también muy averiada, pero el argentino la sacó
barata, apenas con heridas en las piernas.
Después de la clase, como habían convenido, ella, acompañada
de su mejor amiga, fue hasta el apartamento del barrio y recogieron al argentino
y lo llevaron al Hospital San Ignacio donde los médicos le cogieron
los puntos necesarios en las heridas de las piernas. Y él la invitó
a almorzar ese mismo día después de la curación, y
a los veinte días ya eran novios, y pasaron los años y él
se fue para África y fue herido en Ruanda por su oficio de reportero
gráfico y ella viajó a Francia e Italia pero la relación
sobrevivió a las heridas y a las separaciones y María Consuelo
Araújo y Ricardo Mazalán, de Valledupar y Buenos Aires, se
casaron en Bogotá el 22 de febrero de 1997.
Ésta es una historia ya conocida y hubiera pasado anónima
si los dos hubieran sido una pareja más, tal vez también siempre
felices, perdidos entre la multitud, ella con su 1,60 de estatura y él
raspando los dos metros, ella siempre sudando alegría y optimismo,
él siempre riguroso y crítico, dos polos para una misma energía
creadora. |
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A
las seis de la mañana, después de una parranda vallenata
de toda una noche, María Consuelo Araújo y Gabriela
Febres se refrescan en las aguas del mítico río Guatapurí.
Quien hace esto vuelve siempre a Valledupar, según reza la
leyenda de Francisco el Hombre.
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Las
llamadas
En este jueves de julio, a las once de la noche, María Consuelo Araújo,
La Conchi, como ya la conoce todo el país, estaba dormida cuando
sonó el teléfono de su apartamento. Era la voz del Presidente
Álvaro Uribe quien en un tono entre paternal y bíblico le
echó un pequeño sermón para explicarle la importancia
de que la gente joven asuma las grandes responsabilidades de la patria.
Y le dijo que la nombraba ministra de Relaciones Exteriores. Estaba acompañada
en su apartamento sólo por su hija Susana, de cuatro años.
A su alrededor, ya los libros y otros objetos empacados en cajas de cartón
para su próximo trasteo a Méjico, donde iba a asumir la Embajada
de Colombia. Entonces levantó el teléfono y llamó a
Ricardo a Vallepudar, adonde había ido para vender unas vacas antes
de su viaje. Él le respondió que la respaldaba en todo y que
era consciente de la responsabilidad del cargo y de la importancia de que
fuera la primera persona, y mujer, nacida en Valledupar, que llegaba a ser
Canciller de la República.
Cuatro años antes, ella nunca había visto en persona a Álvaro
Uribe Vélez. En Bogotá había sido directora del Jardín
Botánico y del Instituto de Recreación de Deportes en las
administraciones de Enrique Peñalosa y Antanas Mockus. El Presidente
electo le ofreció por teléfono, sin conocerla personalmente,
el Ministerio de Cultura. Ella le dijo que le faltaba un mes largo para
que naciera su hija Susana
Uribe le dijo que mejor, que era una exaltación
también al derecho de las mujeres que trabajan, a ser madres. Entonces
durante casi cuatro años ella mantuvo una cuna en el fondo de su
despacho ministerial. Y le llevaban la niña a las doce y media del
día y en compañía de su hija tomaba un almuerzo de
trabajo hasta las dos de la tarde.
Lenguas y árboles
Llegó a Bogotá a los cuatro años cuando Alfonso López
Michelsen nombró al papá de La Conchi, Álvaro Araújo
Noguera, primero gerente de la Caja Agraria y después ministro de
Agricultura. Atrás quedó la casona grande, de casi media manzana,
con un patio donde el viento mece dos árboles gigantes, uno de mango
y otro de níspero. Su sombra es suficiente para los encuentros de
hasta cien Araújos en las parrandas vallenatas de la memoria con
toda la saga acordeonera de los Zuletas. |
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| A su hija Susana
no sólo la llevaba todos los días al despacho, a la
hora del almuerzo, sino que la cargaba a la usanza wayú. |
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| Como
ministra de Cultura, en el Carnaval de Negros y Blancos de Pasto.
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Allá
quedó también la leyenda de las dos mamás grandes,
Blanca Noguera por el lado paterno, que vivió hasta los 102 años
como la matrona que prefería a todas las mujeres en la casa grande
de Valledupar y mandaba a los hombres al estudio y al trabajo, y Sara Socarrás,
de Villanueva, siempre con la casa abierta para todos los amigos de la sabana
y de la sierra y que escondió en una habitación a Luisa Santiaga
Márquez, la mamá de Gabriel García Márquez,
para que no se casara con el telegrafista de Aracataca, porque no lo quería
su familia.
A los catorce años María Consuelo Araújo
se fue con su hermana Sara a cursar cuarto de bachillerato y aprender inglés
en Inglaterra y de regreso terminó como la mejor bachiller del Anglo
en Bogotá. Se graduó en Finanzas y Relaciones Internacionales
en la Universidad Externado, tres años después de atropellar
a Ricardo en la Avenida Circunvalar, y después aprendió francés
cuando se fue a estudiar la historia de la civilización francesa
en París, y en dos meses aprendió italiano en Milán
donde permaneció casi un año tomando cursos sobre política
internacional, especialmente sobre África donde por ese entonces
Ricardo desde Kenia cubría las guerras de Somalia, Ruanda y Burundi.
De regreso, ya graduada en el Externado, después de ejercer con brevedad
pero con éxito trabajos en la Caja Agraria y en una entidad financiera,
un día la llamó Enrique Peñalosa y le ofreció
la dirección del Jardín Botánico. Prácticamente
era la última entidad en importancia entre cerca de cien organismos
del Distrito. |
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Desde allí,
en la retaguardia, empezó a despuntar su verdadero talento: su
gran capacidad gerencial, su habilidad para meter goles, o sea alcanzar
éxitos contundentes y medibles, como le gusta al Presidente Uribe
que jueguen sus altos funcionarios. Pasó a ser la cabeza del programa
Bogotá se Viste de Verde, que sembró 120.000 árboles
por año y que fue el motor del programa de recuperación
de espacios públicos, parques lineales y construcción de
ciclovías y alamedas que sacaron a Bogotá de la urbe destartalada
y sombría que era, para convertirla en la ciudad moderna y hermosa
que es en la actualidad.
Lo mismo sucedió con el Ministerio de Cultura. Prácticamente
era el último ministerio en importancia, sin plata, y escasamente
formaba parte del paisaje oficial. Apenas algunos hechos demuestran sus
resultados: sacó y llevó a la realidad la Ley del Cine y
creó seiscientas bibliotecas modernamente dotadas en igual número
de municipios que antes no tenían ninguna sala de lectura. Convirtió
el Ministerio en un ente con presencia e importancia nacional y terminó
siendo prácticamente la estrella del primer cuatrienio del Presidente
Álvaro Uribe.
El
rigor y la alegría
Durante casi veinte años los Araújo Castro vivieron también
en una casa grande en el norte de Bogotá. Como la de Valledupar
o Villanueva, también tenía las puertas abiertas. Entraba
y salía gente y se hospedaban todos los parientes que venían
de la Costa. Pero pasaron los años, los cuatro hijos se casaron
y los padres se fueron a vivir en apartamentos, en una ciudad que cambió
en todo. Por ello en la actualidad los Araújo tienen en las colinas
de Suba una casa para fiestas, que en realidad es un kiosco grande con
un jardín muy bonito donde se celebran cumpleaños, encuentros
y despedidas y fenomenales parrandas vallenatas en plena Sabana bogotana.
En realidad el factor de unión de la familia en la Costa y en Bogotá
es La Conchi. Es capaz de reunir a cincuenta o cien Araújos y ella
canta y baila y toca guitarra. Termina las fiestas como un juglar vallenato,
verseando con quien sea, así sea con un tal Poncho Zuleta.
Pero detrás de toda esta alegría y este carisma existe un
gran rigor profesional y una natural capacidad de liderazgo y talento
gerencial, todo empaquetado en un espíritu grande y alegre y un
cuerpo menudo y ágil. Desde su amiga y viceministra Adriana Mejía,
hasta todos los que la conocen, dicen que tiene una gran capacidad para
aprender rápidamente, estudia los temas y lee los documentos, es
perfeccionista y exigente, sabe ver en forma rápida y certera lo
que es importante y lo que es prescindible, se sabe rodear de funcionarios
eficientes y escucha y se deja asesorar, y sobre todo sabe gerenciar con
simpatía y alegría y sencillez pero con gran rigor y eficiencia,
que muchos comparan, en lo gerencial y guardando las proporciones, con
el ejemplo de los costeños fiesteros que son grandes juristas o
artistas mayores como Alejandro Obregón o Gabriel García
Márquez.
Todos los días, cuando apenas amanece, María Consuelo Araújo
se levanta, le ofrece un cariño a su hija Susana y sale a trotar
por las calles de Bogotá. Es un hábito que se impuso hace
apenas dos años pero que practica con seriedad y pasión
como si se preparara para ser una gran atleta. Y por ello terminó
de pie las dos últimas ediciones de la Media Maratón de
Bogotá. Afirma que no he tenido tiempo de soñar las
cosas en la vida, sólo me ha tocado estudiar y actuar, y sólo
pienso en ejecutar los proyectos, hacer bien la tarea, siempre pensando
que lo que estoy haciendo es muy importante porque sólo así
se hacen las cosas bien. Y tiene una frescura y una alegría
y un rigor como si hasta ahora empezara su verdadera carrera, por la mañana
contra el viento y sin maquillaje, y después, de vestido sastre,
de Canciller. Siempre sin cambiar, con el mismo carácter y el mismo
rostro sonriente hacia delante.
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1. María
Consuelo en medio de los generales Édgar Lesmes, Comandante
de la FAC, y Carlos Alberto Ospina, jefe de las Fuerzas Militares.
2. La entonces Ministra de Cultura pinta en el rostro del maestro
Enrique Grau.
3. María Consuelo Araújo y Ricardo Mazalán,
su esposo.
4. En el parque con su hija Susana.
5. A dúo, nada más ni nada menos que con ¨Poncho¨
Zuleta.
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