El amor no tiene edad
EL
AMOR NO TIENE EDAD
Tres
parejas disparejas en edad le confiesan a la Revista Diners cómo
y por qué se enamoraron a pesar de la diferencia de edades. Ellas
son mayores que ellos.
Y todos son un buen ejemplo del amor y la amistad en cualquier tiempo
y lugar.
Por
Óscar Castaño Llorente
Fotos Mauricio Ánjel
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Íngrid
Wobst y Gerónimo Basile
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La
pregunta suena a una de cajón: ¿Qué encuentra una mujer
en un hombre menor? María Ángela Sierra es profesora de uno
de los colegios de más abolengo de Bogotá. Estuvo a punto
de casarse con un militar, rompió el compromiso y ahora es la novia
de Carlos Andrés Santos, estudiante de publicidad. Ella tiene ocho
años más que él. Les encanta comer helado, patinar
en la ciclorruta, ver películas y conversar.
La sicóloga Ángela Hernández es especialista en conflictos
de pareja. Treinta años de experiencia le sugieren una respuesta
reveladora: Encuentra un sentimiento sui géneris que mezcla
seguridad sobre una relación que probablemente puede manejar, y en
la parte sexual es un autoelogio a su belleza. ¿Y qué
buscan ellos en mujeres mayores? Esta vez la sicóloga responde con
un argumento que tiene dos variantes: si no hay un interés económico
de por medio, lo más probable es que desee estabilidad; y seguramente
tiene avidez de nuevas experiencias sexuales. La doctora Ángela Hernández
señala que el país ha llegado a una época en que acepta
toda clase de conductas sociales, que si son expresadas con respeto no tienen
por qué agredir a los demás. La sociedad admite cualquier
pareja si se muestra tranquila, sin miedos ni inseguridades y sobre todo
auténtica.
¿Y qué pasa en los casos en que la diferencia no sobrepasa
los tres o cuatro años? Ingrid Wobst, esposa de Gerónimo Basile,
dice que eso es incluso mejor que las relaciones convencionales porque son
más estables y pueden comenzar proyectos de negocios, de viaje o
espirituales en igualdad de condiciones, sin consejos en tono de cátedra.
La doctora Ángela señala que si a ambos los distancian dos
o tres años, como en el caso de Íngrid y Gerónimo,
no se considera una mayor diferencia, más si se tiene en cuenta
que la educación ha tendido a ser mixta desde el colegio.
Fanny Mikey causó sensación hace tres años por contar
en la Revista Diners que cuando tenía 52 se enamoró de Carlos
Eduardo, de sólo 22. Dijo que no le importa la edad de un hombre,
me interesa su cerebro. Y la actriz Silvia de Dios se declaró
admiradora de los hombres menores porque en el amor toman el día
como viene. El actual novio de la actriz, del cual no quiso dar mayores
señales, es el segundo en serie. El anterior fue el actor Julián
Román.
Las seis personas que rindieron su testimonio para el presente reportaje
son seres a quienes no les preocupan los comentarios acerca de la edad en
el amor. Es más, se declaran envidiados, y para bien o para mal atraen
la atención por sus expresiones románticas, su mirada común
y la valentía de llamarse Mi amor o Mi vida
en la fila de un banco o en la de un supermercado. Jorge Luis Borges, en
el prólogo de La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares,
escribió que las cursilerías sólo son válidas
cuando llevan el imperio de la razón. Estas tres parejas son más
audaces aun porque también viven su romance con la pasión
del primer amor.
Íngrid y Gerónimo: amantes
y amigos
A los hermanos Alessandro y Gerónimo Basile los identifica la pasión
por las mujeres mayores. El primero tiene 35 años y su esposa 45
y en las palabras del segundo es una relación cimentada en
lo espiritual; han entendido que son un solo ser que interactúa con
el universo. El matrimonio de Gerónimo e Íngrid, en
cambio, es más terrenal. Aman los laberintos sorprendentes de la
vida y comparten los espacios profesionales, los del hogar y los de la aventura.
Aunque ella le lleva tres años, él asegura que ese ingrediente
los ha hecho amantes y amigos, cómplices, compañeros y socios.
Gerónimo, cartagenero de veintiocho años, habla de las mujeres
otoñales con la convicción de un vendedor, porque disfrutan
los detalles y no están pendientes de triunfos o derrotas sino de
compartir el proceso precedente a un objetivo. Hasta antes del matrimonio
las buscó por su independencia, la capacidad de resolver situaciones
y esa madurez espiritual y sexual que es el mejor afrodisíaco para
el amor.
Se conocieron por asuntos eminentemente comerciales a mediados de 2001,
y aseguran que no hubo atracción entre ambos. Íngrid fue a
venderle las entradas para una fiesta tecno a ese pelado de
23 años que vestía a la moda y sonreía con los ojos.
No conversaron. Él le entregó el dinero, ella las boletas
y parte sin novedad. Cuando sí se gustaron fue en diciembre en Cartagena.
Cada uno cenaba por aparte en el restaurante Juan del Mar y ella, inquieta
e irreverente, decidió sentarse en otra mesa donde cenaban un conocido
y un amigo de éste. Nos tomamos unos vinos, llegaron otros
amigos, intercambiamos sonrisas y chistes y nos dimos cuenta de que el otro
existía, recuerda ella con esa memoria prodigiosa de las mujeres
que conocen el amor y la nostalgia.
Siguieron siendo amigos en Bogotá, hablaban por teléfono varias
veces en el día y las fiestas y la bohemia y los amigos en común
hicieron de las suyas. Siempre me han gustado los menores. Son más
relajados y menos estrictos, más responsables con su compañera
y disfrutan todo como si fuera la última vez, explica Íngrid,
que trabaja junto con Gerónimo en Colectivo, empresa de relaciones
públicas.
En el siguiente diciembre sucedió lo inevitable: se casaron. Fue
la unión de un hombre de descendencia italiana, sensible y de expresiones
histriónicas que me ha llevado a amarlo por ser como es y no
impostar actitudes. Él dice que Íngrid le recuerda a
su madre en el temperamento y la ternura. |
La
profesora y el estudiante
Carlos Andrés Santos era el mejor del colegio. En grado once sabía
tocar guitarra e instrumentos de percusión, era el tambor mayor de
la banda del colegio, llevaba el brazalete de capitán de la selección
de fútbol, fue director del anuario y es recordado como un excelente
conversador. Sólo algo lo vencía: era el único de su
combo de amigos que no había tenido novia.
Los demás ya eran entendidos en las cuestiones del amor,
dice Carlos como riéndose de su inocencia porque a diferencia de
él, algunos habían tenido sexo. Creció
en un hogar de principios sólidos, adherido al Partido Conservador
y consecuente con las responsabilidades de familia y ante la sociedad. Tenía
dieciocho años y en el primer chispazo de irreverencia en casa, dijo
que quería ser músico de profesión. Con su talento
para la guitarra convenció a la familia.
Les dio a sus padres el golpe de estado unos meses más tarde al decirle
a su mamá que mi novia es una profesora del colegio.
Estaban pintando su cuarto con la ayuda del tío preferido, que
es como mi hermano, bajo las instrucciones de la mamá, que
también colaboraba pasando la escobilla. Mi mamá no
tuvo palabras para responderme y María Ángela menos
cuando la llamó al colegio para pedirle que por favor no lo llamara
a la casa, por ahora. Me atacó la moral y le huí,
dice María Ángela, que en ese entonces cumplía su segundo
año de dictar clases en el colegio donde conoció a su novio.
Ha sido profesora de primaria y al firmar el contrato prometió que
jamás tendría algo con un estudiante. Pero el
corazón rompió el juramento desde el primer momento en que
vio a Carlos Andrés. Durante los días de colegio nunca pasó
nada. Él se graduó de bachiller y luego se encontraron en
el restaurante Andrés Carne de Res. Él iba con una muchacha
a la que le estaba cayendo pero no le paró bolas.
Entonces dirigió toda su atención a la profesora de inglés,
la saludó con cortesía y cayó en la cuenta de que los
días del colegio habían pasado.
Tres años atrás, María Ángela rompió
su compromiso matrimonial con un capitán de la Armada porque era
muy serio y nunca mostró mayor entusiasmo por la relación.
Yo tengo mis defectos, entre otros que soy impredecible. ¡Pero
imagíneme de compañera de alguien muy distinto de mí!.
Nació en Villavicencio y creció hasta los dieciocho años
en Santa Marta, ciudad que le enseñó a mirar en el mar un
horizonte sin barreras y sin obstáculos.
La frescura de alma de María Ángela y la sensación
de que la calma de Carlos era semejante a la del mar de Taganga, la llevaron
a arrancarle un beso al joven que en instantes se bajaría del carro.
Ocurrió a los quince días de nuestro encuentro en Andrés
Carne de Res, el 6 de enero, y con eso entendí que podía
volver a enamorarme.
Han pasado dos años y seis meses y para la tranquilidad de la pareja,
entre sus familias ha surgido la amistad. Vivimos en el mismo edificio
y me preocupa que un estudiante del colegio que vive en frente tenga la
idea de hablar en el plantel acerca de nuestra relación, dice
la profesora, que en lo demás está segura del hombre de veinte
años que es su novio. |
María
Ángela Sierra
y Carlos Andrés Santos
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Martha
Lucía Cardozo
y Juan Antonio Pérez.
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Martha
Lucía se volvió a enamorar
Fue la primera princesa del Reinado Nacional de la Belleza de 1972, y es
de las pocas mujeres hermosas que no incurren en el lugar común de
decir que la belleza es una carga. Todo lo contrario, con ella logré
que Juan me mirara en la primera noche en que salimos, dice Martha
Lucía Cardozo, una mujer espigada y de mirada de mar.
Comieron en un restaurante de Usaquén junto con la hija de Martha
Lucía que los presentó, pues el señor Juan Antonio
Pérez era el jefe de su novio. Se tomaron cuatro vinos, oyeron son
cubano y él la llevó a la casa. Durante el trayecto no le
podía quitar los ojos de encima y le pareció tan sincera y
chistosa que no tuvo tiempo de acordarse de la mujer con la que venía
saliendo desde hacía unos meses. No era nada especial, éramos
más amigos que cualquier otra cosa, explica Juan Antonio, que
en el lunes siguiente fue incapaz de pedir el teléfono de ella al
novio de la hija de Martha, que lo sorprendió con una pregunta: ¡Uy,
jefe, como que le gustó esa mujer!.
El patrón no dijo nada y supo de ella porque lo llamó al celular
el miércoles en la noche. Hablaron como tres minutos y él
recuerda que el jueves siguiente la llamó a la casa y ahí
si hablaron durante tres horas. Yo me fui a una finca en Altos de
Yerbabuena a pasar el fin de semana con unos amigos, pero no me aguanté
y le dije que me visitara, y esa noche bailaron salsa, rumbearon hasta
el otro día, ella tomó ron y él la hizo reír.
La reina, con un divorcio a cuestas y madre de tres hijos, y el comerciante,
divorciado y padre de un solo hijo, son los protagonistas de esta relación
que ha madurado día a día, noche a noche, como
les gusta decir. Llevan seis años y aunque viven en casas separadas
afirman que esa pequeña distancia los hace una pareja madura con
visos serios de adolescencia. No es muy expresiva y como buena santandereana
es poco romántica, pero expresa su cariño con su humor
a prueba de accidentes.
Y Martha Lucía reconoce que gracias a Juan Antonio pudo organizar
su vida, hacerla más emocionante y que si pudiera, a su edad, le
daría un hijo
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