yo soy conchita
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yo
soy conchita
Escritora
y periodista, durante cuatro anos Margarita posada escribió una
muy cruda columna de sexo, bajo el seudónimo de conchita. Ahora
ella misma revela su identidad y su intimidad y cuenta cuáles son
los secretos y las pasiones que más atraen a los hombres. Testimonio
para solitarios e iniciados...
Por Margarita Posada Fotos: Mauricio Vélez
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MARGARITA POSADA, EX CONCHITA.
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Son
las doce de la noche de un jueves. La música de los bares aledaños
a mi oficina comienza a desesperarnos a todos. Estamos en cierre. Lo estaremos
hasta entrada la madrugada. La puerta de mi oficina está cerrada
y oigo al editor general de SoHo pidiendo silencio para que Conchita culmine
al fin y entregue su columna. Inmediatamente se siente un silencio. Afuera,
todos parecen los empleados respetuosos de un motel en el que Marilyn Monroe
se masturba solitaria detrás de una puerta en la que está
mi oficina. Aprovecho el silencio para poner la última palabra como
si fuera el gemido de un orgasmo real y le aviso al editor que acabo de
mandársela por mail.
Por la puerta no sale Conchita sino Margarita Posada, una periodista cansada
y con ojeras que quiere irse ya a su casa. El nuevo redactor se entera de
que la columnista de sexo soy yo, y sorbe varias eses como si fuera un obrero
de los que piropean en la calle a las mujeres. Conchita le sonríe
a través de mí. Su sonrisa, sin embargo, parece más
una palmadita de consuelo en la espalda que cualquier otra cosa. Luego ella
y yo nos vamos a dormir juntas, muy juntas. A la mañana siguiente
me levanto sola. Vuelvo a oír a Conchita cuando, aprovechándose
de mi vida íntima, me pide que tome nota para su próxima columna.
Y sólo vuelve a habitarme en el mes siguiente, a media noche, cuando
es hora de una nueva entrega periodística.
Todo vuelve a la normalidad en el entretanto de cocinar una y otra columna.
Escribir sobre sexo es, literalmente, cocinar. Se necesitan dosis precisas
de cada ingrediente. La inteligencia femenina aplicada en ambas labores
es muy similar. Radica en decirles a los hombres lo que quieren oír
y en darles de comer, que en otras palabras es alimentarles la panza y el
ego. En esa premisa me basé siempre a la hora de escribir mi columna
de sexo. Muchas veces traicioné mi propia manera de pensar para buscar
un equilibrio en el que mis lectores sintieran que les daba palo pero que
también les daba crédito de vez en cuando. Otro ingrediente
fundamental: narrar una escena que se pudieran imaginar, porque todo nuestro
morbo, y especialmente el de los hombres, parte del vouyerismo. Igual que
con un buen plato, todo entra por los ojos. Así que lo que se pudiera
ver, era parte fundamental de mi receta. |
Que pareciera una receta
no quiere decir que fuera sencilla de escribir. Muchas veces me bloqueé
por completo porque llegaba a la conclusión de que el sexo es uno,
repetido y rutinario, con una que otra variación que nos hace creer
que siempre hay algo nuevo cuando en realidad es el espíritu el que
se renueva a través de una palabra prácticamente prohibida
en una columna de sexo: el amor. En momentos así, Conchita se apoderaba
de mis pensamientos y me sacudía con la ironía, que es uno
de mis móviles más poderosos para escribir. Mi único
fin, o el fin por el cual Conchita me convencía de escribir sobre
sexo, era burlarme de todo.
Por lo demás, olvidaba con facilidad que yo era Conchita y era capaz
de sostener una conversación entera sobre ella con el más
asiduo de sus lectores y hasta con el peor de sus críticos, sin alterarme.
Leía con atención, eso sí, todos los comentarios que
la gente enviaba por internet. Cuando las opiniones no eran sobre lo buena
o lo mala que estaba la columna –ni sobre si Conchita era un hombre
o una frígida–, sino sobre el tema mismo que Conchita ponía
sobre el tapete, era porque habíamos acertado. Siento decepcionar
a quienes pensaron que Conchita era un hombre, una frígida o un homosexual.
Espero que otros se alegren de constatar que en un cuerpo relativamente
armónico también puede haber una buena cantidad de materia
gris que además goza de buen sexo, aunque eso sea casi siempre una
excepción a la regla.
En mi columna escribí lo indecible, las palabras que sólo
pronuncio en la cama y las que ni siquiera diría en ninguna parte.
Aunque Conchita es un personaje ficticio, todas sus anécdotas fueron
elaboradas a partir de hechos de mi vida real. Yo soy de carne y hueso.
Conchita jamás abarcará todos mis miedos e inseguridades,
que son al fin y al cabo los que me hacen una mujer con el carácter
suficiente para poder reírme de mí y de los demás.
Ella es sólo una parte de toda la mujer que yo soy, con muchas más
aristas y contradicciones que la mordaz Conchita, a quien también
voy a extrañar. Por eso me hace ilusión que muchos hombres
tengan ahora la certeza de que Conchita vive en algún lugar de mí. |
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