El estudiante surcoreano de filología inglesa Cho Seung-Hui, autor de una reciente masacre en la Universidad Politécnica de Virginia, envió a la cadena de noticias NBC un video en el que afirma: “No tenía que hacer esto. Pude haberme ido, pude haber desaparecido. Pero no, no escaparé más. No es propio de mí. Por los niños, por los hermanos y hermanas que ustedes jodieron, lo hice por ellos… Cuando llegó el momento, lo hice. Tuve que hacerlo”. Y en un DVD con 27 archivos de video que duran más de diez minutos, insiste: “Han tenido cien billones de oportunidades y formas para evitar lo que sucedió hoy. Pero decidieron derramar mi sangre”. Y en las fotos, Cho Seung-Hui aparece con un arma apuntando a la cámara y después a su propia cabeza. ¿Por qué? ¿Por qué un estudiante inteligente y sensible decide un día irse en contra de todo aquel que se cruce en su camino? ¿Qué es lo que está pasando para que cada vez con mayor frecuencia se repita esta historia?
Uno de los mayores problemas que enfrenta en este momento la sociedad occidental es creer que la violencia viene de afuera, que se encuentra allá, al otro lado del muro, donde unos bárbaros o unos fanáticos religiosos están agazapados esperando para atacarnos. Basta pasar por cualquiera de los controles de seguridad de un aeropuerto internacional para percibir de inmediato el miedo, la paranoia general respecto de unos terroristas invisibles que se supone que están camuflados entre nosotros aguardando el momento oportuno para masacrarnos. Gran error. La violencia más efectiva y peligrosa está aquí, entre nosotros mismos, y precisamente por no saber detectarla, por no percibirla de manera correcta, por negarnos a hacer un examen de conciencia, es que está empezando a extenderse de manera indiscriminada.
Nuestro mayor peligro no es un posible ataque terrorista sino la violencia cotidiana que ejercemos sobre los otros: el racismo, la segregación, la violencia intrafamiliar, el desempleo, el estrés laboral, el clasismo, la arrogancia y la pedantería, el desprecio. Son miles las formas de micro-violencia que nuestra sociedad practica día a día sin el menor reparo. Sumado a ello está el hecho de que la apología del éxito y la presión que soportan los estudiantes y los empleados por ser triunfadores y adinerados es tal, que muchas veces les castran sus mayores habilidades y les impiden proponer nuevas formas de pensamiento.
Como si esto fuera poco, las autopistas de información, que en un principio nos dieron la impresión de que estábamos comunicados con el mundo entero, han empezado a presentar un proceso de reversibilidad, es decir, que a mayores posibilidades de comunicación, menos nos comunicamos y más encerrados y más solos estamos. Cuarenta millones de norteamericanos toman antidepresivos para poder enfrentar el día cada mañana. Los consultorios de los psicólogos y los psiquiatras no dan abasto.
Cientos de miles de ancianos europeos gastan sus pensiones jugando maquinitas en los casinos y después se encierran en sus apartamentos durante horas sin tener con quién hablar ni compartir. Miles de jóvenes adolescentes son adictos a los celulares y a Internet, y les cuesta trabajo socializar, relacionarse con los otros, conversar, abrazar, amar. ¿Y quién nos dice que pertenecemos a un sistema que es violento desde sus entrañas mismas? ¿Quién nos está dando una voz de alerta? ¿Cuándo aceptamos que nosotros mismos practicamos en nuestra cotidianidad estas formas de violencia y de crueldad?
Ésta es la razón por la cual muchos psiquiatras contemporáneos están empezando a hablar de Amok, palabra que según el tratado de psiquiatría del doctor Alfred M. Freedman se refiere a un ataque súbito de rabia salvaje en contra de un entorno agresivo que ha humillado o provocado con anterioridad al sujeto que lo padece. Inicialmente se detectó en los relatos épicos malayos del siglo XV, y más tarde, durante el siglo XIX, los viajeros ingleses dejaron testimonios de este extraño trastorno. El individuo afectado agarraba un cuchillo y empezaba a caminar en línea recta, hiriendo y asesinando a cuanto ser viviente hallara a su paso, tanto hombres como animales. También el escritor y biógrafo Stefan Zweig escribió un relato basado en este trastorno mental: Amok.
Hoy se considera esta conducta como una expresión ante ciertos tipos de situaciones agresivas y violentas por las cuales ha tenido que pasar previamente el sujeto afectado. Por eso psiquiatras como el doctor nicaragüense Petronio Delgado se inclinan ante la tesis de que se trata de un fenómeno antropológico-social más que de un problema de salud mental. ¿Qué significa esta nueva interpretación? Que la razón más íntima y secreta de este trastorno no está en una sicopatología individual, en el asesino y suicida, sino en su entorno, en la sociedad misma a la cual pertenece, en la comunidad que antes lo segrega, lo maltrata, lo pisotea, lo humilla, lo ridiculiza. Y entonces toda esa rabia represada explota y se manifiesta en una matanza generalizada.
En diciembre pasado se cumplieron veinte años de la masacre del restaurante Pozzetto en Bogotá, donde los colombianosasistimos por primera vez a un tipo de violencia distinto de la violencia que nos ha caracterizado, esto es, la violencia política cuyo origen está en los grupos armados situados por fuera del sistema. Campo Elías Delgado no era un guerrillero, ni un paramilitar, ni un sicario, ni un lugarteniente del narcotráfico. Los comentaristas se equivocan gravemente cuando no distinguen una violencia de la otra. Era un profesor de inglés que estudiaba educación con énfasis en literatura (un caso casi calcado del de Cho Seung-Hui), un hombre de letras que por esos meses estaba dedicado a un trabajo monográfico sobre el escritor inglés Robert Louis Stevenson y que soñaba, también como el estudiante surcoreano, con ser algún día un gran escritor. Como en Virginia, en el caso bogotano el asesino cumplió con un recorrido de muerte por distintos sitios y las autoridades se demoraron en relacionar los hechos. Y al final, después de haber eliminado a una treintena de personas, ambos literatos se llevan sus armas a la cabeza y se pegan un tiro.
El director de cine Andrés Baiz estrenará dentro de pocas semanas la película Satanás, en la cual precisamente se acerca a Campo Elías Delgado desde esta perspectiva: hay un entorno que presiona de mala manera al individuo hasta acorralarlo y casi obligarlo a responder en forma violenta. El mayor logro de la película, aparte de su excelente factura y de los actores sobresalientes que la integran, es el de diseccionar esta nueva sociedad y desenmascararla en sus raíces más crudas y brutales. La violencia preponderante en esta película es la violencia psíquica, invisible, soterrada, que da en el blanco de lo que nos está minando a todos en medio de un sistema injusto que privilegia a unos cuantos para segregar a muchos. Y entre esos muchos, cualquier día y en cualquier parte, Amok se presentará de manera contundente y se irá contra nosotros para vengar tanta humillación, tanto maltrato y tanto menosprecio. Y entonces será tarde. Muy tarde.
|
Satanás, la película
Uno se remueve inquieto en la butaca, y en la oscuridad se prepara para lo peor. La historia ya mostró una joven madre que asesinó a sus hijos, y una violación a manos de dos rufianes que hablan como personajes de Víctor Gaviria y se comportan peor que ellos, y después se produce la venganza y uno se remueve más y piensa hasta dónde nos afectará ese inevitable baño de sangre.
Pero el director y guionista Andrés Baiz –de apenas 32 años– hace una pausa, un respiro, un paréntesis, y uno siente la vuelta de tuerca cuando el personaje llega a casa de la alumna con quien lee y estudia Doctor Jekyll y Mr. Hyde, saluda a la madre, pregunta por la niña y se escucha, no se ve, la tráquea fracturada y luego aparece el cuerpo de la madre, piadosamente desgonzado. (El actor, el mexicano Damián Alcázar, que pertenece a la escuela de Al Pacino, apenas si hace gestos, apenas si se mueve, y en escenas como esa, la tensión va creciendo).
Ahí estalla todo, pero con un lenguaje contenido, una mesura que asombra, una delicadeza que se agradece, sin litros de sangre, sin escenas grotescas, sin cuerpos destrozados, sólo con la información visual que el espectador necesita para saber que ese hombre ya no está entre los vivos y, como dijo el psiquiatra Luis Carlos Restrepo al día siguiente de la masacre de Pozzetto el 4 de diciembre de 1986, no mató por haber ido a Vietnam sino al revés, fue a Vietnam dos vece
|
porque al revés, fue a Vietnam dos veces porque necesitaba matar y al regresar a Bogotá sintió que en ese diciembre ya no tenía remedio.
Entonces acuchilla a la niña; sale y asesina a su propia madre e incendia su apartamento; mata a las vecinas y se dirige al restaurante donde escenifica una de las peores páginas del crimen de Colombia, aquí de la mano del director Baiz dueño de todos sus recursos, sin exagerar, impecable, limpio, con una eficacia que desconcierta. Uno se agarra de la butaca y siente que está ante la película de un director llamado a una carrera brillante.
El estallido o Big crunch advertido por el escritor Mario Mendoza con su novela (intenten un experimento vital: leer simultáneamente el libro y el guión y ver la película para percibir la alquimia entre ambos creadores), en una Colombia destrozada por la violencia, la insania, la intolerancia y el mal, se halla entero en una película que se incubó en esa tarde de diciembre cuando Campo Elías Delgado buscó en los pasillos de la Universidad Javeriana al estudiante que quería ser escritor y no lo encontró. Durante estos años, Mendoza se ha preguntado qué quiso decirle el asesino. La respuesta la encontramos en esta película imprescindible, austera, significativa.
|