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  La poeta desnuda
 
     
  Al filo de los cien años, el pasado Miércoles Santo murió Matilde Espinosa, una de las mayores intelectuales y poetas de la historia nacional. Fue una mujer rebelde y la primera en posar desnuda para el pintor payanés Efraim Martínez, su esposo. Su nieto, el reconocido periodista Fernán Martínez Mahecha, traza en exclusiva el perfil de esta revolucionaria mujer.
   
     
 
 
 
Por Fernán Martínez Mahecha / Fotos: Mauricio Ánjel
 
     
 

Matilde Espinosa murió a los 97 pensando como si tuviera 40. A los 7 años era la única niña blanca en las montañas de Tierradentro, Cauca, que hacía sus muñecas con barro y hablaba en la lengua de los paeces .A los 16 se casó con un pintor catorce años mayor que ella, célebre y neurótico, que la sacó del río Páez al río Sena. A los 21 leía libros en francés, sentada desnuda mientras posaba para su marido. A los 23 se divorció cuando las demás esposas maltratadas de Popayán tenían que dormir con sus maridos por mandato social. A los 40 la conocían como la Camarada Ternura y le ayudaba a corregir a su esposo, un científico del derecho penal, tratados sobre la materia y discursos para Jorge Eliécer Gaitán.

A los 90 parecía que su cerebro, cara y cuerpo no hubieran nacido al mismo tiempo. Enterró a sus dos hijos y a sus seis hermanos mayores y menores,y con dieciséis libros de poemas se escapó de la cursi lírica y el sonsonete habitual de la poesía escrita por mujeres. Matilde Espinosa no era más que una enorme seductora con las palabras que decía y escribía. Oía el ruido de la locomotora social primero que los demás. Le dolía el dolor ajeno. Su papá, Luis Espinosa Salazar, la dejó huérfana a los diezaños cuando lo pateó en la barriga una mula en la que se fue a buscar un tesoro. Mientras tanto su mamá, Doña Josefa Fernández o Misiá Chepita como la conocían en las aulas e iglesias de los indígenas, criaba sola a sus siete hijos.Matilde nació en la vereda Huila del departamento del Cauca, a orillas del río Páez que significa anaranjado porque en él se reflejaban las nieves del volcán vecino. Anduvo con su madre maestra por las escuelas y montañas de Toez, Suin, China,Talaga, Cohetando, Mosoco, Calderas y Yaquiva, alfabetizando niños y niñas que tenían una desgracia doble en esa época, la de ser mujeres y además indígenas.

Misiá Chepita no sólo enseñaba a leer y escribir a los indígenas. También les hacía exámenes médicos, los ayudaba en los partos, les sacaba las muelas, y algunas veces le pedían que les bautizara los niños o les pusiera los santos óleos a los ancianos.Otros dos de sus hermanos también coronaron sus carreras de artistas: el pintor Jesús María Espinosa, fundador de la Escuela de Bellas Artes de Cali, y el músico Luis Carlos Espinosa, fundador del Conservatorio de la Universidad del Cauca.

El Espinosa de Matilde viene del mismo Espinosa de José María Espinosa de los Monteros, el abanderado y pintor de Simón Bolívar. El abuelo de Matilde Espinosa, Teófilo Rafael Espinosa Ibarra, era una especie de Leonardo da Vinci del Cauca: músico, pintor, escultor, orfebre, químico, caligrafista, inventor y gallero. La niña veía con asombro las gráficas de muchos libros incunables cuando se fue en una época a vivir en la casa-taller biblioteca de su abuelo en Santander de Quilichao.

En las montañas del Cauca por donde peleaba Quintín Lame, Matilde se subía en las rocas a cantar y recitar poemas o jugaba haciendo grutas en los árboles para guardar imágenes de la Virgen María que le daban los petaquilleros que pasaban de vez en cuando.

Desde que aprendió a hablar, la voz de Matilde gozaba de una sonoridad extraordinaria. Ella parecía haber sido creada para que fuera una monja de hospital, aunque demasiado bella para vestir hábitos o sencillamente para poder leer la intención debajo de cada línea de sus versos.

El pintor Efraim Martínez Zambrano, apasionado por las mujeres y su belleza, quedó fascinado cuando vio los dibujos de una doncella que un alumno suyo traía a su clase. Era Matilde, la hermana de Jesús María Espinosa.

Pidió su mano por cartas que enviaba a Tierradentro donde ella había regresado con su madre a buscar la jubilación de maestra. Se casaron por carta y a los pocos meses él se la llevó a París adonde el maestro regresaba a estudiar pintura. Efraim Martínez deslumbraba con su capacidad artística y vivía en la casona colonial de su padre en la hacienda Los Tejares, construida en 1660. Ahí pasó Matilde su noche de bodas entre paredes de adobe de ochenta centímetros de gordas y cuatro metros de altas y que ella definió como terrible.

Efraim Martínez era célebre, además de su arte, por el amor alos caballos finos y su temperamento explosivo. Pasaba largas jornadas pintando al maestro Guillermo Valencia en varias poses en su casona del Puente del Humilladero con otrasfiguras como Baldomero Sanín Cano.

No todo era pintura en esas largas jornadas en las que también se libaba y desfilaban bellas ñapangas y aristócratas casquivanas por los pasillos llenos de arcos de la casa más grandey bella de Popayán. En las paredes está colgada todavía una gran parte de la obra de Efraim Martínez.

Matilde se convirtió en su musa. Hasta con el vientre con nueve meses de embarazo la pintaba Efraim, y ella inmóvil, callada y sometida cumplía con su trabajo de esposa y modelo.

No había dinero. Las becas del Gobierno llegaban con mucho retraso, y los cuadros valían muy poco. A Matilde Espinosa los libros ya le habían picadosu cabeza y cuando llegó a París sabía de su historia y de un tal Balzac, Verlaine y Baudelaire. En dos años no sólo hablaba español y paez sino también francés suficiente para entender las misas diarias,hacer mercado y leer a trozos los escritores franceses con la ayuda de un diccionario bien usado. Cuando regresó a Popayán estaba más allá de los pañolones negros, los chismes de los portones y elinfierno grande de un pueblo pequeño.

Llegaron en barco a Buenaventura con sus dos hijos, Manolo y Fernando, y en la estación del tren de Popayán bajaron varias docenas de óleos deformatos grandes en los que la única modelo era Matilde Espinosa, como la sensual serie de desnudos llamada Tapices tropicales.

Matilde posó para 28 óleos de su marido y cada uno incluía una serie de lápices y bocetos y por consiguiente más horas de inmovilidad de la modelo. Muchas veces el pintor utilizaba la cámara de fotografía para hacer estudios de luz y rectificar composiciones. Martínez Zambrano pintó los colores de los atardeceres de Popayán, y robles, naranjos, ríos, trigales, borracheros, platanales y mucha naturaleza como fondo de sus desnudos femeninos simples o múltiples que aunque fueran de la misma modelo les iba cambiando rasgos de la cara y corpulencias. La Apoteosis a Popayán, monumental óleo en un lienzo entero de nueve metros de ancho por seis de alto representala historia y los personajes de Popayán desde la Conquista hasta Guillermo Valencia, amigo del pintor y autor del poema que inspiró el cuadro. Ahí, en el centro del cuadro, en el grupo de las madres estaba Matilde Espinosa con su hijo Fernando, pero el posterior despecho obligó al artista a cambiarle el rostro por el de Maruja Simonds, madre de Carlos Lemos Simonds.

A los siete años de casada, Matilde no soportó su infeliz vida matrimonial y abandonó con sus dos hijos la hacienda LosTejares, encomienda construida para los hijos del fundador de Popayán, Sebastián de Belalcázar, y donde vivieron también el sabio Francisco José de Caldas y otros payaneses ilustres antes que Ángel Custodio Martínez la comprara. Y Matilde salió de Popayán para Cali, más pobre que cuando se casó, pero más tranquila.

En la Ciudad Blanca el divorcio y el abandono del hogar por una mujer era motivo de excomunión religiosa, y aun peor, excomunión social. Ambas le importaban poco a Matilde comparadas con su libertad.

El pintor inició una persecución legal para quitarle los hijos. Mientras tanto ella, con todos los trucos de belleza femenina que había aprendido en París para alimentar su vanidad, montó un centro de estética para poder mantener a sus hijos y defenderse de un notable payanés que la perseguía. La ciudad criticaba a Matilde pero apoyaba al maestro, mientras que él iba trayendo sus 31 hijos naturales.

Llamado por el hermano Rafael Espinosa, apareció un joven abogado que deslumbraba por su capacidad profesional y de quien se dice que copiaba a mano los libros y los códigos de la Biblioteca de la Universidad del Cauca para poder estudiar. Este abogado inició la defensa de Matilde Espinosa y de paso se enamoró de ella, motivos suficientes para tumbar cada una de las peticionesy pretensiones del pintor enamorado y herido que quería arrebatarle sus hijos y encerrarla en una cárcel en caso de que no volviera. Eso era fácil por el poder del demandante y la época y la ciudad donde se ventilaba el caso. El joven abogado le desbarató los planes con sus alegatos e incendió las lenguas en la ciudad de paredes blancas. Ella terminó más censurada, pero verdaderamente enamorada y casada con su defensor que era Luis Carlos Pérez Velasco, el mismo que se convirtió en uno de los tratadistas de derecho penal más leídosy respetados de Colombia y a nivel internacional.

portadaabril03.jpg437 Matilde fue también la musa de este científico de la criminología. Fueron largas horas de encierro en la biblioteca de su primer apartamento de Teusaquillo, y los últimos cincuenta años en una hermosa casa de la calle más alta del barrio El Castillo donde el paisaje de Bogotá era el preferido desus compañeros de tertulias políticas y literarias como León de Greiff, Uribe White, Gerardo Molina, el Padre Arbeláez, Antonio García, López Narváez, Diego Montaña Cuéllar y el propio Gabriel García Márquez a quien el penalista defendió en el lío político que lo obligó a asilarse en México y a Álvaro Mutis a quien por un modesto precio sacó de la cárcel Lecumberrede México. Nadie recuerda dos casos que el abogado hubiera perdido en los estrados.

Y Matilde igual de bella y seductora, amiga de los espejos como aquellos que se formaban en los bebederos de las gallinas en Tierradentro donde su mamá Misiá Chepita le decía: “¿Qué es lo que se mira tanto?”. La Camarada Ternura le decían en las sedes de los partidos políticos de izquierda. La violencia que ya caminaba en Colombia la llevó a escribir su primer libro de poemas en 1949. La obra impresionó a creyentes y ateos de la poesía.

El rigor de los estudios en su convivencia con Pérez era extremo. Aunque hubiera whiskey, vinos y coñac, la disciplina era muy estricta. En las tardes, despuésde un almuerzo a las doce en punto, Pérez se tomaba un coñacen la misma copa enorme que nunca permitía que se lavara. Hacía una siesta y después cinco horas de lectura y estudio.

Tratados de derecho penal, defensas, doctrinas, ensayosy poemas salían de la misma máquina Rémington y se corregían mutuamente. Matilde editó el penúltimo discurso de Jorge Eliécer Gaitán escrito por Luis Carlos Pérez, quien les agradeció las líneas que le habían dado. El 9 de abril el humanista e izquierdista abogado fue perseguidoy después terminó preso mientras que Matilde sufría pensando en que los iban a tirar al Salto del Tequendama como se decía que hacían en esa época. Luis Carlos Pérezse convirtió en el defensor por la parte civil contra el Estado por la muerte de Gaitán. Y Matilde siempre al lado.

Cuando murió el maestro Martínez, a sus hijos les quedaron de herencia todos los cuadros en que aparecía Matilde como modelo. Ellos se los malvendieron a la Alcaldía de Popayán y a la Gobernación del Cauca. El resto de la obra está diseminado. La mayor colección latiene Ricardo Martínez Mahecha quien está escribiendo un minucioso libro sobre la obra de su abuelo Efraim, que sirve además como eje de referencia para la historia y genealogía de Popayán y el Cauca.

En el Museo Nacional hay tres cuadros de Efraim Martínez Zambrano. El más destacado se llama Monjas cantando, un desafío al blanco de los hábitos contra las paredes blancas de un convento donde hay unas monjas cantando al redededorde un piano.

Y Matilde, desplazada por las críticas payanesas, triunfó como escritora a nivel internacional. En su controvertida antología de la poesía colombiana, Enrique Uribe White la puso en la más alta cúspide de su pirámide de poetas colombianos junto con otros cinco poetas, entre ellos Guillermo Valencia, el amigo y mentor de su primer marido y quien nunca podía imaginar que esa mujer que huyó de Popayán con dos criaturas llegaría acompartir honores con él en la literatura colombiana.

Con Luis Carlos Pérez regresó varias veces a Europa y en mejores condiciones, pues eran invitados de gobiernos comunistas detrás de la Pared de Hierro. Estuvo en la Unión Soviética y en Estados Unidos hablando con políticos e intelectuales y degustando los mejores vodkas. También realizaba largas y conscientesvisitas a museos, hábito que aprendió al lado del artista en las grandes pinacotecas de Madrid y París. Fueron dieciséis libros. El último lo presentó hace dos años en Bogotá ante un grupo de admiradores de sus versos. Recibió muchas medallas y diplomas por su obra pero nunca envió poemas a concursos literarios.

No le gustaba revelar su verdadera edad ni recibía visitasimprovisadas de nadie sin que tuviera tiempo de arreglarse.No ocultaba su vanidad ni el amor a la vida. “No me gustamorirme”, repetía con frecuencia.

De risa fácil y graciosa, odiaba la televisión y amaba los periódicos y la radio. No hubo un solo día de su vida en que no leyera páginas de un libro. Si se cansaba hacía que su asistente o enfermeras le leyeran a Goethe, Allighieri, Shakespeare, Cervantes…Escarbando entre sus cositas, después de la muerte, encontramos poemas nuevos y varios libros bien leídos con los que ella tenía conversaciones, como la antología Poesía completa de su amado César Vallejo, que no son más que magníficos pensamientos y poemas escritos sobre los poemas del libro.

En minuciosa labor con su excelente letra y ortografía, ni la Biblia se salvó de sus diálogos y correcciones. Su alma de inconforme la llevaba a discutir con notas bellas y profundas con el autor principal y los secundarios del Libro Santo.

Pedacitos de poemas hallamos escondidos entre libros viejos, en los espaldares de los cuadros de los santos y en el dorso de la novena de José Gregorio Hernández y de El Capital de Carlos Marx.

Vivió entre dos mundos ideales, el socialismo y la religión. Buscaba con la poesía y sus actos una razón de la vida y sus injusticiasy algunas herramientas para ayudar a los demás.

De acuerdo con alguna conversación conmigo (a quien por amor me ascendió de nieto a hijo y yo por el mismo amor la ascendí de abuela a madre), sus cenizas serán arrojadas la mitad en las aguas del río Páez en el pueblito Huila donde nació y todavía se reflejan los volcanes, el mismo río que le servía de espejo para verse su carita hermosa cuando era la hijita de Misiá Chepita la maestra y Luis el guaquero, y la otra mitad en el río Sena de París donde nacieron sus hijos. Uno de ellos, Manolo, mi padre.

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