Están destruyendo a nuestro Simón Bolívar. Al Bolívar personal, casi íntimo, que cada uno de nosotros lleva en el corazón. Es como si se nos fuera desmoronando esa imagen de Padre de la Patria que aprendimos a querer porque desde muy chicos nos lo enseñaron como el hombre romántico, generoso, soñador, que sacrificó fortuna y vida para libertar a nuestras naciones. Ese Bolívar que empezamos a reconocer con su nariz aguileña en las cartillas escolares, de bronce de medio busto en las plazas de los pueblos, sobre su caballo Palomo en los parques de las ciudades, y que alguna vez miramos con asombro cuando lo vimos desnudo en Pereira, o victorioso frente al Capitolio Nacional de Bogotá, o gigantesco y de nuevo a caballo y de espaldas al Central Park y frente a la Avenida de las Américas en Nueva York.
Era la imagen de un padre que soñamos, un hombre real y de ficción, enamorado, amante de mujeres maravillosas, que escribió apasionadas cartas sobre política y amor, un hombre del imaginario pero igualmente humano, del que también supimos que alguna vez les declaró la guerra a muerte a los españoles y otra vez quiso convertirse en dictador. De aquel hombre que en el crepúsculo de su vida abandona la lluviosa Santa Fe, derrotado, pidiendo un pasaporte y una pensión mínima para vivir en Londres, lejos de las pasiones políticas arteras que bullían en la América que había libertado. De ese general que en su último viaje les regala, río Magdalena abajo, sus últimas monedas a las viudas y a las madres de los soldados que habían luchado y muerto a su lado por nuestra Independencia.
Y de pronto en este 2010 cuando nos aprestamos a conmemorar el bicentenario de nuestra Independencia, descubrimos que nos han cambiado o que nos están destruyendo a nuestro Simón Bolívar. Lo están usando como motivo y pretexto para toda clase de tropelías.
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El coronel Chávez de Venezuela y sus secuaces armados en Colombia y toda una burocracia estalinista continental manipulan el pensamiento de Bolívar, interpretan a su antojo sus escritos, ponen en su boca lo que nunca dijo, pintan grafittis con su perfil al lado de fusiles Kalashnikov, garabatean su nombre sobre boinas rojas y brazaletes tricolores. Nos lo quieren vender como si fuera un Che Guevara de hace dos siglos. Claro que hábilmente omiten que mediante una disposición del Congreso de Valencia fue desterrado de Venezuela para siempre y se prohibió que regresara a su patria “vivo o muerto”. También omiten que Carlos Marx, el padre del socialismo del siglo XIX –porque el del siglo XXI es el coronel Chávez–, se despachó en su época ferozmente contra Bolívar, en un ensayo plagado de errores garrafales.
Cada vez que vamos a Santa Marta procuramos visitar la hacienda de San Pedro Alejandrino donde
murió el Libertador. Nos impresiona la cama tan pequeña donde cupo un hombre tan grande. Nos conmueve el reloj de pared que hizo detener con su espada el jefe de la guardia a la misma hora en que murió Bolívar. Pero nos impresiona sobre todo su última proclama inscrita sobre la puerta de entrada de la casona. Es un texto breve y hermoso que termina con esta grandeza: “¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.
Ese es el Bolívar que nos enseñaron nuestros padres y profesores y que nosotros queremos seguir queriendo. No el falso Bolívar de Chávez y sus secuaces. De éste estamos cansados, mamados, como dicen los jóvenes.
Y no permitamos que el coronel exhume en Caracas su osamenta, como ha amenazado en varias oportunidades, para hacerle una especie de autopsia que compruebe que Bolívar no murió de tuberculosis sino que fue asesinado por los colombianos. Tenemos que luchar contra el falso Bolívar que nos quieren vender, porque si nos quedamos en silencio, vamos a terminar odiando, repudiando al Libertador. Ante tanta maldad, ante la pasión de los partidos y la amenaza –más real que imaginaria– de un ataque del coronel a Colombia, la pregunta es: ¿Estará Bolívar tranquilo en su sepulcro? ¿O más bien estará revolcándose en su tumba? |