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  El salvaje del triatlón
 
     
 

   
     
 
 
 
 
     
 



El bogotano Rodrigo Acevedo tiene las condiciones para ser un exitoso inversionista de la construcción. Se graduó de bachiller del Gimnasio Campestre de Bogotá, habla inglés como un anglosajón, tiene la gracia de los diplomáticos, no bebe ni fuma, cursa sexto semestre de arquitectura y posee la “pinta” de un modelo de Armani. Pero desde hace dos años el entrenamiento físico de un Rambo lo ha convertido en un salvaje del triatlón.

En noviembre se coronó campeón mundial de ese deporte sólo apto para personas con capacidades sobrehumanas. En el Campeonato Ironman 70,3 millas, categoría de 18 a 24 años, disputado en la ciudad de Clearwater de la Florida, Estados Unidos, la consistencia física y mental de Acevedo lo llevó a imponerse sobre otros 1.800 Rambos y sobre los vientos violentos que atravesaban el mar donde se cumplió la prueba de natación, y las carreteras de ciclismo y maratón.

Al igual que el bogotano, cerca de un millón de deportistas practican el triatlón. Los motiva ese aliento de supervivencia con el que se concibió desde la década de 1970, cuando lo crearan marines de Estados Unidos y el astronauta de la Nasa y militar norteamericano John Collins.

Ellos pensaron en agrupar en una misma competencia las tres arduas carreras hawaianas para definir al superhombre de los deportes. El ganador debía llegar de primero tras recorrer las tres largas distancias de la isla: en natación el Waikiki Rouhwater Swim de 38,62 kilómetros, en ciclismo el Around Oahu Bike Race de 180 kilómetros, y la Maratón de Honolulu de 42,195 kilómetros. El eslogan de la carrera marcó para siempre el espíritu de este deporte: Natación 2,4 millas, ciclismo 112 millas, trote 26,2 millas. ¡Alardeen por el resto de su vida!

A partir de entonces se han comprobado los beneficios para los triatletas. La mayoría son aficionados con deseos de lograr un cuerpo fitness bien tonificado, equilibrado en su masa muscular, y de fortalecer una capacidad elástica y cardiovascular. Y además hay competencias y una agenda de acuerdo con las aspiraciones de la persona. La Ironman suma un total de 225,8 kilómetros, el Triatlón de los Juegos Olímpicos 51,5 kilómetros y los Sprint 25,75 kilómetros.

Rodrigo Acevedo cayó en la cuenta de que este deporte le quedaba a su medida. Pese a ser en el colegio un excelente futbolista, tenista y patinador, al graduarse se hallaba estancado en los 1,65 metros. Era el segundo más bajito de la promoción de 2004. Intentó procedimientos médicos con embriones de pato para aumentar de talla. Se practicó extenuantes exámenes con especialistas para que le indicaran la talla definitiva. Y siguió dietas estrictas que garantizan el crecimiento. Pero apareció un médico que le dijo a Rodrigo que en su ADN estaba el gen de las alturas, y que por ende buscara una actividad que precipitara el desarrollo corporal.

Hoy tiene veinticuatro años y mide 1,83 metros, pesa 68 kilos y su cuerpo contiene sólo un diez por ciento de grasa. Ahora es el segundo más alto de aquella promoción. Buena parte de estas medidas las obtuvo gracias a un entrenamiento que –sin saberlo– se cimentó en las bases del triatlón.

Asegura que en este deporte la fortaleza mayor es el cerebro porque trabaja como un músculo motor. Para que rinda al máximo hay que enseñarle a resistir pruebas extremas, casi de vida o muerte. El entrenamiento mental de un triatleta se diferencia de otras disciplinas porque éste debe planear una estrategia particular para cada trayecto, y otra general para la competición completa.

El bogotano empezó a disciplinar su mente con sentido de sobreviviente al graduarse del colegio. Viajó durante seis meses por varias ciudades de los Estados Unidos, en las que se ganaba la vida vendiendo helados y en otras tareas que exigen una cierta aptitud para identificar las intenciones de otras personas con tan solo ver la manera de expresarse. En competencia, un gesto lo dice todo.

Regresó a Colombia para prestar el servicio de guardabosque en el Parque Nacional de Los Nevados. La actividad le introdujo la facultad de la plena concentración con ocupaciones que deben volverse mecánicas para solucionar problemas apremiantes como un incendio o una inundación. Y aprendió a sobrellevar las sensaciones de hambre, dolor y sueño durante caminatas de muchas horas y en ocasiones de días enteros. En triatlón, las sendas parecen no acabarse.

El ciclista

En la red de Internet se enteró de un grupo de “locos” de la bicicleta que recorrían el país. Se inscribió y anduvo por departamentos de geografías agrestes, por carreteras sin pavimentar o peligrosamente célebres por la densa neblina o las lluvias estrepitosas. Fue al Cabo de la Vela por difíciles trochas, entre ellas la de Landázuri, Santander. Después partió para la Amazonia ecuatoriana, meta intermedia de un trayecto total que culminó en un recorrido en kayac por el río Amazonas hasta Leticia. El último recorrido tuvo como destino el Parque del Cocuy porque quería desafíos más exigentes, con el ciclismo como prueba central.

El ciclismo es la fortaleza de Acevedo en el triatlón. Lo comprobó en la etapa ciclística del Ironman de 70,3 millas de Clearwater de noviembre pasado. En esa etapa se sobrepuso a la prueba de natación, que considera la que más problemas le causa; reposó los músculos de la espalda, descansó entre cada pedalazo y repotenció la mente y la capacidad respiratoria. En la etapa ciclística estaba exhausto después de veintiocho minutos de un mar de temperatura glacial que poco se movía. Montado en el sillín inició su vasto pistonear de piernas, tan admirado por técnicos y otros competidores. Al ponerse los tenis para la maratón, lideraba la carrera, que a la postre ganó.

El nadador

A medida que aprendía la técnica del ciclismo, Rodrigo Acevedo estudiaba la teoría de la natación. La Internet y su página Youtube le mostraron los ejercicios básicos que varían de las competencias en piscinas porque en triatlón se lleva a cabo en ríos, lagos o mares y las condiciones ambientales son imprevistas. La natación es –por ahora– lo que más se le dificulta, pero las prácticas bajo la atenta mirada de la inglesa Cristy Werllington, ex campeona del mundo, le han ayudado a “aceitar” los músculos y las articulaciones para ganar coordinación, evitar el cansancio exagerado y no perder tanto tiempo.

Mientras tanto suple las carencias de destreza con arranques primarios que lo catapultan al agua entre codazos y fuertes jalonazos de otros competidores. Con esa feroz decisión se lanzó al mar del Ironman 70,3 Millas de Hawai. Sus brazadas de náufrago lo dejaron en una cómoda posición para pelear el podio.

El maratonista


Rodrigo Acevedo nació con las piernas torcidas hacia adentro. La hiperactividad de correr y saltar desde las seis de la mañana corrigió la malformación. Por ello tiene una disposición corporal que asimila al poco tiempo nuevos movimientos. Con esta aptitud tan individual se ha vuelto un atleta de largo aliento, largas zancadas y brazos de molino de viento, cualidades únicas de los grandes maratonistas.

Cada año trota 3.500 kilómetros por vías y pistas solitarias, levemente perturbadas por el silbido de algun pájaro. “Cuando corro en entrenamiento o en competencia dejo de pensar y siento que me desaparezco. No percibo el dolor, olvido mis defectos y cualidades, y me dejo llevar por mis impulsos primarios”.

Comprendió lo que le sucedió en la etapa final del Ironman de Hawai. No llevaba reloj, a fin de evitar los controles de agentes externos que impiden la llegada a ese estado nirvánico que tanto le gusta. Iba de primero hasta el kilómetro 27 cuando sintió un batazo en las piernas. Paró en seco. Sin capacidad alguna de reacción, caminó unos pasos hasta completar “el kilómetro más lento de mi vida”. Se recuperó, se hidrató con bebidas energizantes, comió alimentos ricos en proteínas y carbohidratos y encendió el motor de su locomotora interior. Ganó la medalla de bronce.

Aquel frenazo fue consecuencia del ejercicio inmisericorde que se autoimpuso una semana antes de la largada. Había corrido siete veces la distancia del Ironman para ganar velocidad, en jornadas en las que a veces percibió que perdía la memoria, la vista o el aliento. “Soy un atleta de alto rendimiento que lucha hasta la última gota de sudor. No me importa morir”. Para Rodrigo Acevedo y otros miles de colegas, el triatlón es cuestión de vida o muerte.
 
 
     
 

 
 
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