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Cine
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Ciegos por el sexo y el cine
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Los abrazos rotos es el homenaje alegre y cínico de Pedro Almodóvar al género del melodrama. Una película nostálgica y personal que por cuarta vez lo reúne con su musa, Penélope Cruz, más frágil, humillada y desamparada que nunca.
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En 1980, Pedro Almodóvar tenía 31 años. Doce años atrás había escapado de la miseria de un pequeño pueblo de La Mancha, Calzada de Calatrava, para sobrevivir en Madrid vendiendo baratijas en el famoso mercado de las pulgas de El Rastro y trabajando como recepcionista en una empresa telefónica en la que recibía un pequeño sueldo que ahorraba en parte, hasta cuando pudo alcanzar el sueño de su vida, comprarse una cámara Súper 8. Con ella realizó algunos cortos que se convirtieron en símbolos del movimiento cultural, social y sexual de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta. La Movida Madrileña fue una bofetada a un país que se recuperaba de la pesadilla del generalísimo Francisco Franco.
Entonces a los 31 años sorprendió con su primer largo metraje, Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, que anticipó los personajes, las situaciones, la sexualidad, las perversiones, la violencia, las extravagancias, los desafueros, la histeria, el machismo y otros elementos que han sido una marca de la obra de uno de los realizadores más provocadores, transgresores y escandalosos de los últimos treinta años del cine internacional. Marca revestida del más profundo humor negro, el erotismo más explícito,
las conductas más libertarias y un sentido estupendo y alegre del ridículo, lo cursi, lo cotidiano, lo provinciano y lo hipócrita en medio de los dolores más desgarradores y la soledad más contagiosa y devoradora.
Las muchachas del montón que en 1980 consumen drogas, presencian o padecen violaciones, comparten todos los desafueros posibles, se enfrentan a los machos depredadores, son humilladas y cobran venganza mientras la vida parece no tener límites en una Madrid agonizante, son los antecedentes claros de la nueva película de Almodóvar, Los abrazos rotos, en la cual el espectador es llevado más allá del límite por un creador que conoce, como pocos, el lenguaje leve y comprometedor del melodrama, que en este caso gira alrededor de dos hombres obsesionados con el sexo de una delgada y hermosa mujer.
El cine de Almodóvar se caracteriza porque contempla los peores horrores de la naturaleza, las peores afrentas de los seres humanos, las situaciones más aberrantes y las reacciones menos previsibles que caben en el amor, el sexo, el odio o la soledad con una mirada tranquila, sin sobresaltos, como si nada lo sorprendiera, como si ya estuviera de regreso de todo, aun de lo peor, como la conducta de los personajes de Los abrazos rotos que los críticos españoles destrozaron pero que los críticos europeos y norteamericanos han aplaudido con entusiasmo. Así es el cine.
La mirada de Almodóvar no encierra reproche ni censura ni castigo ni advertencia por muy perversos que sean sus machos o muy destructoras sus hembras, y el sexo jamás es mirado como algo perverso, sucio, dañino o deplorable, ni la muerte como un fenómeno, ni la traición como una falta, ni los celos como una exageración, ni la violencia como algo reprimible, ni el odio como una excepción: su mirada es comprensiva y compasiva mientras nos conduce a través de su universo que inquieta a las buenas conciencias que en algunos casos rechazan las situaciones vividas y sufridas y expuestas en Volver, La mala educación, Hable con ella, Todo sobre mi madre, Carne trémula, La flor de mi secreto, Kika, Tacones lejanos, ¡Átame!, Mujeres al borde de un ataque de nervios, La ley del deseo, Matador, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, Entre tinieblas y Laberinto de pasiones.
Los abrazos rotos prueba que existe un síndrome de adicción hacia Almodóvar, aun con una película como ésta que no es fácil, que avanza, se detiene, retrocede, salta en el tiempo y el espacio, se contempla a sí misma, se analiza y critica, mira a sus personajes, los empuja, los tortura, los desdobla, prolonga su agonía y su felicidad y deja una desazón, una tristeza, una melancolía, unas carcajadas irreprimibles ante unos diálogos punzantes y brillantes (es inigualable el encuentro del joven asistente y su director mientras desarrollan el proyecto de los amores vampiros con toda su carnicería sexual), una adicción que se nutre con el espectáculo inteligente, humorístico y erótico de un director que se cita a sí mismo, que vuelve a contar historias propias y con sutileza nos guía por ese mundo perverso.
El cine dentro del cine: por eso el protagonista (interpretado por Lluis Homar) y el narrador de la película, Harry Caine (un nombre familiar), guionista ciego desde el accidente que sufrió catorce años atrás cuando era uno de los directores más exitosos con el nombre de Mateo Blanco, hace y deshace ese ovillo narrativo que envuelve también a su asistente (Blanca Portillo) quien lo ayuda a organizar su vida cotidiana, con un hijo convertido en ayudante de este guionista a quien los ojos perdidos no le hacen falta para ser feliz profesional y sexualmente.
En este auténtico melodrama, Caine guarda muchos secretos que poco a poco revela para que surjan otros personajes pintorescos, salvajes, dominados por el sexo y los celos, como el millonario convertido en productor (José Luis Gómez) y su joven amante lanzada como actriz, Lena (Penélope Cruz en su cuarta película con el director), y el hijo del productor que graba en video el rodaje de la película Chicas y maletas, inconclusa por el accidente y otras circunstancias violentas y que no sólo es el cine dentro del cine sino también la mirada que el personaje ciego se permite para seguir más vivo que nunca. Para comprender mejor la naturaleza melodramática de ésta y otras películas de Almodóvar, una referencia personal con el director. Estábamos en Los Ángeles con ocasión del estreno de Hable con ella, cuando sorpresivamente un asistente le pasó un celular. Almodóvar no habló. Escuchó tranquilamente lo que le decían del otro lado del Atlántico, mientras nadie se atrevía a moverse. El monólogo de la otra persona, acentuado con los gestos que el director hacía con la cabeza y los pies mientras miraba al otro lado de la avenida del hotel, se
extendió otros minutos y la impaciente tensión aumentaba en el salón.
Entonces Almodóvar dijo simplemente “Gracias”, cerró el celular, lo entregó al asistente, nos miró sin reflejar aparentemente la menor emoción y dijo en un susurro: “Mi madre se está muriendo”. Le respondimos que podíamos dejar esa conversación para después, “cuando volvamos a encontrarnos en San Sebastián” donde hemos coincidido tantas veces. Pero él nos miró largamente, negó con la cabeza y dijo: “Está en las manos de Dios, nada podemos hacer, mis hermanos están con ella”. Nos preguntó en qué tema estábamos. Le dijimos, todavía en susurros: “El melodrama”. Seguramente nos leyó el pensamiento, nos miró y dijo: “Claro, todo esto que estás presenciando, duele decirlo, es un auténtico melodrama”. En momentos dolorosos como ese, fue capaz de sonreír: “Siempre me preguntan de dónde saco la inspiración para el melodrama que domina mis películas, y siempre apelo al mismo ejemplo. Más que un género, es un verdadero espíritu melodramático. Por ejemplo, estoy en cualquier lugar y veo en un televisor a una señora que está diciendo: ‘Fulanito ha muerto’. Esa es la primera línea, la de la realidad directa. La segunda, la que yo quiero ver, tengo que escribirla. Entonces la presentadora diría: Fulanito ha muerto. Yo sé quién lo ha matado, porque lo he matado yo”.
Esas son las raíces del humor negro, la voracidad, las exageraciones, el sexo, la violencia, los celos, es decir, la vida cotidiana de todos los mortales, en Los abrazos rotos, que en su versión para video contiene nuevas escenas de Chicas y maletas, demenciales, sin freno alguno, como una muestra de lo peligroso o contagioso que puede ser el cine dentro del cine, aunque el guionista y director (¿Almodóvar?) sea un ciego que no necesita de los ojos para vivir.
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