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  No somos ladrones de agua
 
     
 

   
     
 
 
 
 
     
 
Todas las mañanas, desnudo, me acuerdo del coronel Hugo Chávez. Primero miro por la claraboya del baño y al ver arriba el cielo azul me doy cuenta de que continúa el hostil verano y que será otro día sin lluvias. Me imagino los ríos secos, los pueblos sedientos, las represas menguadas, el humo de las quemas, la tierra cuarteada…

Entonces pienso en lo único en que coincido con el coronel venezolano: hay que bañarse en tres minutos. Ya no abro como antes la llave de la ducha para esperar hasta cuando el agua salga caliente, lo que
demora casi un minuto. Entonces bajo el torrente de agua fría y en cuarenta segundos me pego la primera enjuagada. Sigue la tarea de la espuma del jabón. De inmediato la limpieza final, bajo el torrente de la ducha al tope. Cerca de dos minutos son suficientes, y sólo al final el agua demuda de tibia a caliente.

Perfecto, coronel, con tres minutos basta. Pero con una diferencia. Al contrario de su advertencia, y por el tan malsano clima político de Venezuela, usted sí queda todavía más hediondo, y más desquiciado, mientras que en Colombia quedamos impecablemente limpios. La sensualidad de una toalla italiana nos deja una aureola corporal como para levitar de la dicha.

Claro que esta sensata instrucción del coronel no proviene de su sabiduría cuartelaria. Es hija del fracaso de un país colosalmente rico, que nada en petróleo, que durante los últimos años ha sido gobernado por el coronel y que en estos momentos no tiene ni luz, ni agua, ni leche, ni siquiera papel higiénico. Pero bueno, en esta época de calentamiento global, cuando el verano de meses se torna cada vez más amenazante, esa admonición es algo que sirve. Como también sirve la sabiduría del profesor Antanas Mockus, quien nos recomendó orinar dos o tres veces antes de vaciar la cisterna del baño. Es algo feo, pero funciona.



De esta manera, atendiendo al militar y al profesor, nos hemos lanzado a una cruzada familiar para ahorrar agua. A tal punto hemos sido tan rigurosos, que hemos visto impasibles la agonía de nuestro pequeño jardín y desde hace más de dos meses no llevamos el auto al lavadero. Incluso regateamos para lavarnos las manos. Y no se trata de tacañería. Es susto y responsabilidad. Colombia, después de casi cuatro años de invierno, de lluvias que arrasaron pueblos y plantíos, en dos meses de verano ya está bajo la amenaza de la sequía criminal.

Dejamos correr el agua, no fuimos capaces de almacenarla, y los estragos están a la vista. Además, cerca de 700 municipios del país no cuentan con agua potable y la gente se muere de sed a orillas de ríos que aún tienen caudal.

La verdad es de a puño. En menos de treinta años, Colombia pasó de ser el tercer país más rico del mundo por sus reservas de aguas, a ocupar ahora un discreto número 23 en una lista que es fundamental
porque cada vez resulta más cierto que las próximas guerras no serán por oro o petróleo sino por agua.

La tala de bosques, la destrucción especialmente de los páramos para sembrar coca, y en general la depredación ecológica, están destruyendo todo el capital hídrico del país. Y a esto se suma la incapacidad del Estado para frenar la destrucción y por lo menos para construir represas y almacenar aguas y así dotar a los municipios de acueductos modernos y funcionales. Por fortuna, durante los últimos años ha ejercido muy bien su tarea una joven viceministra del Agua, la abogada y politóloga Leyla Rojas, cuya labor destacamos en la crónica El parto del agua que se publica en la presente edición.

Mientras tanto nosotros estamos haciendo nuestra tarea, bañándonos en tres minutos, viendo morir nuestro jardín, orinando tres veces antes de vaciar la taza, sin lavar el automóvil por más de dos meses... Hasta cuando la semana pasada nos llegó una visita de la Empresa de Acueducto de Bogotá. Con aspecto policial exigieron una minuciosa revisión exterior e interior, porque era muy sospechosa la baja de nuestro consumo de agua. Auscultaban el contador y nos miraban con desconfianza. No somos ladrones de agua, estúpidos, sino ahorradores de agua.
 
 
     
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