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EL mundial de fútbol
 
  El desafío africano
 
     
 
África juega de local en la próxima Copa del Mundo. Las seis selecciones del continente anfitrión que participarán en el campeonato se inspiran en la fuerza y el espíritu del líder sudafricano Nelson Mandela. Costa de Marfil y Ghana, candidatos al título.

   
     
 
 
 
 
     
 


Nelson Mandela llevó la Copa Mundial a África. En la prisión de Robben Island vivió durante 27 años el torneo a la manera de una ilusión liberadora. Él recuerda que “el único acceso a la Copa era por radio. La única satisfacción era el fútbol”. Se obsesionó tanto con la organización de un Mundial en Sudáfrica como con el fin del apartheid.

La noche en que Sudáfrica fue elegida sede del próximo Mundial –en la casa de la Fifa en Zúrich–, Mandela levantó la Copa y se aferró a ella como alguna vez lo hicieron Pelé y Maradona. Había sido el promotor de la idea y para tal fin se tomó una década de trámites y negociaciones. Para ello se valió del apoyo de personajes y estrellas como el actor egipcio Omar Sharif, la actriz Charlize Theron, el ex presidente sudafricano que acabó con la segregación racial, F. W. de Klerk, y el Premio Nobel de la Paz Desmound Tutu. La médula de la hazaña fue la especialidad de Mandela: la política sin violencia. Lo tenía sin cuidado que su sueño deportivo tuviera que aguardar un cuatrienio más –muy poco para alguien que esperó décadas para dormir junto a su esposa– porque perdió por una sutil maniobra de Franz Beckenbauer para que Alemania se llevara el honor.

El alemán utilizó su amplio poder intimidatorio apoyado en una larga y espesa trayectoria dentro y fuera de las canchas. Hasta la noche de la decisión definitiva, ésta iba empatada a once votos. Sólo faltaba el sufragio del neozelandés Charles Dempsey, representante de la Confederación de Oceanía. Llevaba el mandato de las federaciones de su zona de votar por Sudáfrica.

Pero el guiño del dirigente oceánico recayó en la organización germánica. Se generó una fuerte polémica porque se daba por descontado que el país africano albergaría el campeonato de 2006. Sereno y con la actitud propia de un viejo sabio, Mandela guardó sus palabras para el momento en que su país fuera el designado. “Al igual que este deporte nos generó esperanzas a los prisioneros, organizar esta Copa Mundial dará significado a esta esperanza”, dijo en Zúrich el 15 de mayo de 2004 tras recibir las felicitaciones del suizo Joseph Blatter, presidente de la Fifa.

Fue como armar un cubo mágico. Mandela se valió de su excelente gestión diplomática como presidente de Sudáfrica, con la cual recompuso relaciones con el resto del planeta. Apenas lo nombraron Premio Nobel de la Paz demostró que el deporte puede zanjar diferencias. Utilizó la infraestructura dejada por su país en los torneos que organizó y que a la postre ganó: el Mundial de Rugby 1995 y la Copa Africana de Naciones 1996. Aprovechó la preciosa imagen de Charlize Theron, a quien paseó por recepciones y homenajes. E hizo una verdadera oportunidad del revés sufrido cuatro años atrás, pues llevó a Joseph Blatter a imponer un sistema rotativo de continentes para elegir al país anfitrión.

La Fifa contra el apartheid

El otro candidato era Marruecos, postulado bajo el lema de ser puente entre Occidente y el mundo musulmán y una alternativa cercana a Europa. Contó con el apoyo incondicional de España, Francia y Turquía, los cuales querían aprovechar la cercanía geográfica para jugar de “locales”.

Pesó más el presente económico. Sudáfrica, que acapara el 25 por ciento del PIB africano, es potencia minera e industrial y en la Bolsa de Valores de Johannesburgo tiene la mayor del continente. Casi sin esfuerzo invirtió mil cien millones de dólares para la remodelación de cinco estadios y la reconstrucción de otros cinco. Hace dos años la partida presupuestaria se amplió en mil cien millones de dólares.

Un trozo de este nervio financiero descansa –quién lo creyera– en la labor de la Fifa y su plan de garrote y zanahoria. Suspendió en 1970 a la Federación Sudafricana que permitió la penetración del apartheid en el fútbol e impuso el absurdo de convocar selecciones de un solo color de piel. La eliminatoria del Mundial de Chile de 1962 la jugaron hombres blancos, y en la de México 1970 estuvieron los negros. En 1974 se readmitió de nuevo a Sudáfrica, pero se la expulsó dos años más tarde por la violencia brutal que padeció Soweto, área urbana de Johannesburgo.

Sólo con el fin del apartheid, Sudáfrica volvió a la competencia futbolística internacional. Entonces formó la Federación No Racista de Fútbol, que convocó a un equipo mixto de jugadores negros y blancos para enfrentar a Camerún, en ese entonces de moda por su papel en el Mundial de Italia de 1990. El seleccionado no racista ganó por la mínima diferencia.

Este próximo Mundial está repleto de símbolos y de hermosos sentimientos como ninguno otro celebrado hasta ahora. La mascota insigne es una alegoría de los dos rasgos descollantes del país. Se llama Zakumi y el significado de sus sílabas lo dice todo: Za es el código ISO para Sudáfrica y kumi evoca diez idiomas hablados en ese continente.

El balón será el modelo Jabulani, fabricado por la marca Adidas. Traduce celebrar en lengua zulú y tiene once colores representativos de los once jugadores de cada equipo, los once idiomas oficiales del país y las once comunidades que allí conviven. En otras palabras, una sola nación que rodará feliz en un balón.

Ahora sí, el fútbol

En el próximo Mundial se jugarán extraños partidos de un seleccionado contra un bloque continental, metáfora deportiva del mundo contemporáneo. Por ello gana fuerza entre los seleccionados ajenos a África la creencia de atajar como sea a los africanos. En el caso de que avancen a las rondas siguientes, tendrán el apoyo de 910 millones de telespectadores africanos aguijoneando el balón hasta el arco rival. África quiere alzarse con la Copa.

De algún modo el deporte rey equilibra las fuerzas. No podía ser que Sudáfrica fuera la locomotora económica de su continente, atravesara un período de esplendor cultural refrendado en distinciones artísticas e intelectuales de las más altas categorías y además agolpara la admiración de millones de turistas extranjeros.

En fútbol, Sudáfrica, el anfitrión, será de los equipos más débiles. Su factible fracaso sólo puede evitarlo el actual técnico, el brasilero Carlos Alberto Parreira. Los expertos lo bautizaron El Padre del Fútbol Conceptual al hacer campeón a Brasil en el Mundial de 1994 cuando apenas si se había clasificado por diferencia de goles. En Sudáfrica viene trabajándoles la moral a los jugadores y les exige preparación y abandono del miedo. Resalta la preparación mental que permite ganar partidos con tiempos adicionales y penaltis. Y con seguridad recurrirá a factores extraordinarios como las miles de trompetas de los hinchas locales que las hacen trinar incesantemente y estropean la concentración del rival.

Costa de Marfil tiene el perfil de los campeones. La figura máxima es el delantero Didier Drogba quien pronosticó que “Las semifinales caben perfectamente en nuestras posibilidades”. A los Elefantes –como los llaman– los avala el tener a varios jugadores que participan en las ligas europeas. La otra fortaleza es el técnico Vahid Halihodzic, bosnio y delantero de aquella admirada Yugoslavia de España 1982. La virtud del frío Halihodzic consiste en haber estabilizado el ánimo carnavalesco de sus dirigidos, que ahora saben mantenerse serenos en la cancha.

Un accidente hizo de Ghana una escuadra extremadamente joven pero también extremadamente experta. En la reciente Copa Africana de Naciones les ganaron al anfitrión Angola y a la siempre temible Nigeria. Ambos triunfos de Las Estrellas Negras –como les dicen– fueron producto de la alineación de varios hombres de menos de veinte años que obtuvieron el Mundial Juvenil de 2009 en reemplazo de algunos titulares indiscutidos que estaban lesionados, entre ellos Essien, Mensah, Kingston y Appiah. La gesta de los “bebés” ghaneses habría sido una proeza si no hubieran perdido la final ante Egipto. Con las
figuras recuperadas, en junio será el otro favorito africano.

Los Zorros del Desierto, como denominan a los jugadores de Argelia, alcanzaron el milagro de estar presentes en la cita de junio tras eliminar en un partido de repesca a Egipto, campeón de la última Copa de África. Argelia le rinde sumisión a su apodo con un estilo de juego de mañas, especulador hasta el desespero, pero efectivo en los instantes definitivos.

Las selecciones africanas más frágiles son las de los Leones de Camerún y las Águilas de Nigeria. Camerún replanteó todo el sistema táctico porque perdió los cuatro enfrentamientos iniciales de la ronda eliminatoria. El nombramiento del técnico francés Paul Le Guen –con recorrido en los clubes de Lyon y PSG de Francia y en el Rangers de Escocia– enderezó el camino y puso a “rugir” a los aguerridos camerunenses con seis victorias en línea para llegar galopando al Mundial. Samuel Eto´o, el delantero del Inter de Milán y ganador de absolutamente todo, sintetizó el presente de Camerún: “Hemos conseguido que la gente vuelva a creer en este equipo. Somos peligrosos porque tenemos una buena mezcla de experiencia y hemos aprendido a jugar juntos”.

Nigeria puede hacer el “oso”. Ya no se trata de ese ejército que disparaba fortísimos cañonazos y siempre ofrecía peligro en la portería contraria. Tampoco tienen el espectacular dominio de balón de Okocha o Amokachi, grandes revelaciones en el Mundial de Estados Unidos de 1994. De aquella camada sólo queda Nwankwo Kanu, a quien le detectaron un soplo en el corazón a los veinte años, pero que llegó a los treinta y cuatro con un brillante palmarés de títulos y goles. Tal es el tamaño del corazón de las Águilas de Nigeria.

En el próximo Mundial, la “Selección” más aguerrida es África, la que tiene el mejor juego de conjunto. Es el equipo a vencer.
 
 
     
 

 
 
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