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  Turismo en café
 
     
 
Los símbolos internacionales del grano colombiano continúan atrayendo millares de turistas extranjeros y nacionales hacia las bellas haciendas del Eje Cafetero. Los caficultores han sido capacitados para relatar los procesos del café con un sencillo lenguaje de vereda y rico en refranes de provincia. Nuevos sitios y nuevas sensaciones para disfrutar el viaje.

   
     
 
 
 
 
     
 


Millones de personas del exterior piensan que el Eje Cafetero es toda Colombia. Los norteamericanos y los
europeos creen ver un retrato del hombre colombiano en el campesino Juan Valdez, que por algo fue elegido en los Estados Unidos como el símbolo contemporáneo de máxima recordación. Los habitantes del Viejo Continente se topan de frente con la mirada de Valdez en los avisos del Tour de Francia y la Vuelta a España, las competencias de esquí sobre nieve y los torneos de tenis de la ATP.

También piensan que una parte de los colombianos se moviliza en legendarios Jeeps Willys (o Yipaos) repletos de bultos de alimentos y cajas de frutas y costalados de víveres. La otra mitad debe atravesar las ariscas topografías del país en mulas incapaces de retroceder un centímetro. Como seguramente siguen enamorados de Gaviota –la chapolera de la novela Café con aroma de mujer– deben considerar a las mujeres colombianas como hermosas cantantes, pero más que nada como “frenteras” y trabajadoras.

Supondrán que aquí la vida transcurre en haciendas de tejas de barro y paredes de bahareque o tapia pisada y balcones coloniales y jardines de orquídeas; casas con muchos años de existencia y perfumadas con el aroma del café, silenciosamente construidas con el esfuerzo cíclico de familias dedicadas a cultivar el grano del sabor más suave del mundo. Al fin y al cabo las revistas de viajes dedican minuciosos artículos acompañados de imágenes de colores sobre la “vivienda típica colombiana”. Y cuando vienen al país esos entusiastas del café, comprenden que Colombia no sólo es la Zona Cafetera y que no todos los colombianos usan sombrero y poncho y carriel y que tampoco todas las colombianas se la pasan entonando coplas a viva voz entre los cafetales, pero que sí existe una importante cultura repartida en más de un millón de hectáreas que le fija el sello diferenciador al país.

Y tal vez parados frente a alguna plantación vislumbran el orgullo de miles y miles de campesinos que aman y defienden el oficio del café. Los visitantes se maravillan con los relatos de los hijos y nietos de aquellos arrieros que junto con sus familias retaron la naturaleza. Varias décadas demoró la hazaña de domeñar la selva y convertirla en un lugar para la siembra y el arado. Esos aventureros dieron las primeras puntadas de la transformación que cambió el país para siempre. Como el traje que se usaba entonces exigía poncho y sombrero, en los sitios donde se asentaban se fueron inaugurando pequeños talleres de confección. Ese fue el nacimiento de nuestra industria. Al poco tiempo llegó la Iglesia, y su misión evangelizadora les imponía a los feligreses la siembra de una o varias matas de la rubiácea según el número de pecados confesados.

Casas generosas


De aquellos años, sólo las casas siguen intactas. Y mejor aun, el espíritu que las erigió. La raza emprendedora de antaño fue construyéndolas y ampliándolas según crecía la familia. Para diferenciar unas moradas de otras, las pintaban con tonos vivos. Cada apellido tenía una especie de color distintivo.

Y desde hace unos cuantos años, en medio de una crisis económica de la zona cafetera, esas casas se convirtieron en hermosas haciendas de hospedaje. Docenas y docenas de ellas fueron adaptadas como hoteles y hostales de cómodos alojamientos y precios razonables y con desayuno paisa incluido. Una vez el visitante descarga las maletas y se instala en su habitación y se pone ropa fresca para disfrutar la bondad de un clima de veinte grados centígrados, empieza a sentir la deliciosa atmósfera de esas haciendas centenarias que lo cautivaron en alguna revista de turismo.

Con toda seguridad le llegará a las manos una taza de café cerrero, de esas que desprenden un inolvidable aroma e invitan a la reflexión. Sin darse cuenta está viviendo la cultura del café. Y para conocerla y palparla mejor, puede realizar el nuevo turismo de descanso ecológico en las fincas cafeteras de Quindío, Risaralda y Caldas. Los caficultores han sido capacitados para relatar los procesos del café con un sencillo lenguaje de vereda y rico en refranes de provincia. Algunos de ellos son ya ancianos de más de setenta años y bigote grueso y canoso y piel café con leche. Eso sí, mantienen incólume el vigor de sus manos venosas con las que han sembrado, recolectado, beneficiado, lavado, secado y trillado millones y millones de granos. De estas tareas hablan con desprendimiento durante horas, y se valen de sus cultivos para explicar el nacimiento del grano y sus etapas sucesivas.

El segundo acto del viaje ocurre en monumentales industrias enclavadas en medio de la ondulante topografía vestida de verde cafeto y salpicada de flores multicolores. La especialidad de esas fábricas consiste en los ciclos de tueste, molido, mezcla y empaque del café. A ellas se puede ingresar sin costo alguno y además regalan souvenirs.

Una innovación que se percibe en el Eje Cafetero sucede en cafeterías y restaurantes de algunos municipios como Salento, Chinchiná y Santa Rosa de Cabal. Los menús contienen recetas diferentes de las clásicas de tinto, café con leche o capuchino. La lista se ha ampliado con las exóticas preparaciones frías, con licor, helados, granizados y malteadas. Ni hablar de los postres y las galletas.

De nuevo el viajero en la hacienda donde se hospeda y feliz de haber saboreado la cultura cafetera, con seguridad pedirá una taza más de café. Ya habrá ingerido varias, y con esta última reafirmará los beneficios de la bebida: se está renovando, con una plácida sensación de frescura en el cuerpo y la mente despierta. Ha caído en la cuenta de que el café es la medicina perfecta.

Lugares para visitar

* La finca El Agrado, del Comité de Cafeteros del Quindío, situada a veinte minutos de Armenia, ofrece una detallada muestra de la cadena de producción del café. Además tiene lugareños especializados en cata y preparación de la bebida, quienes comparten sus conocimientos con los visitantes.

* La fábrica de café Buendía, situada en Chinchiná,Caldas, es una excelente muestra de organización y desarrollo de la industria del café. La especialidad es el café liofilizado, que pertenece al género de los solubles.

* El Centro Nacional de Investigaciones de Café (Cenicafé) es el gran laboratorio colombiano de la bebida donde se generan las tecnologías apropiadas, competitivas y sostenibles para el bienestar de los caficultores colombianos. Está situado en Chinchiná, Caldas.

* El Recinto del Pensamiento Jaime Restrepo tiene hermosas y plácidas instalaciones en las que expertos en la cultura cafetera explican minuciosamente el pasado, el presente y el futuro del grano. Está situado a treinta minutos de Manizales.
 
 
     
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