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In memorian
 
  Mi hermana María Elvira
 
     
  Se ha dicho que con la muerte de Elvira Mendoza el periodismo colombiano está de luto.
   
     
 
 
 
 
     
 
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Periodista y editora lo fue siempre. Desde niña. Es una tradición familiar. Se ha dicho que poco faltó para que los Mendoza naciéramos en una imprenta. Alguna vez escribí que Soledad García, nuestra madre, dejó el recuerdo estremecido de nostalgia de una mujer de combate, joven, alegre y excepcional. A ella debemos que nuestro más remoto recuerdo haya sido el tecleo desvelado de una máquina de escribir en el silencio de la noche. Y cuando ese ruido se calló para siempre de manera prematura, quedamos, niños aún, a merced de un padre que tenía por la letra impresa una pasión devastadora.

Esa tradición familiar la recogió Elvira desde los ocho años de edad. Hacía periódicos que repartía por el barrio de Los Nogales. Y a los quince, con Josefina Lleras, dirigía las páginas femeninas del semanario Sábado. Su primera entrevista, con la declamadora argentina Berta Singerman, todavía la recuerda García Márquez.

Esa vocación la compartió con nosotros, sus hermanos, y la han proseguido sus hijos y sobrinos, y poco falta para que la continúen nuestros nietos. No es algo excepcional. Es una orgullosa tradición que han seguido los Santos, los Canos, los López, los Gómez, los Samper, los García Peña. Un rasgo de nuestra Colombia.

Elvira tuvo en nuestra familia un papel excepcional. Habiendo quedado huérfanos de madre muy niños, ella fue nuestra hermana madre. Desde niños hasta viejos. Con nosotros y con todos fue exigente, franca y generosa. Elegante, también. Con mucha clase. Incapaz de una mentira, de un cálculo, de una mezquindad. Es un valor que nunca debe perderse en un mundo en que a veces empieza a prosperar la mentira, el engaño o la cobardía.
Vital, sin permitirse nunca una dolencia, lo fue siempre. Y cuando una inesperada enfermedad –inesperada para ella y para nosotros sus familiares– la inmovilizó en una clínica, entendió que en esa condición de enferma no quería vivir. Se despidió tranquilamente de sus amigos llamándolos por teléfono. Y de nosotros, hijos, hermanos, sobrinos, en sus últimos momentos con una mirada.

Nos dio a entender lo que quería. “Vamos a pedirle a Dios que atienda tu deseo, el de irte, y no el nuestro de que sigas viviendo”. Y ella asintió. Fue nuestro último diálogo. Dios atendió su voluntad.

Se fue como vivió: elegantísima. Así me despedí de Elvira, la mujer, la amiga, la periodista, quien logró trascender con su estilo y glamour y la esbelta figura que mantuvo siempre. Delgada, de largas piernas y manos, con un ingenio que manejaba a su antojo como un abanico a mil revoluciones, activa y exigente…

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Elvira Mendoza con Óscar de la Renta yVicoria Puiq de Large Elvira Mendoza con la actirz Donna Read

Pertenezco a la generación que contó con la suerte de tener a Elvira como inspiración y maestra. Me enseñó, con mi mamá, a amar la moda. Fue mi maestra en mi primer trabajo y rompió más de una vez cada artículo que debía entregarle para la revista Cromos, de la cual fue también directora, sólo diciéndome: “¿Mi tía tocaba piano?, ¿qué es esto?”. Todo quedó en el pasado.

Inmóvil ya, por primera y última vez no estaba acelerada ni volando por instrumentos ni hablando a mil, como vivió siempre. Estaba sonriente, con esa sonrisa que mantuvo en las buenas y las malas cuando no soltaba una abierta carcajada. Y estaba impecable con su sastre Chanel de cuello de piel. Sólo no llevaba su cartera ni sus zapatos Ferragamo de siempre. (Si Elvira no tenía lo de la última colección, nada valía la pena). Y todo con el más espectacular sentido del humor. ¿Su aspiración en la vida? Si no hubiera tenido en la sangre tetero y tinta de impresión al mismo tiempo (a los cinco años hizo su primer periódico con los recortes que caían de las múltiples publicaciones que editaba su mamá Soledad), habría sido una mamboleta, una de esas mujeres que vestidas de lentejuelas, ojalá rojas, bailan mambo con las orquestas toda la noche: “¡Entretenidísimo!”, decía muerta de la risa.

Cambió todas las publicaciones que dirigió, como la revista Vanidades, su primer trabajo internacional, en la cual le dio cultura a la mujer, pues los escritores del boom latinoamericano eran su obsesión. La recibió con 200.000 ejemplares de circulación y la entregó años después ¡con 800.000! La volvió imprescindible no sólo en los salones de belleza sino también en los hogares y oficinas latinoamericanos, algo tan titánico como cuando su papá editaba la revista Sábado y la circulación era de cien mil ejemplares en una Bogotá de apenas quinientos mil habitantes. Sostuvo siempre que las leyendas de fotografías debían decir más que el artículo mismo; si no era así, era “¡la torta!”: lo peor que podía pasar.

Para Elvira Mendoza todo era la chiva, la noticia, como cuando logró la primicia mundial al perseguir al general Perón en Venezuela donde ella vivía con su marido y trabajaba en la revista Páginas: se instaló al otro lado de la puerta de donde se encontraba el personaje hasta que logró la entrevista. Siempre alcanzó imposibles. Fue una señora periodista, directora de distintos medios importantes como la revista Diners, la cual creó al lado del Bebé Martelo, y el Magazín Al Día, entre otros.

La moda fue su refugio. La conocía al pie de la letra y la llevaba con un estilo único e inconfundible. Fue, antes que nadie en Colombia, amiga de Halston, Oscar de la Renta y Carolina Herrera, y desde luego lucía sus modelos como nadie. Los diseñadores internacionales la reconocían y la respetaban. Siempre con sus sastres de marca y su broche característico, seguía los lineamientos de Madame Chanel. El corte de pelo perfecto, el maquillaje sobrio e impecable.

Sus manos, sus joyas, sus pañoletas y carteras… son recuerdos de Elvira la exigente, la perfeccionista, la visionaria, la periodista con olfato de detective y gabardina de marca. Y su sencillez, inolvidable.

 
     
 

 
 
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