
La historia se enseña de muchas maneras, según del color con el que la pinten. Bajo el régimen franquista los españoles de mi generación crecimos admirando a los descubridores –no los llamábamos conquistadores– y sufriendo sobre todo por el final del siglo XIX cuando una España deprimida perdió las últimas colonias. No aprendimos a apreciar la lucha por la liberación de los pueblos sino que lamentamos la ineptitud de los sucesivos gobiernos de nuestro país, derrochadores de un imperio donde “no se ponía el Sol”.
En aquellos años colegiales, Francisco de Pizarro era el héroe por excelencia, un hombre pobre que en busca de nuevos horizontes abandonó una población árida a cientos de kilómetros del mar y conquistó el Perú (pasó por Gorgona) con la escuálida compañía de otros doce valientes.
El demonio lo personificaba el pirata Francis Drake al servicio de la pérfida reina Isabel I de Inglaterra que nos rapiñaba en alta mar los tesoros que legítimamente nos correspondían. Los esfuerzos, pues, de los bravos descubridores se perdían por las artimañas de un Estado que no combatía de frente ni había hecho el mínimo esfuerzo por merecer sus botines.
Por supuesto que había algunas líneas para recordar los abusos cometidos contra los aborígenes, pero los describían como hechos aislados de unos pocos avaros que despreciaban la moderna y muy solidaria Ley de Indias de la reina Isabel la Católica, otro personaje que merecía nuestra admiración. La norma general nos indicaba que a diferencia de otros imperios como el británico, que maltrataron y fueron distantes con los habitantes de sus colonias, los españoles nos habíamos mezclado con los indígenas, prueba fehaciente de que la nuestra era una conquista humanizada.
Veíamos en Iberoamérica –el término Latinoamérica aún no había nacido– una región cercana y amiga, un destino común, separados tan sólo por un océano. Crecimos de espaldas a Europa mirando hacia el continente americano con nostalgia y aprecio fraternal.
La llegada de la democracia y sobre todo la entrada al Mercado Común en 1986 empezó a cambiar mentalidades y prioridades. |
Veíamos en Iberoamérica –el término Latinoamérica aún no había nacido– una región cercana y amiga, un destino común, separados tan sólo por un océano. Crecimos de espaldas a Europa mirando hacia el continente americano con nostalgia y aprecio fraternal.
La llegada de la democracia y sobre todo la entrada al Mercado Común en 1986 empezó a cambiar mentalidades y prioridades.
Europa adquirió relevancia y la América hispana pasó a un segundo plano, con vanos intentos de recuperarla con iniciativas como las Cumbres de Jefes de Estado y Gobierno que no dejaron de ser un club de amigos.
A pesar de las fuertes inversiones que han hecho empresas españolas en la región, hoy en día la Unión Europea es el marco preferente para los dirigentes políticos de la piel de toro, puesto que más de la mitad de las decisiones que adoptan los gobiernos de la eurozona vienen determinadas por Bruselas. Y el liderazgo que podría ejercer España en Latinoamérica, al igual que hace el Reino Unido o Francia en algunas de sus antiguas colonias, quedó eclipsado por Estados Unidos y por la congénita inutilidad española para ejercer una política exterior inteligente.
En todo caso, doscientos años después de lograr la independencia de la metrópoli, el balance no puede ser más desalentador. Colombia, al igual que América Latina, con la excepción de Chile y Brasil, sigue acumulando décadas perdidas, incapaz de dar un salto definitivo hacia el desarrollo sostenido y la modernidad, anclada en unas marcadas diferencias ideológicas que sólo consiguen retardar el progreso y alejar los vientos de unidad. La impresión es que da un paso hacia adelante, dos si hay suerte, pero enseguida viene otro o más, para atrás.
Uno de los males colombianos, a mi juicio, es que se habla más del pasado buscando culpables de tantas injusticias, que del futuro. Y el presente tampoco es alentador: corrupción, guerrilla, desnutrición, desplazamiento forzado, miseria, mafia, abuso de poder, inequidad, reforma agraria, términos todos del vocabulario cotidiano que no se han logrado superar.
Los proyectos de desarrollo nacen viejos, porque creer que un Transmilenio, un túnel que no termina de ver la luz o unas troncales intermitentes pondrán al país en la nueva era, es hacerse trampas en el solitario. No hay ideas que ilusionen, iniciativas revolucionarias que supongan un verdadero salto adelante por visionarias o inviables que parezcan.
En el bicentenario hay poco que celebrar, fuera de conmemorar la Independencia. |