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  Independencia y Libertad
 
     
 
Doscientos años después del 20 de Julio de 1810, Colombia aún no ha encontrado la paz plena con justicia y libertad.
El pintor Darío Ortiz recreó en esta alegoría la famosa obra La libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, en alusión a nuestros dos siglos de violencia sin tregua.

   
     
 
 
     
 
200 Años de Libertad

Colombia entra ya en las celebraciones de sus doscientos años de la Independencia. De 1810 a 2010 el país ha recorrido un camino de progreso aunque también de tragedia. La revista Diners se adelanta a esa conmemoración, con este especial temático que abarca la transformación económica, social y cultural de la nación en estos dos siglos, elaborado por Germán Hernández. Y el profesor Bustillo empieza con el 20 de julio:


En aquel día el procerato criollo, tan cuestionado después por algunos, hizo lo que le permitieron las circunstancias, secundado por el pueblo raso que a instancias de José María Carbonell inundó con especial porfía la Plaza Mayor de nuestra capital exigiendo la integración de una Junta Suprema que naciera como resultado del “¡Cabildo Abierto!” que a gritos y con airadas amenazas la multitud exigía minuto tras minuto.

La jornada, que comenzó por la mañana de ese viernes 20 de julio, día de mercado, como lo hemos escuchado desde niños, no había dado los resultados que esperaban los conspiradores que furtivamente se reunían bajo el amparo de la noche en la sede del Observatorio Astronómico que dirigía el sabio Francisco José de Caldas. Sólo el verbo del llamado Tribuno del Pueblo, don José Acevedo y Gómez, pudo galvanizar nuevamente los espíritus de los parroquianos que ya pasadas las cinco de la tarde se aprestaban a abandonar el inmenso recinto de la Plaza Mayor con las ganancias de las ventas o con el necesario sobrante de los productos expuestos (que llegado el caso remataban al mejor postor o incluso regalaban en los barrios circundantes). “Si perdéis estos momentos de efervescencia y calor; si dejáis escapar esta ocasión única y feliz…”, dijo Acevedo y Gómez, y continuó perorando como poseído de extraño numen patrio mientras las gentes, convocadas a somatén por las campanas de la vieja catedral, seguían desembocando en la plaza, ahora sí buscando precipitar las más importantes decisiones en un vívido y sentido ¡Ahora o nunca! que el momento imponía sin dilaciones.

Bien sabía el Tribuno del Pueblo lo que decía. Como criollo pensante e ilustrado, y conocedor como debió de serlo de la historia de España y de su monarquía absoluta, sabía a ciencia y paciencia que sólo el cadalso, las cadenas y los grillos como bien dijera– podían ser el destino inmediato de cuantos cuestionaran la autoridad real. No estaban lejanos los acontecimientos de aquel que quiso proclamarse inca en el extinguido imperio de esas latitudes del sur: José Gabriel Condorcanqui o Túpac Amaru. Ni lo estaban nuestros comuneros del Socorro de 1781 que tomaron el nombre como los del Paraguay en coetáneas épocas, de aquellos que quisieron enfrentar a nombre del fuerismo castellano y otros coterráneos suyos con los episodios de las conocidas Germanías Valencianas, al mismo emperador Carlos V –y que con Juan de Padilla a la cabeza, jefe de las comunidades castellanas, fueron derrotados en Villalar a pesar de que contaban, según decían, con la aquiescencia de la progenitora de tan augusto monarca, la propia Juana, ya “loca”–. Sin olvidar tampoco a Gonzalo Pizarro, el hermano de Francisco, que en el Perú o Nueva Castilla a mediados del 1500 se dio a la tentación de desafiar a la autoridad real representada por el presidente de la Audiencia, Pedro de Lagasca, y que fue derrotado en una batalla muy singular sin disparar un solo tiro, puesto que sus soldados impresionados por la demostración visible de los poderes seculares del monarca lo abandonaron y se pasaron en masa al bando de Su Alteza Serenísima. Esos hechos, aunados al del famoso Tirano Aguirre que llegó hasta notificar al mismo Felipe II, en una famosa epístola –para unos considerada la primera manifestación de independencia americana–, diciéndole: “Hemos salido de tu obediencia…”, debieron de cruzarse en franca desbanda y en segundos por la mente de quien sabía que la oportunidad que se presentaba al pueblo santafereño en aquella tarde del 20 de Julio era más que única, y que bien podía trocarse de feliz a infeliz dependiendo solamente de la decisión de perseverar en ella sin medir consecuencias.


Sin embargo, muchos se han preguntado acerca de si sería solamente el miedo a una represalia eficaz lo que hubiese podido contar una vez se traspasara la línea que aconsejaba la prudencia alimentada por centurias de indolente coloniaje, o si éste, que para los ilustrados del procerato podía ser sumamente alienante, no era apreciado ni sentido de esa manera por los incontables súbditos que desde el Virreinato de Nueva España o México hasta el Virreinato rioplatense –muy cerca de la Patagonia– tenía el monarca español, el cual en esos momentos se encontraba prisionero por parte del emperador Napoleón Bonaparte en algún lugar de Francia que en América se desconocía en ese momento.

Todo el pueblo español, como es bien sabido, demostró dos años antes, en 1808, “ser verdaderamente superior a sus dirigentes” rebelándose contra los pretendidos amos franceses que irónicamente en nombre de la libertad y la igualdad querían someter a España a sus designios. Se organizaron juntas en España y en toda la América de signo ibérico como conservadoras de los derechos del monarca prisionero. En cada ciudad española había una tal Junta Suprema, y en Hispanoamérica empezaron a organizarse en el mismo sentido: en Caracas, Quito, Buenos Aires, etcétera, y llegaron a existir muchísimas Supremas, aunque en últimas ninguna supremacía, en el decir del ilustre catedrático de Historia Constitucional doctor Luis Javier Moreno.

En medio de ese caos institucional se vislumbraba, sin embargo, una esperanza para los criollos americanos que fueron invitados a participar con una mínima representación y en cambio con una cuantiosa suma de dinero, en la causa de la independencia española tan asociada a sus dominios ultramarinos. El amor por el desgraciado y prisionero monarca se manifestó en todas las formas pero muchos vieron en esa desafortunada coyuntura de la monarquía española la oportunidad para hacer valer sus propios fueros e intereses económicos y su propia visión de la libertad, la autonomía y la justicia.

Tres documentos recogieron manifiestamente las aspiraciones de los grupos a que aludo, a saber: el de los liberales españoles en la Constitución de Cádiz de 1812, el de los bonapartistas y demás afrancesados en la Constitución de Bayona, también de esa época, y nuestra primera constitución, la de Cundinamarca de 1811 que establecía una monarquía constitucional con una regencia efectiva en nombre del monarca Fernando VII que en esos momentos empezó a ser denominado El Deseado, entre otras cosas porque era la única instancia sociológica y política centrípeta y la única garantía en una situación de suyo tan anárquica. De otro lado e igualmente también estaban los intereses muy tangibles de Inglaterra que se decidió a ayudar a España contra Napoleón olvidando momentáneamente que los españoles habían prestado valiosa ayuda a la independencia de las colonias norteamericanas por allá en 1766.

En consecuencia, y para lo que a la América hispana concernía, la adhesión al monarca prisionero era un hecho indiscutible que había que tener en cuenta. Recuérdese que hasta la propia revolución de nuestros comuneros en 1781 se hizo como la de Nithard y la de Esquilache en España al grito de “¡Viva el rey y abajo el mal gobierno!”. (Un dato curioso: Nithard, un valido de la reina Mariana de Austria, viuda de Fernando IV, prohibió las corridas de toros y hasta las riñas y peleas de gallos).

Bolívar, que conocía el alma popular tan bien como nadie, en la ciudad de Trujillo tuvo que hacerle frente sangrientamente al dilema de la visible adhesión al monarca y al coloniaje español de que hacían gala multitud de hispanoamericanos, y zanjó la cuestión con la célebre firma del decreto de Guerra a Muerte, única forma –así lo vio y entendió él– de abrir las fauces del abismo entre la tendencia liberatoria y la realista, para que los dos bandos quedasen plenamente dibujados
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“Te escribe la mano –le dice a Fany, su prima en París, desde la Quinta de San Pedro Alejandrino en Santa Marta, propiedad del generoso español Joaquín de Mier y Benítez– que firmó el decreto de Trujillo…”; la misma mano, agregaríamos nosotros, que un día le escribió a un connotado militar mencionándole los sobrehumanos esfuerzos que tuvo él mismo que llevar a cabo para “darle carácter internacional” a una guerra que en innúmeras ocasiones se asemejó más a un conflicto fratricida.

Estos y otros análogos pensamientos me asaltaron a las diez de la mañana del viernes 3 de julio de 2009 cuando me encontraba en la nutrida fila de un banco español en Bogotá esperando que a un cajero, heredero de los viejos chapetones, me llamara para cobrar mi mesada de horas cátedra y así continuar hablando mañana y hasta que Dios lo permita, aquello de que “era precisamente un viernes día de mercado cuando, con el pretexto de un agasajo a Antonio Villavicencio que venía de parte de la Junta Suprema reivindicadora de los derechos de Fernando VII pero era amigo de los criollos, un grupo de patriotas entre los que destacaban Pantaleón Santamaría y los señores Morales padre e hijo se dirigieron a la tienda del español González Llorente –hoy la Casa del Florero– para requerirle el préstamo de ese objeto para adornar la mesa del banquete con que pensaban agasajar a Don Antonio Villavicencio…”.

 
 
 
     
 

 
 
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