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  La conversión de los polacos
 
     
 
Con su integración a la Unión Europea, la nación más agredida alcanzó un anhelo de años: el derecho a la autonomía. El periodista colombiano Camilo Jiménez estuvo en Polonia y en una crónica de viaje describe para Diners qué es ser un miembro de esta particular nación.

   
     
 
Camilo Jiménez
 
     
 

 

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Pesadas, rechinando sobre sus bisagras, se arrastran las puertas del tren para abrirse con la violencia de un tremendo golpe de ala. Por los túneles de la estación subterránea, rumbo a las escaleras eléctricas, rumbo a la avenida más grande de la ciudad cuyo rugido se cuela por las rejillas de la ventilación, y rumbo a los edificios donde con el avance de los días y la bonanza las oficinas germinan impetuosamente, caminan a paso acelerado las personas. Sobre el travesaño de madera que soporta un pequeño puesto de venta de souvenirs resaltan las franjas, una blanca, una roja, de una banderita de papel que se bate por la fuerza del viento caliente que deja el paso de los trenes. He llegado a la Estación Central de Varsovia y descenderé de mi vagón con un único objetivo. Quiero comprender porqué el historiador francés Jules Michelet escribió, ya en el siglo XIX, que Polonia es “la más humana de las naciones del mundo”.

Cierro los tomos de historia que me han acompañado desde Berlín durante las seis horas de viaje. Tomo mi equipaje y me dirijo al umbral de la puerta del vagón, donde permanezco hasta que las masas de la mañana varsoviana ya no pululan por la edificación. He recordado, mientras tanto, el contenido de los libros. Como filminas se proyectan en mi mente los retratos de los episodios más sangrientos de la vida de más de mil años del pueblo polaco.

Agazapada entre las imágenes, veo a la muerte blandiendo alocada su hoz: En el siglo XIII, durante la invasión de los mongoles y la masacre que estos perpetraron tras la batalla de Legnica. En el siglo XIV, tras el arribo de los caballeros teutónicos a la ciudad de Danzig, la aniquilación de la población y la toma violenta de la región de Pomerania Oriental. En el siglo XVII, liderando las guerras contra los reinos de Suecia, Turquía y Moscovia. En el siglo xviii, revolcándose a carcajadas durante la ocupación total del país y su eliminación de los mapamundis tras de que Rusia, Prusia y Austria se dividieran entre ellos el territorio de la primera República de Polonia. Y en el siglo XX, abriéndole solemnemente el paso a la Primera Guerra Mundial, las Guerras de los Seis Bordes, la sanguinolenta batalla de Varsovia, la invasión nazi, el exterminio de los judíos polacos, los levantamientos contra el nazismo en el ghetto de Varsovia, la llegada del ejército rojo y el desplazamiento de millones ocasionado por la retaliación soviética.
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Resulta asombroso salir de la oscuridad subterránea de esta estación construida en tiempos del comunismo al brillo de la ciudad de Varsovia en estos tiempos de auge económico y progreso. Tomo un taxi y por las vías de una ciudad moderna me dirijo a un hotel. El itinerario que me ha organizado mi anfitrión incluye visitas al Sejm, a los majestuosos ministerios de la avenida Aleja Ujazdowski, a los grandes almacenes de la Aleja Armii Ludowej, a un restaurante típico en la histórica Plac Konstytucji, al Monumento al Ghetto de Varsovia, al último piso de la torre del Palacio de la Cultura, insignes lugares que reúnen la historia polaca y que, a la vez, representan la gran victoria de este país sobre su propio destino. Nunca, en más de un milenio de historia, esta nación ubicada en el corazón geográfico de Europa, sometida durante siglos a los vejámenes de sus vecinos y atravesada como por balas por las ignominias de la historia continental europea, disfrutó como hoy de su derecho a la autonomía.

Por lo menos en seis oportunidades el orden establecido en Polonia ha sido quebrado, ocasionando, cada vez, la desaparición de una comunidad política unida. Un hombre de corta estatura y gran elocuencia me explica en el interior de una oficina despojada de todo rasgo contemporáneo que los historiadores polacos han llamado “descorporeización” a los largos periodos en que a su país le fue usurpada la independencia. Entre los muebles de su despacho, desvencijados y corroídos por la humedad, se respira aún el aire pesado de la austeridad comunista de los ochenta. Ataviada con gestos de prestidigitador, la voz del académico Aleksander Smolar pasa revista sobre cada una de las “descorporeizaciones” de su nación. La primera, entre los siglos XII y XIV tras la fragmentación del reino de la dinastía Piast. La segunda, cuando en 1795 tuvieron lugar la deportación y abdicación del rey Estanislao Poniatovski, y la tripartición de Polonia borró al país de la faz de la tierra (años después, el historiador Ferdinand Lot describiría a Polonia “sumida en la tragedia de un mundo que no deseaba morir”). La tercera, decretada en 1814 en los salones del palacio vienés de Schönbrunn por los vencedores de Napoleón que “con el fin de respetar los derechos nacionales de sus ciudadanos” hicieron de Polonia tres comarcas esclavizadas, una colcha de retazos dependiente de las arbitrariedades de las potencias europeas. La cuarta, entre 1864 y la Primera Guerra Mundial, acaecida bajo la manta injuriosa de la ocupación de los zares rusos. La quinta, atizada por las idas del nazismo que marchó en las ciudades polacas, aniquiló a los ciudadanos judíos y sazonó allí, en el corazón de Europa, la gran carnicería de la Segunda Guerra Mundial. Y la sexta, instaurada con la inauguración en 1946 del Estado Polaco Unipartidista y la conversión de Polonia en un satélite más de la Unión Soviética, pernicioso astro solar del comunismo.

Llega la noche a Varsovia. La ciudad se ilumina. El rumor de los carros y las masas me acompaña por una amplia avenida hasta que en la Plaza de la Constitución entro en el Chlopskie Jadlo y me acomodo en una mesa en la que un grupo de polacos comen con su avidez rutinaria. No tarda uno de ellos en iniciar una conversación conmigo. Le pregunto qué es para él ser un polaco. Entre el olor a grasas y pimienta que invade el salón principal del restaurante dos camareros traen al hombro tres bandejas atiborradas de comida. Un plato típico de la cocina polaca llamado pierogi. Un guisado de cebolla, tomate, repollo, setas, páprika y puntas de filete, que se come con empanadas de harina de trigo. Deslizándose entre los mechones de las verduras cocidas que le cuelgan entre los dientes, las palabras de mi comensal me ilustran sobre los pilares del patriotismo polaco. Salgo del restaurante al aire frío de la calle. Intento comprender las historias que me han sido relatadas. “Al final de las ‘descorporeizaciones’, el nuevo orden que se erigía en Polonia debía muy poco a sus predecesores y siempre había que comenzar de nuevo, bajo nuevas condiciones y nuevos liderazgos”, había sido el mensaje de mi interlocutor. Sigo mi camino por los vericuetos de la ciudad vieja de Varsovia. Desandando los kilómetros que anduve para llegar al restaurante y conversar con quien me daría una pista hacia los secretos de la persistente cultura de los polacos. Caminé y caminé recordando las palabras empapadas de vodka del polaco en el Chlopskie Jadlo: “los que se quedaban en el país devastado y lo reconstruían, esos, poco a poco, se fueron convirtiendo en los polacos”
 
     
 

 
 
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