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Kapax, el gran señor de los ríos y las selvas de Colombia, para este reportaje no quiso hablar desde su cetro de héroe de dos generaciones. Prefirió hacerlo como Alberto Lesmes, su nombre de pila; como otro colombiano intranquilo y triste por la realidad de la región del Amazonas.
Kapax está en reposo. Están guardados la pantaloneta, el cuchillo y los collares de hilo: el atuendo completo que usó para atravesar brazada a brazada el Magdalena hace tres décadas a fin de mostrarles a los colombianos la importancia económica, ecológica y social del río madre. Hoy habla la profunda voz de un abuelo de sesenta años que sólo sería Kapax de nuevo para volver a nadar en el Magdalena de extremo a extremo, o la cuenca del río Amazonas para tatuar en la conciencia de los niños y jóvenes de cada municipio ribereño una frase simple y definitiva: “Quien ama el río, lo protege”.
Recuerda que hace veinte años el Amazonas era navegable porque había canal y profundidad y eran mínimas las posibilidades de inundaciones bíblicas de kilómetros y kilómetros de selvas aledañas, como ahora suele suceder de abril a junio. Pero también le inquietan los meses de julio a noviembre cuando se sedimentan los ríos, hay sequía y son sorprendidos los habitantes, la flora y la fauna de la región con temperaturas que llegan hasta cuarenta grados centígrados.
El cuadro de la Amazonia colombiana es tan sólo un retazo de ese preocupante rompecabezas verde compuesto por siete millones de kilómetros cuadrados de exuberante flora y fauna que se riegan a lo largo de ocho países de Suramérica. A Colombia le corresponden un poco más de cuatrocientos mil kilómetros cuadrados de Amazonia en ocho departamentos, o sea treinta y cinco por ciento del territorio nacional, y como ocurre en Brasil o Perú, para citar dos ejemplos, pueden convertirse en bosque seco de sabana y con ello incrementar el calentamiento global y el número anual de tragedias ecológicas. Algunos expertos creen que en el 2050, el cuarenta por ciento de los bosques amazónicos de Suramérica dejarán de existir, y aumentará la temperatura más de doce grados.
Los héroes somos todos
Una de las esperanzas de futuro está en el ecoturismo porque motiva a las comunidades indígenas a “desarrollar productos y servicios; no se resiente el entorno ambiental y protege las especies de flora y los animales”. De estos últimos, Lesmes tiene un aciago recuerdo: hace unos años comandaba una expedición y de pronto observaron, a treinta metros de distancia, un tigre grande e intimidante, que al ver a los turistas salió despavorido selva adentro. “El instinto de conservación de los animales salvajes les enseñó a protegerse de la mano del hombre”.
El Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas, Sinchi, propone el desarrollo sostenible como único modelo de impulso social y económico de la cuenca. Luz Marina Mantilla, directora del instituto, explica que es posible la explotación de la Amazonia colombiana siempre y cuando no se obligue a la tierra a producir frutos, especias y alimentos distintos de los endémicos de la región. “Sinchi ha planteado la aplicación de sistemas agroforestales, silvopastoriles y de enriquecimiento forestal de acuerdo con las características de cada comunidad y las condiciones morfológicas de cada región”, dice. En el municipio de Inírida, departamento del Guainía, desde el año 2000 se viene ejecutando el proyecto de arreglos forestales que cuentan con el apoyo del Gobierno y que tienen en cuenta el hábitat de la comunidad y el contexto ambiental. El programa impulsó la adecuación de parcelas de una hectárea en fincas de colonos con su participación directa. Así, los paladares exquisitos de capitales como Bogotá, Medellín y Barranquilla han encontrado en los frutos del copoazú, el anón amazónico y la uva caimarona, excelentes ingredientes para lograr sabores nuevos y originales.
Otra muestra de desarrollo sostenible es el programa de ecoturismo del Guaviare. Con una riqueza hídrica excepcional, por allí desfilan los ríos Guaviare e Inírida. Los paraísos del Guaviare van desde selvas y llanuras aluviales hasta parajes tachonados de gigantescas moles de rocas escarpadas cuyo tamaño es semejante a las del Gran Cañón estadounidense; forman el 51 por ciento de la reserva forestal amazónica y son una posibilidad real de crecimiento económico para los campesinos e indígenas y las poblaciones apartadas de San José del Guaviare, capital del departamento.
Un enemigo acérrimo de la Amazonia es la deforestación. “Aquí la tala de bosques ha disminuido. No sucede lo mismo en Iquitos, Perú, ni en la ribera del río Yadori de Brasil”, se queja Lesmes, que además acusa a algunos países vecinos donde la extracción indiscriminada de maderas es motor de crecimiento e ingresos. “Lo que tal vez no saben es que el crecimiento de un nuevo bosque tarda décadas y décadas”.
El cultivo de cocaína, que exige brutales procesos de deforestación, no se mide allí exclusivamente en términos de hectáreas o kilómetros cuadrados afectados. El refinamiento de la hoja del alcaloide ocasiona profundos daños ambientales a causa de los desechos de químicos tóxicos utilizados en el procesamiento. Un estudio de la OEA demostró que la producción de un kilogramo de cocaína requiere el uso de tres litros de ácido sulfúrico concentrado, diez kilogramos de cal, de sesenta a ochenta litros de queroseno, doscientos gramos de permanganato de potasio y un litro de amoniaco concentrado, cuyos residuos por lo general son arrojados a las quebradas y ríos más cercanos. Putumayo y Caquetá son los departamentos más afectados, y en el Putumayo especialmente el área fronteriza con Ecuador.
Vuelve Kapax
El mundo está enfermo. Muy enfermo. Y lo del Amazonas es comparable con la situación de un paciente crónico que padece recaídas con cierta frecuencia. Pero aún hay tiempo para detener las conductas irresponsables del hombre, entre ellas la tala de árboles, “culpable de eliminar la humedad de nuestras selvas y de aumentar el riesgo de continuos incendios”, explica Lesmes.
Vale la pena el esfuerzo. Mal que bien el verde continuo del Amazonas contiene el veinte por ciento del agua dulce del planeta y es el eje de estabilización climática y la fuente de energía boscosa de Suramérica. Dispuesto a lucir otra vez el atuendo de nadador capaz de surcar los ríos más briosos del país, Alberto Lesmes está listo para ser de nuevo Kapax y demostrarles a los niños colombianos de los municipios ribereños del río Magdalena y la cuenca amazónica que “la gran fuente de la vida es el agua y que un río sano es el mejor amigo”. Si lo dice Kapax, que es mitad pez y mitad hombre, hay que creerle.
El Darién
En la selva del Darién el panorama es alentador. Considerada una de las despensas de materias para la industria farmacológica mundial, pues cuenta con el diez por ciento de la biodiversidad del planeta, la región del Darién goza de protección legal, institucional y gubernamental de los gobiernos de Colombia y de Panamá que han buscado instaurar políticas de común acuerdo para impulsar el desarrollo. En la parte colombiana la declaración de la Unesco del Parque Nacional Katíos como Patrimonio Natural de la Humanidad ha protegido los 72.000 kilómetros cuadrados que lo componen. Los 572.000 kilómetros que corresponden al área panameña fueron elevados a Reserva de la Biosfera. El lunar ambiental es la extracción indiscriminada de recursos maderables y la conversión sistematizada de bosques húmedos en pastizales y tierras para ganado. Programas de desarrollo turístico, el proyecto de construcción de la carretera Panamericana, la interconexión eléctrica con Panamá, gasoductos, explotaciones mineras y cultivos de palma africana, también son señalados como riesgosos por organizaciones ambientalistas. Pero el Darién está ahí como reserva del mundo para mitigar los daños del calentamiento global.
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