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Especial
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El arte y la cultura
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En los últimos 200 años los artistas y escritores han dejado testimonio de la evolución de esta nación cuyos habitantes, como lo dijo Simón Bolívar, “no son ni indios ni europeos”.
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El arte
En el morral de campaña de un soldado hecho prisionero en la batalla de La Cuchilla del Tambo las tropas españolas debieron de haber encontrado una caja de lápices al lado de los aparejos de guerra. Tal vez la sorpresa del enemigo no habría sido tanta si hubiera sabido que ese alférez que luchaba por la Independencia en el ejército de Antonio Nariño mantenía aquella vocación artística desde los catorce años. José María del Rosario Joaquín Custodio Remigio Espinosa, abreviado José María Espinosa, realizó sus primeros bocetos durante el servicio militar y luego, en 1850, acabó pintando cuadros al óleo en los que retrataba una a una las ocho contiendas en las que participó.
Podría decirse que con Espinosa se liberó el arte en la Independencia. Él escapó de milagro al pelotón de fusilamiento, y después de aprender técnicas con los indígenas en la clandestinidad se convirtió en el pintor del Libertador Simón Bolívar en el nacimiento de la República. Hoy se conocen 520 obras de este dibujante, grabador y caricaturista cuyos cuadros históricos heredaron la influencia de los pintores viajeros del siglo XIX como el barón Antonio Gross, Albert Berg y Frederich Edwin Church.
El paisajismo, los héroes y las batallas de la Independencia, los retratos y el arte religioso dominaron las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX en Colombia. Los máximos representantes fueron Epifanio Garay, Francisco Antonio Cano, Ricardo Acevedo Bernal, Pantaleón Mendoza, Inés Acevedo y Blanca Sinisterra. De esa misma época es un pintor bogotano insular, Andrés de Santa María (1860-1945), uno de los más importantes del arte colombiano, cuyos estudios en Europa lo convirtieron en moderno, vanguardista e innovador en el país con sus retratos impresionistas (su impresionismo fue el primer ismo artístico en Colombia) que solían desilusionar a los retratados que esperaban fidelidad fotográfica y se encontraban con su otro yo.
Santa Rosa de Lima, Fernando Botero, 1977.
En la Guerra de los Mil Días curiosamente también hubo un soldado artista: el coronel Peregrino Rivera Arce, que se inició como grabador y terminó como soldadoartista en el más sangriento conflicto que ha sufrido Colombia.
Andrés de Santa María, Luis de Llanos y Enrique Recio Gil influyeron en una nueva generación de paisajistas que fueron sus alumnos en la Escuela Nacional de Bellas Artes fundada en abril de 1886 y dirigida por don Alberto Urdaneta (fundador de El Papel Periódico Ilustrado). A esa tendencia se la llamó Escuela de la Sabana y a ella pertenecieron, entre otros, Roberto Páramo, Jesús María Zamora, Luis Núñez Borda, Alfonso González Camargo, Eugenio Zerda, Miguel Díaz Vargas y Ricardo Gómez Campuzano, maestro de la luz, que había estudiado también en España y fue uno de los más prolíficos y versátiles pintores de su tiempo.
Los artistas de los años treinta exploraron territorios desconocidos en el nuevo país: murales, esculturas y óleos con temas populares, políticos y religiosos, y por primera vez se vieron obras con prostitutas o mineros. Nombres como Luis Alberto Acuña, Sergio Trujillo Magnenat, Carlos Correa, Gonzalo Ariza, Ramón Barba, José Domingo Rodríguez, Gustavo Arcila Uribe, Rómulo Rozo y Pedro Nel Gómez empezaron a hacerse conocidos en Bogotá y Medellín, dos centros de la bohemia y la protesta. Y una antioqueña misteriosa y callada pintaba mujeres inverosímiles y tristes: Débora Arango.
Pero ese grupo tuvo una oportunidad que hasta aquel momento nadie había tenido: exponer su obra en 1931 cuando el Ministerio de Educación Nacional inauguró el I Salón Nacional de Artistas en el Parque de la Independencia de Bogotá. Los años de gobierno liberal cambiaron la forma de tratar a los artistas, y floreció un arte moderno, con una estética definida. Frutos que se recogió de esa época son obras como Pescadores del Magdalena de Alipio Jaramillo, El camión rojo de Alejandro Obregón, Conservadoras de Gonzalo Ariza y Manuela Beltrán, escultura de Ramón Barba.
Las cosas cambiaron en 1946 al subir al poder el Partido Conservador. Los Salones de Artistas fueron suspendidos pero los creadores independientes miraron hacia los hechos históricos. El 9 de abril de 1948 está pintado para siempre en las obras Masacre- 10 de abril de Alejandro Obregón, 9 de abril de Alipio Jaramillo y Tranvía incendiado de Enrique Grau.
El arte abstracto irrumpió de la mano de Guillermo Wiedemann y Eduardo Ramírez Villamizar, y en 1950 cuando se reabrieron los Salones Nacionales empezó el boom de las galerías: la de arte de los sótanos de la Avenida Jiménez, la Central, la de Juan Friede, la Galería El Callejón, la Buchholz…
La creatividad comenzó a “desentrabarse” en la década de 1960 con la apertura en 1962 del Museo de Arte Moderno (MAM), gracias a Marta Traba. El arte de vanguardia mostró nuevas técnicas y nació el más innovador de todos: el del pintor Fernando Botero, que en ese museo presentó su primera exposición y que hoy es el más universal e importante pintor vivo de Colombia.
A su lado, la fiebre del pop art se tomó a Colombia de la mano de artistas como Santiago Cárdenas, y al mismo tiempo la escultura conceptual floreció con Édgar Negret, Eduardo Ramírez Villamizar y Feliza Burtzstyn.
En los años setenta la abstracción continuó su camino sicodélico, con nuevos prototipos como los del artista español Juan Antonio Roda –famoso por su obra El delirio de las monjas muertas, triunfadora en la Bienal de São Paulo de 1978–, así como la alucinante creatividad de Luis Caballero, Omar Rayo, Beatriz González, David Manzur y Juan Cárdenas. A finales de esa década aparecieron el realismo fotográfico y el erotismo, cuyos más grandes abanderados son María de la Paz Jaramillo, Óscar Núñez y Ever Astudillo.
En los años ochenta nació una nueva corriente, propia e indefinible y surgida en la afanosa búsqueda de algo
original, que se nota en las obras de Antonio Caro, Miguel Ángel Rojas, Jim Amaral... Fue también la hora de las instalaciones y los performance, cuyos pioneros fueron José Alejandro Restrepo y María Teresa Hincapié. Después la pintura con materiales naturales, obras hechas de desechos y muebles reciclados fueron la estructura de las propuestas artísticas de la última década del siglo XX, en la que se destacan Consuelo Gómez, Doris Salcedo, Hugo Zapata, María Fernanda Cardoso, Nadín Ospina, Ezequiel Alarcón y Beatriz Ángel.
Nuevos nombres han aflorado con las primeras luces del milenio. Ellos también están buscando la independencia.
La literatura
¿Le suenan hermosos y extraños nombres como Soledad, Josefa, Silveria, Agripina, Bertilda, Waldina, Herminia, Eva Ceferina…?
No son personajes en busca de autor. Así se llaman las escritoras colombianas más importantes del siglo XIX, habitantes desconocidas de la Atenas Suramericana de esa época. Es aún misteriosa, en un período de la literatura caracterizado por la imitación del estilo europeo, romántico y costumbrista, la vida de Soledad Acosta de Samper, Josefa Acevedo de Gómez, Silveria Espinosa de Rendón, Agripina Samper de Ancízar, Bertilda Samper Acosta, Agripina Morales del Valle, Waldina Dávila de Ponce de León, Herminia Gómez Jaimes de Abadía y Eva Ceferina Vegel y Marea. Y casi exclusivo de los hombres.
Antes de 1810, una de las principales referencias literarias era El carnero, del criollo Juan Rodríguez Freyle, monumental crónica costumbrista e histórica, pilar de nuestra literatura, que narra desde el descubrimiento del Nuevo Reino de Granada hasta el primer siglo de vida de Santa Fe de Bogotá.
La emancipación en las letras llegó a Colombia de la mano de Víctor Hugo, que con Los miserables influyó sobre los escritores del nuevo tiempo. En 1848 se publicó Los misterios de Bogotá, de Eladio Vergara y Vergara, retrato de lo malo de la sociedad santafereña que acababa de salir de los acontecimientos de la Independencia. Juan José Nieto publicó la primera novela histórica, Ingermina o la hija de Calamar, en la cual se narran los amores de una princesa indígena con el español Alonso de Heredia. La Independencia les dio alas a autores como Felipe Pérez, que en 1875 escribió Los gigantes, que trata al español cual una raza cansada frente a la joven y fuerte raza indígena. Claro que su novela más conocida tiene un tinte más psicológico: El caballero de Rauzán.
Gabriel García Márquez obtuvo el premio nobel de literatura on octubre de 1982
Pero el romanticismo estaba de moda. Los nombres más conocidos de esa tendencia: Gregorio Gutiérrez González, Epifanio Mejía, José Eusebio Caro, Antonio Gómez Restrepo, Jorge Isaacs, Tomás Carrasquilla y José María Vargas Vila, y una corriente más moderna integrada por José Asunción Silva, Guillermo Valencia y la llamada Generación del Centenario con novelistas como José Eustasio Rivera y poetas como Porfirio Barba-Jacob y Luis Carlos López.
El siglo XX, que empezó con fuego, sangre y muerte, saludó a los novelistas colombianos que se refirieron a la Guerra de los Mil Días, como José María Cordovez Moure, Lorenzo Marroquín y José María Rivas Groot. A mediados de la segunda década, un estremecedor informe de sir Roger Casement, encargado de investigar la denuncia por las crueldades de la Casa Arana en las plantaciones caucheras de Caquetá y Putumayo, le sirvió de base al poeta José Eustasio Rivera para escribir una novela que publicó en 1924 con el título de La vorágine.
La perfección de las letras crecía a medida que se acercaba la mitad del siglo XX. En ese sentido se destaca Tomás Carrasquilla con su novela La marquesa de Yolombó, rica en imaginación y en el manejo del idioma castellano. A su lado también progresaba el embrión de lo que después fue el realismo mágico, de manos de José Félix Fuenmayor, autor de la barranquillera novela Cosme.
En la década de 1930 aparecieron la generación del movimiento Piedra y Cielo, con Jorge Rojas y Eduardo Carranza, que cultivaba formas de vanguardia y experimentalismo; y la de Los Nuevos con Rafael Maya, Eduardo Caballero Calderón y Jorge Zalamea.
En el altiplano también se desarrolló la novela. Dos ejemplos son Ayer, nada más , de Antonio Álvarez Lleras, y Cuatro años a bordo de mí mismo, de Eduardo Zalamea Borda. Y mientras Sima, de Alfonso Alexander, tuvo escasa circulación, La otra raya del tigre, de Pedro Gómez Valderrama, publicada en 1977 –y que narra las aventuras del alemán Geo von Lengerke en el siglo XIX– tuvo un éxito notable de crítica y de lectores al ser catalogada como una de las buenas novelas de la literatura iberoamericana contemporánea.
En la segunda mitad del siglo surgieron grandes novelistas como José Antonio Osorio Lizarazo, Eduardo Caballero Calderón, Álvaro Mutis, Laura Restrepo, Alba Lucía Ángel, Fernando Vallejo,Germán Espinosa y Rafael Humberto Moreno Durán, y sobre todos ellos el indestronable –todavía por muchos años– Gabriel García Márquez. Y no se puede dejar de mencionar a periodistas novelistas como Álvaro Cepeda Samudio, Juan Gossaín y Germán Castro. Los nombres del nuevo milenio son Jorge Franco, Mario Mendoza, Santiago Gamboa, Fernando Quiroz, Juan Gabriel Vásquez…
Tal vez alguno de ellos sea el indicado para desenterrar la historia de aquellas mujeres de nombres hermosos y olvidados como Soledad, Josefa, Silveria, Agripina, Bertilda, Waldina, Herminia, Eva Ceferina… |
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