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  La arquitectura
 
     
 
Aunque la arquitectura colombiana empezó a desarrollarse apenas a mediados del siglo pasado, ha evolucionado en medio de la búsqueda de su identidad.

   
     
 
 
     
 

La Plaza de Bolivar en la decada de 1920

Cuando el arquitecto antillano Thomas Reed empezó la construcción del Capitolio Nacional el 20 de julio de 1847, seguramente miró a la esquina suroriental de la Plaza de Bolívar y se encontró de frente con la Casa del Florero y tuvo que ver su estilo mudéjar, adornado con muros blancos y puertas y ventanas y balaustradas y balcones verdes. Atrapado en la diagonal de dos épocas, el maestro debió de intuir muy bien el paso que debía dar la arquitectura criolla. “Me piden un palacio republicano –dijo en su informe al Congreso–, pero no hay recursos fiscales para hacer un Louvre, y sería censurable y aun ridículo que una república modesta consumiese sus tesoros como la Francia de Luis XIV, ni ella representaría bien a un pueblo sobrio y viril, a los hijos de la estoica Colombia, libertadora de un mundo”. Y al justificar el enorme patio que encabeza la edificación y que le abría la puerta a la Independencia, remató su declaración: –Queda abierto ese atrio –dijo–, como una inmensa puerta por donde entre, con derecho de amo de casa, toda la República.

El Capitolio Nacional tardó casi ochenta años en terminarse, pero fue la primera obra de importancia realizada en Colombia en la era republicana. La Casa del Florero, construida en el siglo XVI para el hijo mayor de uno de los fundadores de Santa Fe de Bogotá, el mariscal Hernán Venegas Carrillo, era del Fiscal de la Real Audiencia, Francisco Moreno y Escandón, quien le había alquilado un local del primer piso al comerciante español José González Llorente.

Pero cuando sucedió el episodio del florero, en la Colonia se estaba gestando un cambio hacia la modernidad, cuyo ejemplo es el Observatorio Astronómico, construido el 20 de agosto de 1803 y que se alejaba de las fachadas típicas coloniales. Ese cambio estaba influenciado por las corrientes de la Revolución francesa, y el nuevo país necesitaba mostrarlo en sus edificaciones. Tenía, eso sí, un fuerte competidor: la Iglesia.

La arquitectura de la Independencia creció entre esos dos poderes, cada uno de los cuales empezó a edificar sus obras con el objetivo de renovar su imagen. El 8 de diciembre de 1875 el ilustrísimo arzobispo don Vicente Arbeláez puso la primera piedra del templo gótico morisco de Nuestra Señora de Lourdes en Chapinero, casi al mismo tiempo en que en Medellín el francés Charles Carré empezaba la construcción de la catedral de Villanueva basada en la gran iglesia románica. Así, dos construcciones de inspiración medieval marcaban el surgimiento de la nueva imagen de la arquitectura religiosa colombiana.

Las ciudades colombianas entraron sin embargo en el siglo XX sin un concepto claro de desarrollo o de planeación urbana debido a que en el XIX no abundaban los arquitectos profesionales ni tampoco existía una enseñanza formal de la arquitectura. La primera vez en que se notó una guía en este sentido fue en 1937 cuando el urbanista vienés Karl Brunner presentó el plan regulador de Bogotá y trazó su desarrollo urbanístico hasta 1960.

La orientación también estuvo a cargo de muchos invitados extranjeros. El más importante fue Gastón Lelarge, que proyectó el Palacio Echeverri (actual Ministerio de Interior), el Edificio Liévano (actual Alcaldía Mayor), el Palacio de La Carrera y el Palacio de San Francisco (antigua Gobernación de Cundinamarca). Está también Pietro Cantini, italiano, que proyectó el Teatro Colón y el Hospital de San José. Y Agustín Goovaerts, arquitecto belga radicado en Medellín a quien se le deben el Teatro Junín, hoy desaparecido, y el Palacio Departamental. Otro arquitecto belga, Joseph Martens, proyectó el Palacio Nacional de Cali.

Edificio de las Empresas Públicas de Medellín
 
Entre tanto, y por otro lado, el gran Arquitecto Universal propiciaba una profusa construcción de templos católicos de los más variados estilos. Uno de los estilos criollos que debieron de gustarle fue el neogótico cuyos ejemplos más notables son la catedral de Manizales –proyectada por Auguste Polty en 1925 y construida totalmente de concreto reforzado–, la iglesia de La Porciúncula de Bogotá –obra del hermano cristiano Jean- Baptiste Arnaud, autor también del edificio gótico del antiguo Seminario–, la bizarra iglesia de Las Lajas, Nariño –obra del ingeniero Gualberto Pérez–, y la conocida Ermita de Cali. A la competencia por la imagen entre Iglesia y Estado la sorprendió el siglo XX con sus inventos, su revolución industrial y su vanguardia, y el país no parecía preparado profesionalmente para el cambio. Dice la experta Silvia Arango: “Ser arquitecto a comienzos de los años treinta era pertenecer a una raza exótica de marginales. Nueve, sólo nueve personas, entre ingenieros e ingenieros arquitectos, se reunieron en la oficina de Alberto Manrique Martín en junio de 1934 para dar forma a una profesión que parecía inútil. De sus esfuerzos surgió la Sociedad Colombiana de Arquitectos, y dos años después la primera Facultad de Arquitectura del país, que empezó a sacar egresados a partir de 1941”.

Ellos comenzaron a transitar hacia la modernidad con una renovación estética que según la misma Silvia Arango fue bautizada después con el equívoco mote de déco. Ejemplos de este estilo en Bogotá son el Teatro Colombia (diseño Fred T. Ley), el Teatro San Jorge (arquitecto Alberto Manrique Martín), la Biblioteca Nacional (Alberto Wills Ferro) y los primeros edificios de la Universidad Nacional.

Pero la Segunda Guerra Mundial sumió la arquitectura en una especie de limbo que se unió a las nuevas generaciones de jóvenes que deseaban derribar el estilo tradicional. Y en Colombia fue creciendo una nueva modernidad – regada muchísimas veces por la sangre de arquitectos inmigrantes españoles, alemanes e italianos–, inspirada en dos nombres revolucionarios: Le Corbusier y Gropius.

Con ellos se erigió lo que hoy se llama nuestro patrimonio arquitectónico. La misma Silvia Arango explica qué es eso: “Me refiero al perfil fundamental de lugares en los centros de ciudades grandes: la Avenida Jiménez o la Carrera Séptima en Bogotá, la Avenida La Playa o la Plazuela Nutibara en Medellín. Me refiero a la consolidación y ampliación de barrios residenciales como Teusaquillo, Quinta Camacho o La Merced de Bogotá, el Centenario de Cali, El Prado y Bellavista de Barranquilla y El Prado y Laureles de Medellín…”.

Un segundo grupo de extranjeros continuó la evolución arquitectónica nacional: Vicente Nasi, Leopoldo Rother, Karl Brunner, Bruno Violi… y a ellos se unió otro círculo de nuevos arquitectos que descubrieron un material novedoso: el concreto armado. Era la época de grandes obras como la iglesia del Gimnasio Moderno (Juvenal Moya, 1954), el Hipódromo de Techo (Álvaro Hermida y Guillermo González Zuleta, 1955), el Aeropuerto Internacional Eldorado (Cuéllar Serrano Gómez, 1956-1958) y el edificio Ecopetrol, todos ellos de Bogotá, y el aeropuerto Olaya Herrera de Medellín (Elías Zapata, 1957-1960).

Y entonces aparecieron tres alegres compadres capaces de cargar con los ladrillos de la modernidad: Guillermo Bermúdez, Fernando Martínez y Rogelio Salmona, con obras que rescatan formas y los espacios diferentes. Un edificio de apartamentos del barrio El Polo, el conjunto de las Torres del Parque cerca de la Plaza de Toros, y la Biblioteca Virgilio Barco, de Bogotá, entre muchas otras construcciones de Salmona, reivindican la importancia del ladrillo como material funcional y estético para la arquitectura nacional.

Al mismo tiempo se inició la era de los rascacielos con la inauguración del edificio Avianca, de Bogotá, y el edificio Coltejer, de Medellín, ambos de la firma Esguerra Sáenz Urdaneta Samper. Fue  también la era de los grandes centros comerciales que se estrenó con el inolvidable Unicentro de Bogotá, creación de Pedro Gómez.

En los años ochenta del siglo pasado logró Medellín una identidad joven, que se percibe en obras como el Teatro Metropolitano, el conjunto residencial La Mota, el Centro Administrativo Municipal de Itagüí, la Biblioteca de la Universidad Pontificia Bolivariana y el Cementerio Jardines de Paz. Al lado de esa tendencia nacieron otras construcciones que fueron cuajando la búsqueda de una identidad propia: la de las bibliotecas de Bogotá, la de las Empresas Públicas Municipales de Medellín, el edificio Lleras de la Universidad de los Andes y el edificio de postgrados de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Y una que merece capítulo aparte: el Centro Urbano Recreativo de Compensar, de los arquitectos Daniel Motta y Fernando Rodríguez.

El tercer milenio llegó con edificios inteligentes, dotados de tecnología de punta, como el nuevo edificio de Avianca, recién inaugurado al lado de numerosos hoteles de comunicación inalámbrica y oficinas con secretarias virtuales. Hoy el país está a la espera de obras como el nuevo aeropuerto Eldorado, y de la reactivación constructiva apenas termine la crisis financiera mundial.
 
 
     
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