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  EL comercio
 
     
  Colombia pasó de una dependencia colonial absoluta a una independencia comercial asolada por guerras y divisiones. Pero hoy tiene una vida mercantil fuerte y consolidada.

   
     
 
 
     
 

Parque de la independencia, bogotá

Antes de 1810 don Domingo Murillo ofrecía en su almacén Misceláneas, en medio del sopor que flotaba en la calle empedrada de Honda, telas inglesas y francesas, angaripolas, paños de Rovan y bretaña crudo, cotin, “fripe, surgas, gante y coleta, medias de hilo, colchas y cinta de Sevilla, tijeras, bermellón, cuerdas de biguela, sal de Inglaterra y aceite de camime, sombreros del Reino y linos de Vélez”.

Doscientos años después el espíritu del viejo comerciante hondano debe de regodearse ante los almacenes del centro Andino de Bogotá que ofrecen bolsos Louis Vuitton y zapatos Ferragamo y camisillas Ralph Lauren y relojes Cartier y zapatillas Converse y navajas Victorinox. En dos siglos ha visto crecer el comercio de un país a cuyos aborígenes no les parecía que el oro y los metales fueran mercancía sino parte de su cultura que no representaba ningún valor monetario. Pero con la llegada de los españoles todo cambió y el nuevo reino entró en el Nuevo Mundo. Honda se convirtió en el mayor embarcadero del Río Grande de La Magdalena, y por allí llegaban las mercaderías que se traían de Europa y se iban la plata y el hierro, y el cacao, la panela, el azúcar, el algodón, la quina y los palos de tinte y todas las mieles que conquistaron a los conquistadores.

Un censo autorizado en 1778 por el virrey Manuel Antonio Flores daba cuenta de una clara sectorización empresarial en la Nueva Granada y mostraba el auge de la actividad textil y manufacturera en Santa Fe y Tunja, la metalistería y la fundición en Popayán, la orfebrería en Mompox y la incipiente industria naviera en Cartagena. Otro informe de Exportaciones e Importaciones del departamento del Tolima mostraba que en 1788 se exportaron 2.000 quintales de azúcar y 12.000 de algodón, 20.000 libras de añil, 260.000 de quina, 2.000 de bálsamo y 80.000 pesos en perlas de Panamá, por la módica suma de 200.000 pesos.

Todo era controlado por la Corona española. Pero con la Independencia llegó la libre empresa, y se organizó la estructura gremial de la Colonia.

La libertad agrícola apareció en la Constitución de Cundinamarca de 1811, lo mismo que la de industria y el comercio. La Constitución de Mariquita de 1815 declaraba que “ningún género de trabajo, cultura o comercio se puede prohibir a los ciudadanos”. Y la Constitución de 1819 de Angostura, ya pasada la época del terror instaurada en la Nueva Granada por el Pacificador Pablo Morillo, reafirma esas emancipaciones, al igual que “la de contratar”.

Los artesanos, convertidos en empresarios, tuvieron entonces que aprender a suplir con productos nacionales los que venían de Europa, y la primera compañía que usó algún grado de refinamiento fue la fábrica de loza fundada en 1832 en Santa Fe de Bogotá, que contaba con la asesoría de técnicos ingleses.

La segunda expulsión de los jesuitas, decretada por Tomás Cipriano de Mosquera, inició la desarticulación del sistema crediticio del clero y el nacimiento de un sistema bancario incipiente y en asociaciones rudimentarias:
en 1850 la Sociedad Democrática de Artesanos contaba con 63 agremiaciones similares dispersas en el país.

Los empresarios de Santander, Cundinamarca y Antioquia tenían el mayor número de compañías del sector manufacturero, minero, agroindustrial y comercial. La Constitución de Rionegro de 1863, que confirmó la libre iniciativa empresarial privada y el aumento de la exportación de materias primas y productos agroindustriales, en 1870 favoreció la consolidación de la banca libre: 34 instituciones financieras se disputaban el favor y los dineros de los comerciantes, y los más notables fueron el Banco de Bogotá fundado en 1870, el Banco de Antioquia (1872), el Banco de Barranquilla (1873) y el Banco de Colombia (1875).


Juan Valdez, el símbolo mundial de la industria del café colombiano

Varios factores desencadenaron sin embargo la crisis de finales de siglo XIX, una de las peores que recuerden los empresarios colombianos: la sobreemisión de billetes por parte del recién creado Banco Nacional, en 1880, y la prohibición a la banca libre de emitir, sumado a la inflación de 1889. Pero por esas paradojas económicas que sólo los economistas entienden, en el decenio de 1879 a 1890 hubo un segundo auge de la empresa colombiana ayudado por el mejoramiento de las carreteras y la aparición de las redes ferroviarias. Gracias a los Ferrocarriles del Pacífico, de Antioquia y de la Frontera, los departamentos de Santander, Valle del Cauca y Antioquia comandaron el panorama empresarial con exportaciones de chocolate, tabaco, caucho y la famosa loza cerámica producida por la Compañía Cerámica Antioqueña fundada en 1881.

En 1892 en Santander había cerca de 5.000 tallercitos de tejidos del fique y 1.300 de sombreros jipijapa. Y en ese mismo año se exportaron a Estados Unidos, Cuba e Inglaterra cerca de 320.000 sombreros panamá, la mitad de los cuales provenían de Antioquia.

Medellín tenía en 1880 alrededor de 119 talleres artesanales, mientras que Bogotá poseía 371 en 1881, y Barranquilla apenas unos 25 en 1888. Los oficios más numerosos y populares eran los de carpintero, ebanista, cerrajero, zapatero, sastre y herrero.

Al lado de esta pujanza también crecía la malicia indígena. El contrabando de tejidos, alcoholes potables, harinas y muebles ingleses que llegaba a Cartagena de Indias desde Jamaica produjo un grave estancamiento de la empresa colombiana. Aguardientes y rones del Caribe, por ejemplo, debilitaron las finanzas del Valle del Cauca basadas en la producción de azúcar.

Y cuando llegó el siglo XX el país pasó por alto los avances tecnológicos y las ventajas de la revolución industrial. Y los potentados de la época, como José Pepe Sierra, prefirieron amasar fortunas especulando con bienes raíces, negocios de bebidas alcohólicas y tabaco y el crédito extrabancario antes que invertir en industrias del futuro.

La Guerra de los Mil Días y la independencia de Panamá saludaron de un portazo la economía nacional del siglo XX, pero el general Rafael Reyes, que gobernó al país entre 1904 y 1909, le puso un pie a la puerta para dejar entrar un poco de aire gracias al impulso a las obras públicas y a la industria. Otro empujón a la economía lo dieron los 25 millones de dólares que Estados Unidos reconoció como indemnización por el despojo de Panamá. Fue entonces cuando llegaron las inversiones norteamericanas, sobre todo de filiales de la Standard Oil Co y Texaco, para la explotación del petróleo, al mismo tiempo que las plantaciones de banano y café empezaron a crecer. Y Colombia, gracias a la nueva costumbre acuñada en la revolución industrial de tomar café, se volvió dependiente de este cultivo. En 1920 el país ya tenía un diez por ciento del mercado mundial, y el Eje Cafetero se consolidó como nuevo polo cultural e industrial.


Puerto de Barranquilla en la actualidad

Simultáneamente crecía otra industria, la textil, gracias a medidas proteccionistas del Estado. Empresas como Coltejer, Tejicóndor y Fabricato, situadas principalmente en las inmediaciones de Medellín, empezaron a tejer su poderío, al mismo tiempo que la infraestructura de transportes impulsaba el nacimiento y desarrollo de nuevos sectores. En la segunda mitad del siglo XX consolidó Colombia su economía dentro del sistema capitalista. Y en medio de la violencia, la política económica de los gobiernos priorizó la producción nacional frente a la competencia de géneros extranjeros, y la medida comenzó a generar monopolios empresariales que debilitaron la mediana y pequeña industrias.

El sector agrícola incrementó su productividad en cultivos comerciales como el algodón, el arroz, la caña de azúcar, el banano y el tabaco. En el comercio hay que mencionar especialmente a Antioquia, caso excepcional por los índices de crecimiento que siempre mantuvo gracias a la riqueza de varios grupos empresariales como los Vásquez, los Villa, los Santamaría, los Restrepo, los Amador Uribe, los Ospina Vásquez, los Echeverri, los Uribe… Es decir, una elite antioqueña que puso al comercio y la minería del departamento como el motor que impulsó la banca, la agricultura y la industria, mientras que en la costa atlántica el comercio ultramarino creó las condiciones para el desarrollo de otros sectores como el agropecuario, el minero, el transportador y el manufacturero.

La minería y el petróleo han revitalizado las finanzas colombianas en las últimas décadas. Principalmente el oro, los grandes yacimientos de carbón a cielo abierto y los pozos de petróleo y gas aportan una buena porción del presupuesto nacional que bajo el rótulo de regalías aseguran a las regiones sumas importantes para inversiones sociales.

A finales del siglo llegó la reconquista española: una oleada de inversión de España bañó los sectores de la banca y la energía eléctrica, y grandes compañías de ese país se hicieron a la mitad de las empresas criollas de servicios como Codensa, Emgesa y Gas Natural. En el sistema financiero obtuvieron el control de Bancoquia (hoy Banco Santander Colombia) y Banco Ganadero (hoy Bbva Colombia). Unión Fenosa tomó las riendas primero de Epsa y luego de las compañías Electricaribe, Electrocosta y Epsa, y Telefónica las de BellSouth Colombia (hoy Telefónica Móviles Colombia, Movistar). A principios de este siglo los españoles adquirieron la joya de la corona, Telecom, y llegaron las prestigiosas marcas de ropa Zara y Mango. Y en 2007 el grupo editorial Planeta entró como accionista mayoritario de El Tiempo y dueño del 40 por ciento del canal CityTV. En 2007 había en Colombia 110 empresas españolas que habían invertido 7.837 millones de dólares.

El nuevo milenio le llegó a Colombia con una industria nacional abocada a una apertura económica que la enfrentó a la competencia internacional. Y mientras en 1810 había que esperar que hasta los pianos llegaran a lomo de mula por el Magdalena, hoy la globalización hace posible comprar desde un reloj Patek Philippe hasta un lujoso auto Maserati.

En el campo financiero también se han consolidado algunos grupos auténticamente colombianos, de capital nacional y gran solvencia económica y con modernidad y eficiencia de estándares internacionales, como Davivienda y otros. Al mismo tiempo, nuevos sectores tradicionales impulsan hoy la economía, como el del carbón y el gas, y otros sorpresivos: el último informe de Proexport revela que en el primer trimestre del 2009 “las principales exportaciones fueron oro, libros, folletos, impresos y energía eléctrica”. Otro dato que sorprende: “La carne de animales de la especie bovina, fresca o refrigerada, en canal o media canal, fue el principal producto exportado con 185,9 millones de
dólares que pagaron por 37.084 toneladas”. Y una sorpresa más: “Las suelas y tacones de caucho y plástico se posicionaron como el producto más importante del sector calzado, con exportaciones por 18,6 millones de dólares”.

La modernidad del tercer milenio también está presente en el comercio colombiano. Millonarias transacciones bancarias, financieras y bursátiles, y desde un libro hasta un vehículo o un novillo, se transan por la Internet desde el escritorio de la casa o la oficina y con Estados Unidos, Europa o Asia.

El fantasma de don Diego Murillo debe de frotarse las manos con satisfacción al asomarse a este comercio globalizado, imposible de ser vislumbrado en su miscelánea de Honda en 1810.
 
 
     
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