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  Bocas del toro
 
     
 
En el extremo oeste de Panamá, la provincia de Bocas del Toro alberga la isla en la que desembarcó Cristóbal Colón. Es un paraíso de aves, delfines, suaves playas y gente hospitalaria. Un descanso diferente en un remanso de paz.

   
     
 
 
     
 

El almirante Cristóbal Colón llegó al archipiélago de Bocas del Toro –provincia del occidente de Panamá– luego de una travesía de tormentas por el sudeste de las costas actuales de Honduras, Nicaragua y Costa Rica. Era el cuarto viaje de Colón a las Indias. Tenía a su mando cuatro carabelas y ciento cuarenta tripulantes que habían sido asediados por un tropel de indígenas en Jamaica y violentas enfermedades tropicales.

El 6 de octubre de 1502, don Cristóbal logró un inesperado descanso al anclar en una isla que luego tomó el nombre del Descubridor –la mayor del archipiélago de Bocas del Toro–. Ahí recupera algo de su salud deteriorada y repara los navíos, y la tripulación recobra las esperanzas y se aprovisiona de abundantes raciones de pescados y frutos. Colón creía estar próximo a las tierras asiáticas...

Y en este siglo veintiuno, apenas pisan tierra bocatoreñas los turistas se sienten descubridores de un nuevo mundo, un mundo de vida fácil donde las gallinas entran en las casas sin pedir permiso, la brisa caribeña empuja aves y pájaros de destino incierto, vibra el croar de las ranas multicolores, y sobrecoge el espectáculo de las tortugas marinas de las especies verde, caguama y carey –las tres en estado de extinción– nidificando las playas. A la provincia de Bocas del Toro la forman nueve islas, cincuenta y un cayos y doscientas isletas que permiten el gusto simple de colgar una hamaca para mirar las aguas turquesas del mar Caribe. La arena de las playas parece harina que después de pisada retoma su forma habitual. Y muy cercanas, casi al alcance de la mano, las mariposas vuelan como plumas en descenso.

Otra sorpresa son las tierras altas de la zona continental. El pico máximo es la cima del volcán Barú, el más empinado del sur de Centroamérica, con 3.745 metros de altura. En ese pico, en un día claro se pueden ver a un mismo tiempo los océanos Atlántico y Pacífico. A él sólo se llega a pie por la provincia de Chiriquí, recostada sobre el Pacífico y vecina de Bocas del Toro. A espaldas del volcán y en caída hacia la bahía Almirante, los ríos caudalosos se entrecruzan en hermosos laberintos. Bajan puros y vitales para buscar el “abrazo” definitivo con el mar Caribe. Los acompaña la exuberancia de la naturaleza que tiene al menos trescientas especies de plantas endémicas y más de cien especies de animales.

Mundo acuático

Tres vuelos diarios desde Ciudad de Panamá salen hacia el extremo noroccidental del país, la Isla Colón, que alberga a la capital de Bocas del Toro, de este mismo nombre. En automóvil se llega tras un recorrido de cuatrocientos kilómetros por la Vía Interamericana hasta llegar al corregimiento de Almirante, y desde allí un taxi marino se desplaza hasta la capital.

En unas cuantas calles de casas de madera y colores tropicales se juntan viviendas, cafetines, restaurantes, bares y tiendas de abarrotes. La raza de los nativos es una mezcla de indígenas, caribeños, norteamericanos, españoles, ingleses, franceses, alemanes, africanos e inmigrantes de las Indias Occidentales. Gracias a la pacífica marcha de los años y de los siglos, los bocatoreños aún duermen con las ventanas abiertas.

Su generis son la tranquila vida nocturna y los hoteles carentes de servicios extra. La excepción la constituye el eco-resort y cabañas Punta Caracol, con su confortable alojamiento de acogedor estilo rústico y local. Los demás hospedajes y pensiones casi siempre son palafitos de madera con cómodas y frescas habitaciones, bufetes de comida casera –mariscos, pescados y ensaladas de frutos exóticos– y atendidos por gentes de mucha cordialidad.
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A las demás islas se las considera vírgenes y están colmadas de estrellas de mar, ranas y delfines de nariz de botella. Recorrerlas y conocerlas puede tomar varios días. Pero como no hay afanes y el tiempo va a un ritmo distinto del de las ciudades, el único consejo para el turista es que se aliste para un viaje semejante al de las Islas Griegas.

Boca del Drago se encuentra en Isla Colón y está repleta de palmeras y tiene pequeñas playas de sumisas arenas y frescas y tranquillas aguas marinas. Cayo Cisne es un matrimonio de dos islotes que pertenecen al Parque Nacional Marino Isla de Bastimentos. Los turistas los aman porque las aguas cambian de tonos de azul a verde, y debajo de ellas existe una espectacular plataforma coral considerada de las más coloridas. Cerca de los dos islotes se halla Coral Cay, el mejor sitio de Bocas del Toro para practicar snorkel.

La famosa playa Red Frog de la Isla Bastimentos es afamada por sus ranitas rojas y las largas extensiones de arena, oleajes y remansos y hamacas colgadas entre las palmeras. En la bahía de los Delfines habitan alegres y coquetos cetáceos que saltan y hacen piruetas en el aire una vez se apaga el motor de las lanchas. A Cayo Coral lo bañan aguas cristalinas y cuenta con una fauna de variadas especies. A Isla Pájaros la sobrevuela un sinnúmero de aves marinas.

Poco antes de morir, el almirante Cristóbal Colón le escribió a su hijo Diego una carta de melancolías en las que reclama de los Reyes de Castilla y León un mejor trato. “He servido a Sus Altezas con más diligencia y amor que los que pudiera haber empleado en ganar el Paraíso...”, escribió. No lo ganó en vida, pero la eternidad le confirió una provincia panameña con nombres de parajes que le rinden homenaje: Isla Colón, Isla Cristóbal, bahía Almirante...
 
 
     
 

 
 
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