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Medio Ambiente
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El parto del agua
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En medio de la sequía más fuerte del siglo en Colombia, Leyla Rojas Molano, viceministra del Agua, tiene la doble misión de dar a luz a su hija y dotar del líquido a cada hogar colombiano que aún no la tiene.
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Leyla Rojas Molano, viceministra del Agua
Matilde es una isla de felicidad rodeada de agua por todas partes. Aspira a llegar al mundo con las primeras lluvias de abril, pero aún se siente muy cómoda flotando en el vientre de su madre, la viceministra Leyla Rojas: afuera se vive la sequía más fuerte del siglo XXI y la mayoría de los ríos, sedientos sobre la arena, parecen condenados a no poder alcanzar el mar. La llegada de la bebé en invierno se convertirá en la mejor noticia de 2010 para la viceministra. Pero para su despacho y para todo el país el restablecimiento de la temporada invernal sería el mejor alivio que este año traería bajo el brazo. Cada día aumentan los municipios que deben racionar el suministro del líquido vital, lo mismo que las noticias de lagos que se secan, embalses que se vacían y quebradas que se marchitan.
Todo un parto
En los últimos cuatro años el invierno acorraló sin tregua a la nación, que tuvo que recurrir a medidas de emergencia para paliar inundaciones, detener derrumbes y trancar avalanchas. Y ahora, tras dos meses de un extraño verano, un país que se ahogaba sin misericordia empieza a tener sed. “El problema es que no sabemos guardar el agua”, explica la mujer que está al frente del suministro oficial de ese líquido precioso. Y se refiere al sistema tan frágil de almacenamiento que Colombia posee, a pesar de ser uno de los países con mayores recursos hídricos del mundo. Y eso que en menos de treinta años pasó del tercer puesto al número 24 en la tabla de disponibilidad de agua per cápita en el mundo.
Las estimaciones del Ideam señalan que en el período de 1985 a 2006, esa cifra se redujo de 60.000 a 30.000 metros cúbicos de agua por año para cada habitante. Según la viceministra del Agua, Leyla Rojas, sólo las grandes ciudades disponen de sistemas de almacenamiento de agua potable: Bogotá, Medellín, Tunja, Cali... Y está a punto de entrar en operación un embalse en Bucaramanga. “El resto se abastece de ríos y quebradas, y almacenar, que es muy costoso (el embalse de Bucaramanga valió cerca de 300.000 millones de pesos), era un problema de los municipios pobres que nunca se previó, pues como había tanta agua…”.
Algo diferente sucede con el sector de la energía eléctrica. El propio ministro de Minas, Hernán Martínez, aseguró apenas hace un par de semanas que los niveles de las represas –que son distintas de las de agua potable– están en un 59 por ciento de su capacidad útil, lo cual le permitiría a Colombia aguantar la sequía hasta mitad de año. “Este nivel de reservas irá bajando paulatinamente –dice el funcionario–, lo que es normal, hasta llegar en mayo a un 30 ó 35 por ciento de la capacidad disponible”.
En el caso del agua para el consumo, la situación es mucho más crítica. Además de los embalses de las grandes capitales que se cuentan con los dedos de la mano, existen pequeños reservorios en algunos municipios cuya baja capacidad permite que se resequen bajo el sol que reverbera como para alumbrar el fenómeno de “El Niño”. Y ya muchos lechos de los ríos pueden recorrerse a alpargata limpia, como si fuesen caminos vecinales, mientras que los agricultores se ven a gatas para hacer que caiga, como llovido del cielo, el pan nuestro de cada día.
También aparecieron las primeras señales del apocalipsis: “Las elevadas temperaturas hacen más factible la presentación de epidemias”, afirma el ministro de Protección Social, Diego Palacio, al advertir que más de la mitad del país está en riesgo de contagio de malaria y dengue a causa del incremento inusual del calor. Y según los ganaderos de la costa atlántica, en el presente año ya se han dejado de vender cerca de 72 millones de litros de leche por culpa del verano, y los geólogos aseguran que hasta los casquetes de los nevados se derriten como conos de helado al rayo del sol.
“Pero el principal problema es que no tenemos acueductos”, añade la viceministra del Agua. Y cita ejemplos como el departamento de Bolívar, que a pesar de estar bañado por los dos ríos más grandes de Colombia –el Magdalena y el Cauca– no tiene un solo municipio que disfrute de esa sensación mágica de girar el grifo hacer brotar agua dulce. Ese privilegio lo tiene únicamente Cartagena. El atraso en la infraestructura fue quizás lo que más sorprendió a la funcionaria cuando empezó su cruzada por el agua hace casi cuatro años, y que aún no termina de asombrarla. Recientemente, por ejemplo, el alcalde de Sincé, Sucre, con una ingenua exultación le dijo una frase que podía haber sido pronunciada por el coronel Aureliano Buendía cuando su abuelo lo llevó a conocer el hielo: “Tranquila, vice, que nosotros no tenemos lío: acá nos llega agua durante cuatro horas cada tres días”.
Tal vez ella, que creció en el mundo del agua perfecta de Nueva York, nunca vislumbró llegar a ser la promotora de la revolución de ese líquido en Colombia.
Leyla Rojas vivió en la capital del mundo de los 9 a los 17 años, y cada vez que abría la llave de los baños de la escuela Susan B. Anthony, el fluido salía naturalmente. Un acontecimiento simple que sin embargo no ocurría en más de setecientos de los casi mil municipios situados en el otro lado del mar, aquí en su país.
“Esa condición la sufren en silencio”, explica ella. Y agrega un dato en el que nadie se ha puesto a pensar: son poblaciones que además de carecer de ese servicio elemental, pagan el agua más cara del mundo. “Yo he visto a las mujeres de La Guajira que tienen que caminar varias horas para llenar pimpinas que les cuestan casi cinco mil pesos diarios. Son 150.000 pesos en el mes, que es lo que paga cada dos meses una familia de estrato seis en Bogotá y sin tener que echarse al hombro un botellón”. Los habitantes de las grandes urbes no logran aún comprender este drama. La viceministra, en cambio, se desconcierta con hechos insólitos como enterarse de que en pleno siglo XXI los niños de Tumaco nunca han podido bañarse en ducha sino que tienen que pararse debajo de las canaletas de las casas para sentir lo que ven en la televisión en los comerciales de jabones. Esa fue la tragedia que se encontró cuando empezó a trabajar en el Ministerio del Medio Ambiente. A su regreso de Nueva York había estudiado Ciencias Políticas en la Universidad de los Andes y hacía investigaciones diversas para el sector oficial. Y la ministra Cecilia Rodríguez en 2001 le encomendó servir de puente con el Congreso de la República para sacar adelante la Ley del Agua.
“Con ella se modificó la Constitución: fue una reforma que incluyó tres leyes y 14 decretos reglamentarios”, recuerda. Y le fue tan bien en ese intenso trabajo de extenuantes madrugadas en el Capitolio, que entró a trabajar el 5 de febrero de 2002 en la Dirección de Agua del Ministerio. “Era una oficina pequeña en la que apenas si se cobijaban 26 municipios”, recuerda. Pero fue allí donde empezó a gestarse la revolución.
“Lo primero que se hizo fue un diagnóstico de la situación. Y con sorpresa descubrimos que el problema del agua en Colombia no era por falta de dinero sino de planeación”. Uno a uno revisaron el estado del servicio en los municipios y descubrieron un triste panorama de tubos mal puestos, tanques mal situados y pozos atorados, y que en general el dinero destinado para la construcción de acueductos se invertía de manera atomizada: el alcalde arreglaba unos tubos, la Nación le daba recursos para la planta de tratamiento, y el gobernador construía otra planta para mejorar la presión. Pero al final, como los esfuerzos no eran coordinados ni había recursos suficientes para hacer grandes obras, el agua no llegaba a las viviendas.
“Ni siquiera es que se robaran la plata –advierte ella–, sino que la usaban mal”. En Sucre, por ejemplo, se construyeron tanques elevados en una región que carece de fuentes superficiales y que debe apelar a pozos subterráneos. Todo un contrasentido. Y en Guapi los franceses le regalaron al pueblo un sistema de agua potable completo, pero sus habitantes nunca tuvieron agua: era demasiado costoso mantenerlo.
Con la aprobación de la Ley del Agua, que le abrió a ella las puertas de ese paradójico sector en Colombia, Leyla Rojas se fue convirtiendo no sólo en una experta en el tema sino en una de las cinco funcionarias preferidas del presidente Álvaro Uribe. Tanto, que a los dos años de su ingreso al Ministerio la nombró viceministra del Agua, un nuevo y reluciente cargo creado para ella.
“Quiero que me recuerden como la persona que ayudó a poner el agua en todos los municipios de Colombia”, dijo cuando se enteró de ese nombramiento. Pero los sensuales ojos de princesa árabe de Leyla se apagan cuando les llegan al mismo tiempo las imágenes de los niños de Quibdó bañándose en la quebrada La Yesca en el mismo lugar en el que se vierten las aguas residuales.
Pero entonces se acuerda también de los primeros diagnósticos que hizo para aplicar la Ley del Agua. Descubrió que entre 1996 y 2003 el país gastó 11,7 billones de pesos para la construcción de acueductos y alcantarillados, que si se hubieran invertido bien, todos los municipios tendrían hoy agua potable. También encontró que según el censo de 2005 había ocho millones de personas que no tenían acueducto y que dos niños morían al día por enfermedades relacionadas con la falta de agua potable.
Lo primero que hizo la viceministra fue sentar en una misma mesa a los alcaldes, los gobernadores, la empresa privada y el Gobierno central, para que por primera vez pensaran en planes viables para mejorar el cubrimiento de agua en las regiones. Así nacieron los Planes Departamentales de Agua, con los cuales el Gobierno asesora a las Administraciones locales para ejecutar el presupuesto de acueductos con celeridad y transparencia. Gracias a esos planes se recoge el dinero de transferencias, regalías, créditos y recursos de las Corporaciones Autónomas para construir acueductos y alcantarillados y se asesora al municipio con una gerencia que después administre el servicio. Si los alcaldes y gobernadores no se dejan asesorar por el Gobierno nacional para invertir las partidas, corren el riesgo de perderlas. Éste es el incentivo para que participen en los Planes Departamentales de Agua, PDA.
“En estos momentos –dice con orgullo la viceministra–, 812 municipios ya están vinculados a los PDA”. Ha sido una revolución silenciosa. “Yo he firmado acuerdos con las Asambleas y con los Concejos Municipales de 30 departamentos para que se comprometan a destinar durante veinte años un porcentaje de los recursos de transferencias para financiar esos planes departamentales. No es un tema de tubos sino de persuasión”.
Y así, en departamentos como el Atlántico, sus habitantes ya disfrutan de agua las 24 horas del día, que es lo mismo que observan maravillados los usuarios de Cereté o Ciénaga de Oro. Hoy, gracias a esa transformación, Colombia es el segundo país de Suramérica en cobertura de agua, después de Chile. El modelo maravilló incluso a su alteza real Willem-Alexander, príncipe de Orange y presidente de la Junta Asesora del Secretario General de Naciones Unidas Sobre Agua y Saneamiento, que anunció la donación de 16 millones de euros para la conservación del medio ambiente.
Pero el parto de la viceministra es, más que construir acueductos, hacerlos sostenibles en el tiempo. “Lo más fácil es la obra: lo difícil es operarla”. La meta consiste en que entre 2012 y 2015 todos los centros urbanos del país deben tener agua las 24 horas del día. Esto es el 95 por
ciento de la población.
Hoy el balance la llena de orgullo. Treinta de 32 Planes Departamentales de Agua se encuentran completamente estructurados y se han recaudado nueve billones de pesos que serán invertidos entre 2010 y 2015. Cuando ella estaba al frente de la Dirección del Agua, en 2005, su presupuesto era de 18.000 millones de pesos en el año. Hoy la cifra es de 1,7 billones de pesos anuales.
El plan avanza aun en medio del inusual calentamiento nacional producido por el fenómeno de “El Niño”. Gracias a la gestión de la viceministra, Tumaco ya tiene agua durante los 365 días del año. Lo mismo ocurre en Sincelejo, la única capital departamental que nunca había tenido este servicio. Y hace apenas quince días se inauguró el acueducto de San José del Guaviare. En Quibdó, donde las Empresas Públicas de Medellín entraron a operar el sistema, los niños ya no se bañan en las aguas negras: sus habitantes simplemente giran el grifo y… ¡sale agua |
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