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Crónica
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Ruleta a la rusa
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Si las traiciones duelen en el amor, las estafas pueden llegar a ser el peor sufrimiento para un enamorado. Esta es la historia de cómo detrás de una página de bellísimas jóvenes rusas se esconde una red de amanuenses que redacta cartas de amor a occidentales ilusionados.
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Al abrir la página virtual floreció una miríada de mujeres bellísimas, rubias la mayoría, con pieles de una claridad intensa, casi todas doblemente embellecidas gracias a sus fotos profesionales y a su actitud de modelos, y en cuyo perfil había datos que daban cuenta de una cultura envidiable. Algunas se confesaban seguidoras de la música de Sibelius o de Grieg, otras interpretaban el piano o danzaban ballet clásico y la mayoría hablaba al menos dos idiomas eslavos, además del inglés. El incentivo mayor no estaba sin embargo en esa belleza hiriente ni en sus conocimientos profusos, sino en que decían que buscaban un romance con un hombre de otro país. Y esperaban un correo de vuelta. Así de simple.
Zhenya, por ejemplo, de 29 años, era economista y tenía un rostro tan perfecto que parecía irreal. Vista en detalle no tenía ningún retoque digital y resplandecía como una flor en invierno. Sólo había que escribirle. Demasiado bueno para ser real. Demasiado fácil para la suspicacia habitual de un latinoamericano. Pero demasiado tentador para no hacerlo. Así que durante seis meses el narrador de esta historia llevó a cabo la conquista de una historia y de una supuesta mujer en un idioma que no era el suyo, distanciado por diez mil kilómetros y once husos horarios de aquella a quien cortejaba, inmerso en una cultura ancestral que desconocía y azorado por la incertidumbre de si seguía una crónica envolvente o una simple ilusión.
El primer paso fue llenar el formulario en inglés a través de una red de solteros con sede en Estados Unidos, que ofrecía el servicio para establecer el contacto con mujeres de Lituania, Ucrania, Rusia, Bielorrusia o Armenia, entre otras. Cumplido el requisito inicial llegó el turno de dejar los datos pertinentes a la vida privada. La intención era no mentir. Así que los datos reales dejaban en claro que vivía en Colombia, era periodista y no tenía casa propia. De inmediato aparecía una opción que permitía realizar búsquedas. Durante dos semanas, decenas de mujeres impactantes y otras no tanto, rubias, de cabellos oscuros, jóvenes de dieciocho años y solteras de más de cuarenta recibieron mensajes desde Colombia. Pero no hubo respuesta alguna.
Era obvio que la nacionalidad no atraía. Para virar la situación, era preferible elegir una como la estadounidense, que podría mover la balanza hacia la curiosidad, e incluir datos ficticios como casa propia, ingresos que rebasaban los sesenta mil dólares anuales por cuenta de un trabajo como ingeniero electrónico en Silicon Valley y ubicar un hogar en California. Y sucedió de inmediato. Una curiosa de Letonia lanzó guiños virtuales, pero fue Ludmila la primera en escribir.
Ludmila Aktanaeva. Así se llamaba. En la primera carta que escribió, de cinco párrafos, enviada por el correo electrónico en un inglés con evidentes imperfecciones, saludaba y explicaba al mismo tiempo que vivía en la ciudad de Tver, en Rusia, que tenía que hacer un recorrido a pie desde su apartamento a su trabajo de veinticinco minutos contados, que había querido estudiar leyes pero la disolución de la Unión Soviética había impedido el surgimiento económico de su familia y eso, para una mujer como ella, de treinta y dos años, había sido un lastre demasiado pesado para permitirle salir adelante. Pero ella, más resistente, había permanecido en casa, acompañando a su madre, una empleada de una fábrica de confecciones, quien ante la ausencia del padre había sacado adelante su hogar. Internet era un privilegio para ella, al cual se conectaba gracias a la biblioteca vecina a su trabajo, a donde iba a leer autores de su país que la conmovían, como Chejov, Solzhenitsyn y una que le gustaba especialmente y era tocaya suya: Liudmila Ulitskaya. Aburrida de la rutina y la escasa dulzura de sus coterráneos rusos que bebían cerveza en cantidades alarmantes y le ofrecían una vida de amores fugaces, había decidido buscar por la red un hombre normal, al menos decente, con quien conversar. Y con quien soñar un futuro amor posible.
A los tres días llegó una nueva misiva. Ludmila no comentaba ni una palabra de la carta de respuesta, pero narraba en detalle su trabajo como mesera en un bar al que asistían hombres para tomar cerveza y vodka, en un ambiente pesado y pesaroso. Contaba que había aprendido el inglés en su escuela y que seguía por la televisión algunas de las maravillosas cosas que le ofrecía Estados Unidos. Cuando escribía “maravillosas” encerraba la frase con signos de admiración. En tres cuartillas, narraba su vida en detalle. Y remataba diciendo que la existencia de un amigo al otro lado del océano le alegraba tanto que por eso se tomaba el tiempo de escribir tal cantidad de detalles concretos y nimiedades femeninas.
El flujo de la correspondencia virtual fue incrementándose con los días. A la mentira sostenida desde el inicio fue necesario llenarla de datos adicionales para sostenerla. Mientras tanto, Ludmila asumía cada vez más un tono cariñoso y no dejaba de enviar contestaciones densas y por momentos trabajosas por sus dificultades con el idioma. Pero su inglés macarrónico era, sin duda, también delicioso. Algo de todo lo que decía estaba surtiendo efecto.
Al quinto mes de correspondencia ya podía recitar de memoria las rutinas de Ludmila, sus gustos y sus disgustos, que iban desde el amor por la música de Prokofiev hasta el odio que sentía por los hombres ebrios. Conocía la composición de su familia, con un hermano menor que todavía estudiaba, y una hermana mayor, de 35 años, que se había casado con un conductor de Moscú que se gastaba el dinero en Zolotaia Bochka negra, una cerveza de alta gradación, por lo que llegaba borracho a casa. Su hermana trabajaba en un restaurante de comida georgiana.
También conocía ya los lugares a los que iba a descansar, cerca del Volga, los libros que leía cuando se acostaba y que ahora eran de autores estadounidenses, lo mucho que le gustaba arreglarse el cabello donde una vecina y lo orgullosa que se sentía de que su ciudad hubiera sido la primera liberada del avance nazi en toda Europa, en la más feroz resistencia, que ocasionó la muerte de treinta mil soldados alemanes. Tver se llamó Kalinin durante cincuenta y nueve años, en honor de un dirigente soviético, y ella veía con malos ojos esos tiempos de opresión que ahora le cobraban una cuota de capitalismo salvaje y pocas oportunidades.
Lo que desconcertaba de la joven era que nunca comentaba las cartas que recibía, y que al mismo tiempo se guardara todas sus intenciones de tener un encuentro real en un futuro. Pero no desaprovechaba la oportunidad para confesar su amor con un sencillo “Te estoy aprendiendo a querer”. Por el contrario, seguía hablando con detalles precisos de sus caminatas por la plaza Koposhvara.
Seis meses después, sin fundamento alguno, pero con un presentimiento instintivo de que era hora de acelerar los acontecimientos, le envié a Ludmila un correo que anticipaba un viaje próximo a Rusia. Era un 28 de junio, y la correspondencia había iniciado en enero. Era una mentira del cielo a la tierra. Pero sólo quedaban dos opciones: el riesgo de desilusionar a una mujer sincera o de que la corazonada fuera cierta.
El presentimiento movía a pensar que la joven no existía, y que quien estuviera detrás de ella esperaba una oportunidad para pedir dinero. En seis meses, de la joven sólo había llegado una imagen de pésima calidad que no revelaba mayores detalles. Lucía un abrigo grueso de color café y una ushanka, se veía discreta, pero en su sonrisa mínima, enmarcada por el cabello suelto y unas cejas depiladas, había un rasgo de picardía. No tenía maquillaje. Era bella, con la frescura de las mejillas claras de las rusas y el exotismo de vivir en un país en el lado opuesto del mundo.
Si Ludmila fuera cierta, entonces vivía a orillas del río Volga, en una zona en la que era posible visitar 1.769 lagos y en la que habitaba medio millón de personas, apenas a 140 kilómetros de Moscú, famosa por la estatua de la Virgen Sagrada que derramaba lágrimas y por sus calles de ochocientos años de antigüedad. Ella decía vivir cerca del Camino del Palacio donde habían descansado los antiguos zares rusos, en una ciudad que vio pasar por sus aceras a Pedro el Grande, Alexander Pushkin, Catalina la Grande y a Dostoievsky.
Pero no hubo respuesta. Hasta que después de siete ocasiones consecutivas de enviado el correo, con el mismo asunto, sucedió el milagro. El 12 de julio llegó su contestación. Su correo electrónico constaba de apenas tres frases breves, en las que hacía una petición para que le enviara doscientos dólares iniciales con la intención de comprarse algo digno para viajar a Moscú. En esa carta estaba su único error. Copiaba una cuenta bancaria para hacerle el depósito, y unos datos a los cuales, en caso de dificultad, podía hacerle llegar el dinero a través de un giro. Inserté esos datos en una página mundial para detectar impostores. No aparecía Ludmila Aktanaeva como tal, pero sí sus datos, con otros nombres, otras ciudades y otras direcciones decenas de veces. Había una Ludmila con foto distinta, en una ciudad aledaña llamada Yaroslavl. Había una Alya Aktanaeva con su misma foto. Había una Elizaveta con su misma dirección. Había una Gulya con su misma cuenta bancaria, pero de apellido Komisarova. Había una Mariya que vivía en Tver y escribía las mismas cartas, en el mismo orden, publicadas en la página por un engañado. Y había una Tatiana que confesaba su amor igual que Ludmila y que tenía el mismo apellido de Aktanaeva, y que mandaba las mismas cartas a otro hombre, y que había estafado ya a un gringo.
Luego de investigar, apareció el trasfondo. Se trataba de una mafia que enviaba misivas iguales a miles de hombres, cambiando apenas las fotos, los nombres propios y alterando datos sobre las ciudades y las direcciones. Esa mafia de amanuenses se dedicaba a escribir cartas de amor que eran enviadas hasta por un año sin pausa, misivas extensas y detalladas que terminaban haciendo sucumbir a los corazones más duros hasta, por fin, ganar algo de dinero. Las imágenes las obtenían con agentes en Rusia y manejaban un formato establecido de cartas que se rotaban entre los interesados para evitar que coincidieran. Era un negocio de ilusiones y de amor escrito, hecho por poetas frustrados y por mujeres solitarias desde sus casas.
Ludmila, entonces, era aire y con esa brizna de la última correspondencia se esfumó una ilusión alimentada por mentiras mutuas. Con su correo final termina la crónica y la inútil esperanza de viajar a Rusia, amar a una mujer de inglés difícil y besarla a la orilla del Volga. |
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